MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 31/1/25

En cierta ocasión alguien me dijo: “Dios me tiene algo grande”. Entonces le respondí: -“Cuidado, porque Dios siempre comienza por algo pequeño”. Si no sabes administrar lo pequeño, lo grande te desborda, te desconcierta y te lleva a la ruina. La pedagogía o la manera del Señor llevar el proceso de la historia de salvación no se contradice. Esto lo vemos en las enseñanzas de Jesús cuando nos sigue hablando, en el evangelio de hoy, sobre el Reino de Dios.

En esta parábola sobre el Reino, todo comienza con una “semilla”. ¿Qué es una semilla en las manos de una persona? Sería insignificante hasta que juiciosamente decide ponerla en la tierra, confiado de que Alguien la hará crecer en el secreto de la noche. Participa la persona, participa Dios, y los dos se integran de manera prudente y sapiencial. La esperanza en lo pequeño comienza cuando se confía a los cuidados de Dios, y se respeta el ritmo que Él quiera marcar.

La persona que siembra no sabe cómo la semilla crece, solo sabe que crece. Es un misterio grande que sobrepasa todo intelecto. Dios sostiene la vida aunque esté oculta a nuestros ojos. Al día siguiente, la persona encuentra la viva sorpresa de Dios. La semilla lleva un proceso. No quema etapas. No se buscan frutos antes de la hora. La paciencia es indispensable. Cuando alguien intenta saltar los ritmos, altera el tiempo de Dios. El texto describe: la semilla primero da el tallo, luego espiga, después grano y, finalmente, se somete a la siega.

Tú también eres Reino, tú también puedes ser grano de mostaza, cuando te sabes propiedad de Dios. La pequeñez no te acompleja, porque no te distrae ni te deslumbran las grandezas de las casas ajenas. Sencillamente sabes quien eres. Eres grano de mostaza y Alguien te sostiene. Experimentas la palma de la mano del Señor, o sea, su presencia cálida y cercana. Eres grano de mostaza en las manos de tu creador.

Lo más bonito de esta historia es que cuando el grano, que se sabe grano, crece y se hace el más grande de todas las hortalizas, no pierde la humildad. No perdió la memoria del grano que fue. La sencillez le acompañó en la pequeñez, y permaneció en la altura. Alguien le hizo crecer.

Cuando Dios ha preparado a la persona para darle «altura», cuando es Dios quien hace crecer, y no la gente misma que gestiona su grandeza, dispone la condición al servicio de los demás. Esto es Reino. Es el recreo de Dios. El júbilo de la santidad. En el pasaje, cuando ese granito se convirtió en gran hortaliza, los pájaros pudieron anidarse y cobijarse en sus ramas.

El pasaje de este día te advierte de no dejarte engañar por las apariencias. Porque algo pequeñito, en las manos de Dios, tiene esperanza de crecer. Pero una vez crecido, con gracia de Dios, conserva la humildad en el amor y en el servicio. Ten en cuenta que “crecer” no es escalar conforme a los criterios del mundo. Crece, en Dios, quien hace su voluntad.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Tú confías en el Señor? ¿Te sabes en sus manos? ¿En qué tierra estás plantado? ¿Estás allí donde Dios te ha soñado? ¿Cómo experimentas que el Señor transforma tu vida? ¿Estás haciendo la tarea que te toca a ti? ¿Con qué estás abonando tu jardín interior?

¿En este momento, cómo está tu proceso de crecimiento? ¿Alguna cosa está deteniendo tu desarrollo humano y espiritual? ¿Cómo te sientes? ¿Has sentido complejo de pequeñez? ¿Quieres ser grande? ¿Tú sabías que lo grande de Dios es lo pequeño haciendo su voluntad? ¿La sombra de tu árbol está disponible? ¿Se han privatizado tus ramas? ¿A quién estás recibiendo en la casa de tu corazón? ¿Eres presencia de Dios para los demás? ¿Tu vida hace visible el Reino de Dios?

Señor, como el salmista, yo confío en ti. Quiero habitar en tu tierra, en tu presencia, por siempre. Porque al calor de tu mirada, y a la sombra de tus alas sé que me darás lo que pide mi corazón. Mi corazón, Señor, no busca otra cosa a no ser abandonar mi pequeñez a tu gran misericordia. Aquí estoy, Señor, como semilla en tus manos. Tú aseguras mi existencia y no abandonas tu sueño conmigo. En el silencio, en la prudencia, hazme madurar en la fe y a tu ritmo. Protégeme de los peligros que amenazan la cosecha, que es tuya. Hoy, día de San Juan Bosco, traigo a la memoria una de las frases que le son atribuidas: “Hay que tener la paciencia como compañera inseparable”. San Juan Bosco, padre y maestro de la juventud, ruega por nosotros.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Angela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

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