MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 12/2/25
(Gn 2,4b9.15-17; Sal 103; Mc 7,14-23).
¡CUIDEMOS EL CORAZÓN!
Hoy, miércoles, estamos en la Semana 5ta del tiempo ordinario. El sentido de las lecturas apunta a la importancia de que el ser humano recupere su raíz espiritual, su vida interior. Porque de todas las criaturas, por voluntad divina, solo el hombre y la mujer pueden hacerlo. Los textos nos sacuden de la vida superficial, y nos invitan a sumergirnos en las aguas profundas de Jesús. Bebamos, cada uno en su propio pozo, sin dejar de considerar que un único manantial nos abastece a todos.

El Génesis nos trae el segundo relato de la creación. Esta vez, no lo hace mediante la Palabra, sino que Dios se nos muestra en dos imágenes fundamentales. La un “jardinero”, quien cuidadosamente y a manera gradual, hace brotar del suelo, lo que el suelo puede dar: manantial y árboles. Pero también está la imagen del “alfarero”, porque con “arcilla” y su “aliento”, modeló al hombre; y quiso que de él brotara, lo que sólo del hombre podía surgir, la obediencia.
La relación del hombre con Dios marcó la diferencia. Comenzó un vínculo de comunicación, cercanía, amistad. Con todo, desde este inicio se establecieron las condiciones para conservarla. Ese ser humano había de permanecer obediente. De ahí la prohibición: “Puedes comer de todos los árboles del jardín; pero del árbol del conocimiento del bien y el mal no comas”. No se negó el acceso a todos los árboles, solo a uno.
“El árbol del conocimiento del bien y del mal”, recuerda el Catecismo, evoca simbólicamente el límite infranqueable que el hombre, en cuanto criatura, debe reconocer libremente y respetar con confianza. El ser humano depende del Creador, está sometido a las leyes de la Creación y a las normas morales que regulan el uso de la libertad” (n.396).
Lo primero que el Señor dio a conocer a la persona fue su voluntad. Le dejó libre, pero no sin horizonte, sin ruta, perdido en el paraíso con diferentes alternativas. Cuando Dios se comunica revela su querer. Su voluntad la deposita allí, en el corazón humano, dotado de aliento divino, en condiciones de comprender y de asimilar, con dimensión reflexiva e interioridad. Dios no pediría nada que la persona no esté en condición de dar respuesta. Desde el corazón humano puede nacer, maravillosamente, la obediencia, pero también puede nacer el pecado, que lleva a la muerte. ¡Cuidemos el corazón!

Este sentido de interioridad lo encontramos en el evangelio. Jesús hablaba a la gente de vida interior y no entendían. Ni siquiera los discípulos podían comprender cuando el Señor decía: “Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre”. Con esto quería liberar a la persona de normas tradicionales que clasificaban los alimentos entre “puros” e “impuros”. El Señor les instruía para que migren de sus márgenes a la interioridad. Lo importante es, siempre, cuidar el corazón.
El papa Francisco, nos ayuda a comprender mejor cuando comenta en su Carta Encíclica sobre el Corazón de Jesucristo, refiriéndose al ser humano; que el corazón es el lugar de la sinceridad, donde no se puede engañar ni disimular. Suele indicar las verdaderas intenciones, lo que uno realmente piensa, cree y quiere, “los secretos” que a nadie dice y, en definitiva, la propia verdad desnuda. En el corazón descansa lo auténtico, lo “propio” (n.5).
El don de Dios, lo más valioso de Él, lo deposita en el corazón. Jesús es el Don primordial de Dios. Cuando tú permites que Él ahí tenga su morada, entonces, todo lo que salga de ti, llevará sus huellas. Contrariamente, cuando el dueño no está en su casa, se deja sentir. Brotarán entonces, del corazón, una lista incontable de pecados, porque uno lleva al otro.
Preguntas que llevan al silencio: ¿tú has dialogado con tu corazón? ¿Sabes cómo dialogar con él? ¿Tú sabías que la Palabra es como un espejo donde cada mañana puedes mirar tu interior? ¿Tú sabías que el corazón tiene “oídos”? ¿Entiendes lo que Jesús te dice con los oídos del corazón? ¿Quién te habita por dentro? ¿En los últimos tres días qué cosas han salido de ti? ¿Las cosas que han salido de ti, dan gloria a Dios, lo hacen feliz? ¿Cómo estás conservando tu amistad con el Señor? ¿Cómo está tu obediencia? ¿Has embellecido tu jardín interior con la obediencia? ¿Tú vida refleja que tu alfarero, Jesús, está presente?
Señor: como el salmista yo te bendigo. Mi alma te alaba, porque te vistes de belleza y no me excluyes de tu hermosura. Me das las enseñanzas necesarias para vestirme de la santidad que me ofreces. Providencias la comida diariamente, Señor, no nos falta la Santa Eucaristía, el perdón, tu misericordia. Que estos alimentos nutran mi corazón. Contigo, Señor, lo que salga de mí hará visible tu Reino.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Angela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
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