MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 5/2/25
(Hb 12,4-7.11-15; Sal 102; Mc 6,1-6).
“¿DE DÓNDE SACA TODO ESTO?”
“¿De dónde saca todo esto?” es la pregunta que se hicieron los paisanos de Jesús mientras le escuchaban enseñando en la sinagoga. La inquietud nació de los curiosos, que no le veían apoyarse en alguna herramienta externa a no ser las palabras que brotaban de sus labios. El impacto de su predicación, en su propia tierra, fue desconcertante; no porque llegó al corazón, sino por el alboroto de no saber de dónde adquirió aquello, que lo hacía diferente.

La audiencia paisana donde enseñaba Jesús, en Nazaret, estaba llena de ruidos interiores. La Palabra encontraba resistencia. La asamblea silenciada por fuera, pero hacía bulla por dentro. Murmuraba, quizás discretamente, desconcertada, para conferir con alguien de al lado, si ciertamente era el hijo del carpintero y de María… Ellos miraban, y no comprendían.
Con todo y confusión, a pesar del asombro, la asamblea fue capaz de nombrar dos elementos que caracterizan la predicación de Jesús: “la sabiduría”, porque así enseñaba. Y “el poder”, por la autoridad de su Palabra hecha obras concretas. El problema era, nuevamente, no identificar el origen, de dónde le venía todo eso; de tal manera que la incredulidad les ahogó la fe, y el Espíritu Santo no pudo obrar allí libremente.
“¿De dónde saca todo esto?” Preguntémonos tú y yo, como la asamblea, y vamos a meditarlo. El corazón de Jesús es como un recipiente; esto es, su interior, su centro más íntimo. Y allí, como un manantial inagotable e incesante estaba Dios latente, vivo, real. Cada quien da lo que lleva dentro y, contrariamente, nadie puede dar lo que no tiene. Dios era esa fuente de donde Jesús sacaba su sabiduría. El Espíritu Santo era la fuerza que hacía eficaz las obras de sus manos.
¿Será que nosotros pudiéramos aprender, como Jesús, a llenarnos de Dios para llevar sabiduría y obras de amor por los caminos? A partir de esta cuestión vamos a buscar luces, de cómo lograrlo, mediante el conjunto de las lecturas del día.
Tú te puedes llenar de Dios, de su sabiduría y obrar, conforme al mensaje de la Carta a los Hebreos, dejándote corregir, modelar, formar por Él y por quienes te quieren bien. Quien busca agradar a Dios no se resiste a las correcciones. El rechazo a estas denuncia lo extraño que se lleva dentro. ¿De dónde saca la defensa, el rebote, la malcriadeza…?, del amor propio que se haya podido implantar internamente, de manera prioritaria, dejando a Dios estrujado, a la mínima expresión. No brota, entonces, la riqueza de la sabiduría, sino la necedad.
“Sin santidad nadie verá al Señor”; con esta conciencia te abres a las correcciones. Ellas son, en definitiva, el espejo que Dios te coloca para que testimonies el obrar del Espíritu Santo en tu vida. Cuando las rechazas estás descartando la oportunidad de madurar, tanto en perfección como en la purgación de asumir, en silencio, la poda; sin quejarte si esta poda ha sido dulce o rústica. Quien poda tendrá, por su parte, que examinar su intención, consciente de que con la misma vara que mida será medido.
Siendo que Jesús, en los años ocultos vividos en Nazaret, estuvo sujeto a sus padres, también vivió la formación. “Fue creciendo en estatura, sabiduría y gracia”. Hoy, en el pasaje del día, contemplamos los frutos de quien se dejó educar por Dios y quienes le aman. Ni los paisanos lo reconocieron. Quien le sostenía por dentro, le permitió al Señor resistir el rechazo de los suyos. No basta con preguntarse de dónde vienen la sabiduría y el poder, es preciso abrirse a las enseñanzas transmitidas para que acontezca la obra.
Preguntas que llevan al silencio: ¿De dónde salen las palabras de tu boca? ¿Qué fondo las impulsa hacia fuera? ¿Qué generan tus palabras una vez liberadas? ¿Qué reacción tiene la gente cuando tú le diriges la palabra? ¿Tú has dejado a la gente sorprendida, por qué? ¿Cómo califica la gente aquello que sale de ti: en el campo de la sabiduría o en el campo de la necedad? ¿Cómo reaccionas cuando alguien te rechaza? ¿Tú tienes raíz, en el Señor, para que el rechazo no te desestabilice? ¿Cómo te llenas de Dios para que todo lo que salga de ti venga de Dios? ¿Tú sabías que las correcciones son como el abono de Dios, pues hace crecer en gracia y en sabiduría?
Señor: como el salmista reconozco que tu misericordia dura por siempre, por eso quiero cumplir tu voluntad. Cuando hago tu voluntad permaneces en mí. Y todo lo que salga de mí, Señor, llevará tus huellas. Que yo sea quien se sorprenda, primeramente, de tu presencia en mi vida. Tú eres mi sorpresa bonita, Señor. Por eso, como el orante, te alabo y te bendigo. Con la misma gracia que me das, yo ensalzo, por siempre, tu nombre santo y glorioso. Santa Águeda, virgen y mártir, ruega por nosotros.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Angela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
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