MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 3/2/25
(Hb 11,32-40; Sal 30; Mc 5,1-20).
¿CUÁL ES TU NOMBRE?
“¿Cuál es tu nombre?” es la pregunta central que Jesús le hace a un hombre poseído por un espíritu impuro. La conversación se entabla en una región, llamada de los gerasenos. Era un lugar distante de los judíos. En este sentido, no era un ambiente de fe. Esta persona poseída por el mal, representa la esclavitud del ser humano que vive lejos de Dios. ¿Qué se espera de un mundo sin Dios, sin fe en el Señor, sin creer en la vida eterna y trascendente?
De manera sutil, puede observarse que la pregunta “¿cuál es tu nombre?” se la hace Jesús, no al ser humano en sí, que está oprimido, sino al espíritu malo que lo esclaviza. Ahí lo tiene, habitando en torno al sepulcro, en ambiente de muerte y destrucción. Por eso, el lenguaje del texto habla de destrucción: “cadenas”, “grilletes”, “gritos”, “heridas”, “piedras”… Era preciso para el Señor, que todos los presentes reconocieran la identidad concreta del espíritu malo. Cuando tú le pones nombre al mal que te oprime comienza tu liberación.
“¿Qué tienes tú que ver conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo?” Es la pregunta que brotó de la incomodidad del enemigo, a quien estaban desalojando de la morada que había invadido, el cuerpo del hombre. Le atormentaba la presencia de Jesús. Pero el Señor no se quedó indiferente ante la víctima. Se involucró. Fue al rescate del hijo de Dios; a quien el maligno le robó su identidad, silenciándolo y manipulándolo a su antojo.
El Señor no le argumentó al espíritu malo lo que él busca saber. Sólo le preguntó con firmeza: “¿cuál es tu nombre?”. Al tener que obedecer, por la autoridad de Jesús, este lo expresó: “Mi nombre es Legión, porque somos muchos”. Era la verdad que debía saberse. Es interesante desenmascarar el mal en público. Es duro vivir ignorando que el demonio, como león rugiente, anda buscando devorar, y llevar a sus sepulcros mediante variadas y modernas estrategias.
Cada día intentan estos múltiples espíritus malos filtrarse en nuestras familias, en nuestras comunidades, en las relaciones interpersonales de quienes laboran juntos, trabajan en equipo o realizan servicios pastorales… Esa “legión”, no es “recurso literario” del pasaje del evangelio. Por eso, en la oración del Padrenuestro se reza “no nos dejes caer en tentación y líbranos del mal”.
El Señor permitió que los espíritus, al salir del hombre, se fueran a los puercos. En la tradición de los santos padres, suele alertarse sobre este dato. Se considera no el sentido ecológico, del valor de los animales, sino la advertencia de que el demonio le gusta estar en los hombres y en las mujeres que viven a la manera de los cerdos. Es una imagen fuerte que denuncia la vida sucia, la mentira, la maldad, la doblez del corazón, en suma, la existencia envuelta en el fango del pecado.
Los dueños de los puercos, escandalizados, prefirieron sus ganancias a la liberación. Es lo que pasa en la sociedad sin Dios. Cuando la persona se acostumbra a la ganancia, sin exigencias éticas ni valores, escoge habitar en el fango, y con sus hechos, expulsa a Jesús.
Tres rasgos describen al hombre liberado por Jesús: “estaba sentado”, “vestido”, “en sano juicio”. Cuando tú le permites al Señor que entre a tu vida, mediante la conversión del corazón, la incorporación a una comunidad cristiana, la vida sacramental y comprometida, tú también recuperas la paz, la dignidad, el discernimiento que conduce a la salvación.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Qué sucede cuando la persona ignora la presencia de los espíritus malos que andan buscando casas en el corazón humano? ¿Cómo desenmascarar la presencia del mal? ¿Tú sabes ponerle nombre a todo lo extraño que llega a tu vida? ¿Cuáles son las cadenas modernas que atan, a las que uno puede acostumbrarse? ¿Tú piensas que, en este momento, estás actuando en tu pleno juicio? ¿Quién está hablando por ti? ¿De qué manera “las ganancias” te pueden apartar del Señor?
Señor, como reza el salmista, yo quiero, en ti, ser fuerte y valiente de corazón. Tú reservas para todos los tuyos una gran bondad. Deseo ardientemente tener asilo en tu presencia, de manera perpetua. Este asilo, Señor, es mi opción por ti. No quiero habitar en los sepulcros abiertos, cuando tú me ofreces el país de la vida. Gracias, Señor, porque en mi sano juicio, me quedo contigo.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Angela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
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