MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 6/2/25

El pasaje del día comienza diciendo: “llamó Jesús a los Doce y los fue enviando…”. Entre “la llamada” y “el envío” está, sin que apenas se mencione, “el sí” que los discípulos dieron al Señor, aceptando la propuesta. ¿Qué hubiese sido del proyecto del Padre, confiado a Jesús, si al salir por los caminos, llama sin que nadie responda?

Con “el sí” de los discípulos comenzó para ellos la conversión y la transformación más impactante de toda su existencia. El primer fruto del “sí” es la gracia de caminar con otros, en el seguimiento de Jesús. El Señor les mandó de dos en dos. No sin antes haber estado con Él; en la intimidad de su presencia, su testimonio y sus enseñanzas. El “sí” para el Señor te arranca del individualismo. Te ayuda a sacar los ojos de tu propio ombligo. Es escuela de adoración y contemplación, porque te inicias a fijar los ojos en Él.

Lo tuyo es poquita cosa, insignificante, delante de lo que Él ofrece. Pero, al mismo tiempo, el “sí” te ejercita en las relaciones interpersonales. El otro, que también aceptó seguirle, comparte el espacio contigo, aunque piense diferente. Pero, en torno a Jesús, por amor a Él, llegan a ponerse de acuerdo, a considerar las cosas, bajo una dirección, la voluntad de quien ha llamado.

Gracias al “sí”, los discípulos constataron que, cuando está Jesús, nada más es necesario. Es preciso libertad, desapego, vaciar el cacharro interior de vanidades y pretensiones para recibir su poder. Bendita sea la gracia que te cura la mendicidad y te sostiene. La fuerza del Señor da plenitud al alma y la satisface. En ella encuentras raíz y centralidad. Jesús te capacita y te da la autoridad para que tengas claro a qué te envía. Te integra a su misión redentora.

La aventura del “sí”, y la felicidad que conlleva, comienzan a concretizarse cuando ellos se descubren mensajeros del Señor, no con “una maleta” de garante, sino con la bendición del Señor, la presencia del hermano, y algunas cosas indispensables como, “el bastón” de la fe y la confianza; también “las sandalias”, comparadas a las enseñanzas del Maestro, guardadas en la memoria y en el corazón, para que los pies no resbalen ni balicen en los pedregales del camino.

El “sí” te despierta la sonrisa. Quizás, los apóstoles rieron al recordar antiguas preocupaciones y agitaciones por “panes”, “alforjas”, “dinero” y “vestidos”. Imagina los nervios que te pueden invadir, a ti, en este momento, al ver la despensa vacía, la cuenta sin fondos, las provisiones extinguiéndose. Cuando es Jesús quien llama, la escasez se interpreta como abandono en la providencia, y el desapego como auténtica libertad. A quien trabaja seriamente para el Señor nada le falta.

El “sí” para Cristo es un “no” a la comodidad. Buscar confort en beneficio propio es una vergüenza. Porque mientras gestionas la propia complacencia descuidas la misión. Los espíritus inmundos se alegran con la gente que se atiende a sí misma. De nada sirve dejar las maletas si vas exigiendo a donde llegas todo lo que no trajiste.

Haber dicho que “sí” al Señor lleva consigo el rechazo, las persecuciones y también el martirio, expresado en diversas maneras. Hoy, la Iglesia hace memoria de los santos Pablo Miki, religioso, y 25 compañeros mártires. Por haber profesado y testimoniar la fe cristiana, fueron crucificados en la ciudad de Nagasaki en el año 1597.

Hoy, también el “sí” para el Señor te martiriza y te crucifica con nuevas maneras. Tú puedes intentar ponerle nombre a las mismas. Sin importar cuáles sean, tú y yo nos quedamos con la advertencia de Jesús. Sencillamente, sacúdete el polvo de los pies. No cabe el lamento en quien está convencido, convencida, de a quién le ha dado el “sí” más determinante de toda la vida.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Tu “sí” para el Señor, se ha enredado en alguna distracción, en este momento? ¿Quién es más importante: quien llama o quien es llamado? ¿Si Cristo es el más importante, por qué alguien podría apropiarse dicha importancia, haciendo rogar el “sí”? ¿Cuáles son los “panes”, “las alforjas”, “las ganancias”, “los vestidos” que te distraen? ¿Tú sabes vivir feliz desprendido de las comodidades? ¿Te sacudes el polvo de los pies, o te acostumbras a caminar empolvado? ¿Para dar un “sí” al Señor, cuántos “no” tienes que pronunciar? ¿A qué le dices “no” para custodiar el “sí”?

Señor, dame la fuerza de los mártires. Que tu Espíritu Santo me sostenga en este momento de la historia. Porque todo pasa; un “sí” para ti, permanece. No quiero ser mediocre, cobarde, sin valor suficiente para hacer tu voluntad. Me bendices, Señor, y no me envías a la intemperie ni en solitario. Nada merezco, Señor, tu llamada es pura gracia.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Angela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

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