MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 15/2/25

En estos días, el libro del Génesis nos ha estado hablando de “árboles”. Este domingo VI del tiempo ordinario, las lecturas también nos recuperan la imagen del “árbol”. Les invitamos a que todos y todas nos cobijemos bajo la sombra del “árbol de vida y de felicidad”, que es la Palabra de Jesús, su propia persona.

Jeremías, con un lenguaje sabio, identifica el destino desastroso de la persona que confía en otra persona. No se refiere a que desconfiemos unos de otros. Busca expresar que solo Jesús es ancla, donde el corazón debe afianzarse. Asentada en otra tierra, que no sea Cristo, la persona será como ramita seca, en el desierto árido y solitario, sin raíces suficientes para permanecer. Esto sería, según el profeta, una maldición. En cambio, abraza la bendición quien confía en el Señor, y se cobija bajo su sombra; se convertirá, como un injerto, en otro árbol, plantado junto a la fuente de vida.

Mucho más de lo que crees: enterate cuál es el significado real del árbol de la vida

El Salmo 1 también nos describe el itinerario de cómo transformarse en árbol, meditando y gustando la Palabra día y noche. Quien quiera ser árbol, y no paja arrastrada por el viento, ha de saber dónde hacer asiento.

El evangelio nos presenta a Jesús, en Lucas, enseñando en un llano, a diferencia de Mateo, donde habla de las bienaventuranzas en una montaña. Nos hace pensar que su Palabra no se contradice; es árbol que puede nacer en todo terreno; de hecho, quienes les escuchan proceden de diversos lugares. Un detalle significativo es que, al empezar su predicación, fija los ojos, no en la multitud en general, sino “en los discípulos”. Las bienaventuranzas se dirigen especialmente a quien ha decidido seguirle. Los que escuchan, considerarían los criterios para el seguimiento de Jesús; pudieron discernir si optan o no por la felicidad que ofrece Jesús, que es su propia persona, su propio árbol, su misma Palabra.

Jesús, fijó la mirada en sus discípulos. En este domingo la fija en ti. Siente el calor de su presencia, la sombra de su árbol. En esta intimidad te asegura que, aunque le sigas, aunque confieses que eres cristiano, cristiana, realmente no lo serás, hasta que no experimentes la verdadera felicidad. El Señor señala a sus amigos cuatro criterios, complementarios, para alcanzar la felicidad. A su vez, contrapone cuatro “ayes” o “lamentos”, en caso se opte por vivir lo contrario.

La felicidad que propone Jesús comienza con: 1) la pobreza, el desprendimiento, el desapego; porque así se recibe la riqueza del Reino. El Señor, sin desplazar la mirada, advierte a los suyos, con el primer “¡ay de aquellos…!” que busquen consuelo en otras riquezas que no sea Él mismo. 2) Feliz será quien experimente hambre; hambre de Dios, de santidad, porque serán saciados. El segundo “¡ay de aquellos…!” es para quien pretenda satisfacer su alma, con otro alimento que no sea Jesús.

Será feliz, entre los discípulos, quien, 3) llore bien; no de capricho, sino por las cosas que Cristo lloró. Luego se reirán juntos. El tercer “¡ay de aquellos…!” es para quienes se alegren estando en el error, o celebrando logros injustos, porque llegará un tiempo que experimentarán duelo y llanto. 4) Serán felices, los suyos, cuando les persigan, les difamen, porque así hicieron con los verdaderos profetas, y tuvieron recompensa en el cielo. En cambio, “¡ay de aquellos…!”, entre los mismos discípulos, de los que siempre hablen bien; porque dicha fama la tuvieron los falsos profetas.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Tú eres feliz? ¿Apuestas por la felicidad que te ofrece Jesús? ¿A la sombra de qué “árbol” buscas tu felicidad? ¿Cómo tú reflexionas que, por el Bautismo estamos injertados en el “árbol de la felicidad”, que es Cristo? ¿Tú habías meditado que al comulgar, Cristo también se injerta en ti? ¿Cómo están las hojas de tu árbol: frondosas, verdosas, marchitas? ¿Qué aguas nutren las raíces de tu árbol? ¿Por qué, si te separas de Cristo, comienza el lamento? ¿Tú sabías que esos “ayes”, o “lamentos”, que Jesús predijo, son para ti? ¿Lo habías canalizado para otras personas? ¿Qué provoca en tu corazón esas palabras del Señor, que confrontan tu existencia?

Señor, identificados con el corazón del apóstol Pablo, venimos a ti. Creemos en tu resurrección, fundamento de nuestra fe. Tú eres nuestra esperanza viva y real. Nuestras raíces están en ti, y por eso confiamos. ¡Ay de nosotros! si nos apoyamos en falsas promesas. Quien espera en ti, Señor nuestro, no queda defraudado. Que podamos peregrinar hacia el encuentro contigo. Que en tu árbol, en tu persona, en tu Palabra, encontremos, Señor, la felicidad plena. Que podamos ser, en ti, injertos de esperanza.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Angela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

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