MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 7/2/25

El evangelio de este día, desde la figura de Juan Bautista, nos enseña qué significa permanecer, contra viento y marea, anclados en la esperanza. El texto recoge la memoria trágica de su muerte. Parte de que estaba preso, encadenado, por haber denunciado el pecado del rey Herodes. Él estaba cercado en su cuerpo, pero su fe, su convicción, estaba sostenida en Aquel, llamado Jesús. El hecho de que la fama de Jesús crecía, señalaba su misión por el Reino, siendo que, en el espejo de Juan, proyectaba su muerte histórica.

No siempre el ancla del alma se sostiene en la esperanza. Hay anclas que se lanzan al vacío, al mar del pecado, al jardín de la corrupción, y allí se hunden y se mantienen. Es el caso de Herodes. Fue a asentarse a donde lo ordenó su carne, su deseo. Hizo morada en el fango. Se apropió de la mujer de su hermano Filipo. Este hecho reveló los caminos torcidos de su corazón.

Herodías, por su parte, seducida por la ambición, terminó anclada en el odio. Sentía aborrecimiento por Juan. Él era su pesadilla. Su voz le incomodaba. El odio envenena el pensamiento, determina las decisiones, intoxica la palabra. No sorprende entonces que, a su propia hija, la aconsejara de manera ponzoñosa. Tu vida refleja el suelo donde estás anclado.

Los invitados, descritos en el relato, quienes fueron a la fiesta del cumpleaños de Herodes, muestran la gente arraigada en espacios de influencia, sin importar lo que allí se maquina y se promueve. Mientras tanto, la hija de Herodías, de poco pensamiento, fue a aferrarse a su madre, y terminó condicionada, sin decisión propia, cómplice del pecado.

El pasaje continúa alertando los síntomas de quien está arraigado en la apariencia, en el qué dirán, en su prestigio. Herodes no dudó en traicionar su conciencia. A pesar de haber tenido a Juan como un hombre honrado y santo, a quien escuchaba con gusto y asombro; prefirió complacer a su audiencia, y conceder a la joven danzarina el capricho solicitado, la cabeza de aquel, llamado Juan.

Cuando Juan fue decapitado y enterrado por sus discípulos, comenzó la historia del hombre anclado en la esperanza. La esperanza no defrauda, como bien lo demuestra el salmo del día.

Dice el orante en el salmo: “El Señor es mi luz y mi salvación”. Quien está anclado en el Señor nada teme, nada le hace temblar. Porque el Señor es quien sale en defensa de los suyos. La esperanza espera en el Señor, más allá de la muerte. La visión de la vida no culmina en esta historia. La dimensión trascendente de la existencia es la que soporta la fe, la esperanza y la caridad del creyente.

Confiesa el orante que, aunque un ejército acampe contra él, no teme. Estar anclado en la esperanza es tener visión de largo alcance. No hay cárceles, ni cadenas, ni poderes de este mundo que impidan la libertad de quien vive en Cristo Jesús. El pasaje de este día es una invitación a peregrinar, salir del mar del pecado y de muerte, hacia el país de la vida. Quien está anclado en la esperanza sabe que el Señor lo esconde en su tienda el día del peligro. La tienda del Señor es su propio corazón. ¿Quién podría entrar allí para hacer daño?

La carta a los Hebreos nos muestra cómo tornarnos signos de esperanza en la sociedad de hoy. Nos invita a la solidaridad y a la compasión con los más sufrientes y necesitados. Además, hace un llamado a custodiar el corazón en pureza, para que no lo corrompa la infidelidad ni la ambición.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Por qué la fama de Jesús no hizo ruidos a su silencio? ¿Qué hace el deseo de fama en un corazón anclado en la vanidad? ¿Cómo acoges la verdad que dicen sobre ti? ¿La verdad te convierte o la enfrentas con un muro resistente? ¿Dónde estás asentado en este momento? ¿La tierra que pisas es de bendición o de perdición? ¿Te condiciona el qué dirán? ¿Tú serías capaz de traicionar tus principios para no quedar mal en público? ¿Qué significa para ti remordimiento de conciencia? ¿Tú tienes pensamiento propio? ¿Dónde vas a buscar consejos y orientaciones? ¿Tú sabes cuándo te aconsejan mal? ¿Y si sabes que te aconsejan mal, por qué emprenderías lo mal hecho? ¿Puedes decir que eres una persona de esperanza? ¿Dónde estás anclado? ¿Qué significa para ti ponerse a peregrinar de la esclavitud a la libertad?

Señor, que tú seas el soporte y el sostén de mi vida. Quiero permanecer con firmeza en ti. Con arraigo en tu corazón. Que mi música sea la verdad de tus enseñanzas. Deseo atravesar esta tierra siéndote fiel. Que los vientos y las tempestades no remuevan mi confianza. En ti, Señor, mi ancla está segura y no vacilo.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Angela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

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