MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 23/1/25
(Hb 7,25_8,6; Sal 39; Mc 3,7-12).
QUIERO HACER TU VOLUNTAD
El evangelio del día narra que Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del lago, y lo seguía una muchedumbre. Es un detalle que cobra importancia, la cantidad de personas que buscaban a Jesús, desde distintos lugares de procedencia, incluyendo los fronterizos.
El mismo Señor tuvo que tomar medidas preventivas, como mandar a preparar una lancha, para apartarse un poco, y que no lo fuera a estrujar el gentío. Entonces uno se pregunta, si tanta gente seguía al Señor, por qué no todo el mundo fue capaz de acoger su propuesta, de entrar en su misterio, para que el proyecto del Reino de Dios se fuese consolidando cada vez más.
El hecho de que la gente buscara al Señor, porque había muchos testimonios de personas curadas, y otros tantos sufrientes que se le echaban encima para tocarlo, no era suficiente para que el Reino de Dios se hiciera grande. Se necesitaba algo más que reconocer en Él su fuerza y su misma divinidad, porque incluso hasta los demonios lo identificaron y le gritaron: “Tú eres el Hijo de Dios”.
Ya lo dice el Señor en otro pasaje: – “No todo el que me diga: ¡Sí, Señor! entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre…”. En este sentido, el Salmo 39, del día de hoy, nos da la clave para que nuestra búsqueda de Jesús sea perfecta y fecunda.
De nada me sirve salir corriendo tras Jesús, buscando sanación del cuerpo, sin procurar sanar mi alma. El alma alcanza la plena salud cuando dice, como el salmista: “Aquí estoy Señor, para hacer tu voluntad”. Como he hecho referencia en otras ocasiones, le escuché decir a un sacerdote, que “hacer la voluntad de Dios exorciza”, libera, sana, y enseña a interpretar todo con los ojos de la fe.
El grito nos llega desde el Antiguo Testamento, cuando el orante reitera, una vez más, que el Señor no quiere sacrificios superficiales. Tampoco querría nuestras peregrinaciones en este año jubilar, ni tendrían razón de ser, si el corazón sinceramente no se dispone a hacer la voluntad del Señor, hacer vida el querer de Dios.
El orante del salmo te ayuda a educar los deseos, el sentimiento, la perspectiva. Él confiesa que lleva la Palabra de Dios dibujada en su corazón, escrita en sus entrañas. Esto es, tiene una disposición a conservar en la memoria el pensamiento de Dios, su manera y su modo de ser, para él hacerlo vida, y traerlo de la memoria a la práctica.
Cuando tú tienes una experiencia profunda del Señor, como el salmista, no te quedas callado, gustando tu sanación en casa. Sino que, como el orante, abre tu boca en la gran asamblea y proclama la salvación recibida. Esta proclamación no se detiene cuando sueltas el micrófono. La vida misma, desde el silencio, la coherencia agradecida de tu proceder, también es la más extraordinaria de las proclamaciones. Es muy fácil dar un testimonio en público, pero los que tienen mayor mérito delante de Dios, son aquellos que se dan donde nadie puede aplaudirte.
Observa este detalle bonito, cuando dice el salmista: “no quieres sacrificios ni ofrendas, en cambio, me abriste el oído”. ¿Qué pudiéramos decir? Por el oído, que abre el Señor, por gracia, se introduce su Palabra. Por el oído del corazón tú recibes la voluntad de Dios. El esfuerzo por realizarla, por hacerla vida, este es el verdadero sacrificio que agrada al Señor. La ofrenda valorada ante Él es aquella que tú cosechas, conforme lo que Él te mandó a sembrar. Porque, al fin de cuentas, la cosecha no es tuya, sino de Aquel que hizo crecer.
Preguntas que llevan al silencio: ¿tú eres de la gente que anda buscando al Señor por asuntos específicos (la sanación personal, la sanación de un ser querido)? ¿Tú buscas la sanación del corazón de la misma manera que buscas la sanación de un cáncer en el cuerpo? ¿Por qué dice santa Hildegarda “Cuando el alma se sana, el cuerpo le cae atrás”? ¿Qué se espera de una persona que haya recibido la sanación física del Señor? ¿Cómo tú te afanas por descubrir la voluntad de Dios en tu vida? ¿Dónde tú conservas el querer de Dios para ti? ¿Tú eres de la persona que sabes la voluntad de Dios y no la haces? ¿Dónde tienes la voluntad de Dios arrinconada? ¿Hasta cuándo la vas a dejar ahí?
Señor: como el orante te digo, “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Mi vida es una ofrenda. Mis gustos personales han caducado. Mi oído está abierto. Mi corazón está sin rasguños de caprichos. Escribe Señor, que mi alma sea tu libro. Que tu voluntad allí impregnada, pueda ser, por los ojos de mi conciencia, rumiada, orada, meditada, consultada frecuentemente. Te lo digo, y no es, Señor, broma ni poesía, “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Angela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
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