MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 26/1/25

El papa Francisco instituyó el III Domingo del Tiempo Ordinario el “Domingo de la Palabra”. El conjunto de las lecturas, gira en torno a ella y nos ofrecen una serie de elementos que nos ayudan a meditar sobre su lugar en la Iglesia. Destacamos siete rasgos.

  1. Entronizada. En la primera lectura del libro de Nehemías, que remite al siglo IV a.C., en tiempo de la reconstrucción, cuando el pueblo de Israel retornó del exilio, ya se nos viene mostrando cómo la Palabra era entronizada en un púlpito, de manera que ocupara centralidad y distinción en medio de la asamblea, ubicada en una plaza, porque todavía el templo no había sido reconstruido. Estaba en un lugar elevado y privilegiado para captar la atención de todos.
  2. Celebrada. La Palabra convocó la gran asamblea, sin distinción de ser humano. El texto insiste en que estaban presentes todos los que tenían uso de razón. Les unía la fe en el Señor. Estamos ante un contexto litúrgico. Se evidencia un proceso, un ritual. Cuando Esdras abrió el libro, todo el pueblo se puso en pie. Con gestos corporales iba disponiéndose integralmente al mensaje que iba a recibir, ya sea inclinándose o adorando rostro en tierra, con profundo respeto.
  3. Proclamada. Dice el pasaje que, desde el amanecer hasta el mediodía, se estuvo leyendo el libro sagrado. La Palabra de Dios estaba siendo proclamada con mucha claridad. La voz de Dios resonaba en todos los corazones. Una buena proclamación comienza la predicación. En este sentido, la lectura se transformó en oración. Dios había comenzado el diálogo con su pueblo.
  4. Interpretada. En la medida en que se iba leyendo la Palabra, esta estaba siendo analizada, interpretada por los levitas y los sacerdotes. Esto garantizaba que todo el pueblo comprendiera las Sagradas Escrituras. En la actualidad, la Iglesia insiste que la Biblia ha de ser interpretada en el mismo Espíritu en que fue escrita. Sin excepción, ha de sembrar semillas de esperanza.
  5. Orada. La Palabra proclamada calentaba el corazón de la asamblea, que escuchaba con reverencia. La Palabra impactaba sus vidas. Escuchaban y lloraban. Los proclamadores e intérpretes les hacían reconocer que ese día era consagrado al Señor. Oraban con el libro escrito y con el libro de su propia existencia. Porque la Palabra escrita iluminaba su realidad, en ella encontraban respuestas, sentido y esperanza para sus vidas.
  6. Vivida. La Palabra parte de la vida y retorna a la vida, la involucra y la compromete. El día del Señor se prolonga con buena comida y buena bebida, pero principalmente en el compartir solidario con los pobres, con los que no tienen. La Palabra exige prácticas honestas que incluyan el amor a Dios y al prójimo.
  7. Encarnada en Cristo. El evangelio, tomado de Lucas, nos presenta al mismo Jesús en la sinagoga, proclamando la Palabra. La particularidad de esta proclamación es que Jesús mismo es la Palabra hecha carne. Ahora la promesa ha llegado. No se trata, como en el Antiguo Testamento, de la reconstrucción del templo de paredes. Con Jesús, es el mismo ser humano, santuario de la Santísima Trinidad, será reconstruido en Él. Por eso, ante su Palabra, que es su propia persona: los pobres, cautivos y oprimidos son liberados, y los ciegos recuperan la vista.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Dónde está la Biblia en tu casa? ¿La Biblia tuya necesita ser desempolvada? ¿Tú sabías que la Biblia está inspirada en sentido comunitario y que la mejor manera de interpretar la Biblia es en comunidad? ¿Qué lugar ocupa la Palabra de Dios en la pastoral a la que tú perteneces? ¿Tú alimentas a tu familia, cada día, con un pasaje de la Sagrada Escritura? ¿Tú sabías que podrías iluminar la realidad de tu familia con alguna cita bíblica que despierte ganas de oración, inspiración, cambio de vida? ¿Tú sabes que el mejor trono para colocar la Palabra está dentro, en tu propio corazón? ¿Tú meditas en la Palabra de día y de noche? ¿Cómo se prepara tu comunidad cristiana para cada uno de esos pasos que se han mencionado en la meditación? ¿Qué sabor tiene para ti la Palabra en la Eucaristía?

Señor: en este año jubilar, que tu Palabra nos siga llenando de amor y de esperanza. No puede llorar de tristeza quien confía en tu Palabra, custodiada en su sentido por la Iglesia. Por eso, como el salmista, te digo, tu Ley es perfecta, es descanso del alma. Con ella nos instruyes. Tus mandatos son rectos y alegran el corazón. Tu norma, Señor, es dulce, limpia y da luz a los ojos. Tu voluntad es pura y eternamente estable. Que las palabras que salgan de nuestros labios sean purificadas por el horno de la Palabra que recibimos de ti.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Angela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

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