MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 22/1/25

PERMISO PARA AMAR

El pasaje del día nos dice que Jesús entró en la sinagoga. Este detalle es importante. Da realce a los hechos que van a suceder. El lugar donde el Señor se localiza en el evangelio provoca un impacto. No es lo mismo cuando está situado en el lago, en la montaña, en el campo… que cuando está en la sinagoga, como ahora, donde se concentran los líderes religiosos y los conocedores de la ley.

Dice el pasaje que “había allí un hombre con parálisis en un brazo”. No se dice qué hombre era. No se menciona su nombre. No se dice su procedencia. Lo único que importa es que era un ser humano. Y que esta persona tenía una condición que le impedía ser totalmente libre. De alguna manera tú y yo también podemos estar viviendo alguna realidad que nos paraliza, nos estanca, nos frena, nos inmoviliza. Mucha gente pasa, lo sabe, nos mira, pero no se detiene.

En el texto, Jesús tenía muchos ojos fijos en él, al acecho. A ver si se atrevía a curarlo porque era sábado. En el contexto del Antiguo Testamento, muchos habían olvidado el sentido del sábado; este era ofrecer descanso a las personas, a los animales; alabar y bendecir al Señor por su obra, celebrar y renovar la alianza. Contrariamente, se aferraron a la norma, y olvidaron la razón de ser.

Jesús estaba enfocado, centrado en hacer vida el descanso verdadero. Nadie puede descansar estando encadenado, preso, oprimido, marginado, menospreciado ante los demás. El Señor hace vida el sentido del sábado, y lo hará más eficazmente, luego del acontecimiento de la resurrección, porque el domingo pasará a sustituir la espiritualidad del sábado.

La sospecha de los que acechaban al Señor, quizás era que Él actuaría a escondidas. Pero el Hijo de Dios gozó de libertad y autoridad para caminar en verdad y en transparencia. Sin nada qué temer, dijo al hombre de brazo paralítico: “Levántate y ponte ahí en medio”. Las palabras de Jesús incluyen, integran, rescatan de las periferias existenciales. La obra de Dios se realiza públicamente. Los ojos de Jesús no estaban centrados en sus contrarios; no le movía el miedo al qué dirán o al qué harán. A Jesús lo movió la compasión. Sus ojos estaban enfocados en hacer el bien, su corazón, se dio permiso para amar.

Las preguntas de Jesús resuenan en nuestros oídos hoy: “¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?”. Con las cuestiones que el Señor hizo, interpeló la conciencia de los acusadores. Sólo quien estaba con parálisis pudo ver, en dichas palabras, fuente de esperanza. Es necesario ponerse en los zapatos del doliente y darse permiso para amar. Esto es, saltar el protocolo, y hacer que, como dice el papa Francisco, la gracia sea mayor que la burocracia.

Las personas que escuchaban las interrogantes de Jesús se quedaron callados. Jesús sintió dolor por su constatación. Al Señor le duele que no sintamos como Él, que no amemos como Él, que no nos dejemos llevar por la compasión. Pero la indignación que experimentó no le impidió continuar la obra. Prosiguió. Le dijo: -“Extiende el brazo”. Lo extendió y quedó restablecido. Algo que parece irónico es que mientras criticaban a Jesús por curar en sábado, los mismos contrarios, siendo sábado, tramaban contra Él y buscan condenarlo.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Cómo describes tu mirada? ¿Tú acechas o tú contemplas? ¿Cuándo miras a los que sufren, qué provoca esto en ti? ¿Te mueve el dolor de los demás? ¿Qué realidades de tu vida te paralizan, te tienen estático, te impiden la integración a la comunidad? ¿Qué te dice Jesús cuando te ve aislado, arrinconado? ¿Tú te sientes con permiso para amar? ¿Qué te dicen estas palabras de san Agustín: “Amas y haz lo que quieras”? ¿Qué te parece la libertad, la transparencia con la que actúa el Señor? ¿Qué piensas de hacer el bien sin importar el qué dirán? ¿Qué te sugiere seguir haciendo el bien aunque estén tramando en tu contra? ¿Te has sorprendido, alguna vez, contradiciéndote, criticando algo que tú mismo estás haciendo? ¿Qué lecciones de vida te da el evangelio de hoy?

Señor: como tú, quiero darme permiso para amar. Dame la libertad necesaria para ir al rescate del otro, de la otra. Que me mueva la compasión, Señor, para que mi fe sea real y verdadera. De lo contrario, estaría haciendo ritos que no tocan mi corazón y no lo convierten. Gracias, Señor, porque me levantas de mi parálisis, de mi flojera espiritual, y me dispones con buen ánimo para dar testimonio de ti y servirte. Gracias, Señor, por restablecer mi vida.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Angela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

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