MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 16/1/25


MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 16/1/25
(Hb 3,7-14; Sal 94; Mc 1,40-45).

ABLANDAR EL CORAZÓN

La carta a los Hebreos nos anima a la conversión, y lo hace haciendo referencia a la oportunidad que tú y yo tenemos, “mientras dure este hoy”, o sea, mientras estemos en esta tierra, peregrinando por esta vida, en este margen de existencia, este paréntesis de tiempo que concluirá en cualquier momento; se nos podría perder el plazo para ablandar el corazón.

En dicha carta se menciona la indignación de Dios. Esto es, el disgusto, el pesar, de quien se ha donado y no ha recibido respuesta. Ante su Palabra ofrecida, el pueblo ha endurecido el corazón. El corazón endurecido es la indisposición de dejarse interpelar, cuestionar, confrontar, corregir y educar por el mensaje divino. Es duro dejar a Dios hablando solo. El pasaje muestra el descontento del Señor, cuando su sentir es ignorado, desperdiciado. La persona, cuando es ingrata, desconcierta, pues Dios le ofrece la salvación, pero el endurecimiento la hace inflarse, creyéndose que es la importante. No se conmueve aun sabiendo que Dios le busca; como si fuera Él el necesitado de mendigar.

El corazón endurecido termina extraviándose; el alma peregrina hacia otro rumbo, lejos de su fuente, del manantial de vida. Entonces, el Señor no puede hacer nada. Porque Él no obliga, no empuja a la mala. La paciencia de Dios es grande. Pero recuerda y nunca olvides, que esta paciencia es “mientras dure este hoy”; porque se acerca el atardecer, y luego de la misericordia, sigue el juicio, el día donde cada uno de nosotros podrá ver claramente la resistencia o la docilidad que ha tenido para ablandar el corazón.

La carta a los Hebreos alerta sobre tener un “corazón perverso e incrédulo”. Donde hay perversidad, maldad, no puede haber fe. El pecado endurece el corazón del ser humano. Aquí se refleja el abandono de todo lo de Dios. Esto es, claramente lo afirma el pasaje, un engaño. Como consecuencia, hemos de disponernos a ablandar el corazón. Para hacerlo, el Salmo 94 nos da unas buenas estrategias.

Quien quiera ablandar el corazón, siguiendo el ejemplo del orante, ha de comenzar postrándose por tierra; quiere decir, reconocer su pequeñez, su propia nada, su ser criatura, barro, polvo, miseria. Echarse por tierra tiene el sentido de reverenciar la presencia de Dios. Una vez ahí, viene la otra actitud, que es bendecir su nombre, bendecir al Creador, reconocerlo como Dios, y nosotros como su pertenencia.

Para ablandar el corazón es necesario desearlo profundamente; decirse a sí mismo, llamándose por su propio nombre, como para despertarse: -“Ojalá escuches hoy su voz”. – “Ojalá no dudes más de que el Señor dirige su Palabra a tu corazón”. Con dicha disposición, damos un paso más; lo damos acercándonos a Jesús, con la humildad del leproso, como nos habla el evangelio de hoy.

Dile a Jesús: – “Señor, si quieres, puedes hacer que se ablande mi corazón. Para esto, Señor, quítame todas las lepras que lo cubren, que lo arropan, que lo asfixian, y que impide que la gracia del Espíritu Santo lo ventile y lo oxigene”.

Como el leproso humilde, acojamos tú y yo esa respuesta misericordiosa del Señor. Él te dice hoy: -“Yo quiero; quiero que todas las lepras que me has presentado con sinceridad, tatuadas en el rostro de tu alma, de tu corazón… las que están incrustadas en tu memoria, tu pasado, tu presente, desaparezcan y te dejen totalmente limpio, y disponible para mí”.

El querer del Señor es su voluntad y su obrar. Así como lo quiso, sucedió. El leproso quedó inmediatamente limpio. No hubo manera de silenciar el milagro. Cuando el corazón se ablanda, la boca proclama la obra realizada.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Cómo está tu escucha a la voz del Señor que te habla en el silencio? ¿Qué realidades endurecen tu corazón para que la Palabra no cale en él? ¿Cómo se han podido instalar durezas en tu corazón? ¿Por qué meditar la Palabra, vivir los sacramentos, es como poner en remojo el corazón para ablandarlo y convertirlo? ¿Tú consideras que llevas el camino cierto, o reconoces, con humildad, que algunas veces te has extraviado? ¿Los signos del camino que llevan dan indicios de que te estás acercando al Señor? ¿Por qué cuando uno dura mucho sin confesarse el pecado hace que salgan callos en el alma? ¿Cómo uno podría sanarse si no reconoce que está enfermo? ¿Qué te enseña la actitud del leproso de hoy al acercarse a Jesús?

Señor: aquí está mi corazón. Quiero que sea como el tuyo, blandito de amor, firme para ser fiel. Gracias, Señor, porque me acoges con todo el sucio que cargo, y al encuentro contigo, me marcho con la mayor de todas las limpiezas; tu bendición sobre mí. Ese: – “Sí, quiero”, tuyo; le ha devuelto oxígeno a mi existencia.

¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Angela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

La Pastoral Digital PSAC es una acción programada y orgánica de nuestra parroquia De los Santos Ángeles Custodios, que tiene como finalidad contribuir a su misión evangelizadora a través de los medios digitales.

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