MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 21/2/25
(Gn 11,1-9; Sal 32; Mc 8,34_9,1).
LA TORRE DEL ORGULLO: PLAN FRUSTRADO POR DIOS.
Hoy, viernes, semana 6ª del tiempo ordinario, la lectura del Génesis nos hace meditar en las pretensiones del ser humano, conducido por su autosuficiencia. Hace poco, meditamos en el hombre creado con barro y aliento divino. Poco después, lo descubrimos migrando de estos humildes orígenes para invadir el espacio que pertenece a Dios, queriendo ser como Él; pero no en lo referente a la santidad, sino en relación a la grandeza. Pero qué significa “grandeza” sin humildad; esto desemboca en orgullo.
Comenzó el corazón humano, orientado por su orgullo, a preparar “ladrillos” para subirse. Tú y yo, podemos considerar si alguna vez hemos buscado “ladrillos”, para organizarlos, ajustarlos, y empezar a subir, y seguir subiendo, hasta alcanzar una altura importante. Porque la soberbia, amiga inseparable del orgullo, se esmera en estar en el centro, ser vista, aplaudida, y muy famosa. Si en las lecturas anteriores veíamos el pecado particular, hoy tenemos un ejemplo de pecados colectivos, pecados sociales.
El relato, dice que esas personas buscaban alcanzar el cielo. Miraban hacia arriba. Ambicionaban. Sin embargo, la paciencia de Dios se refleja, cuando Él mira hacia abajo, hacia la tierra, para ver lo que está pasando. Dios nunca mira para arriba. No hay nada ni nadie por encima de Él. Sin embargo, en esos dos movimientos, del hombre que eleva la mirada con intención torcida, y Dios que custodia su criatura, mirando hacia abajo; allí se produce el encuentro decisivo.
El Señor, como dice el Salmo de hoy, decide frustrar los planes perversos, para el propio bien de la persona. Dios te desbarata los malos proyectos, por su infinita misericordia. Porque Él conoce el corazón de cada uno, sabe cómo está formado. Y cuando te descubre cayendo en el abismo de la perdición, te cambia la ruta, para salvarte, porque te ama. En su fina pedagogía, dispersó a quienes estaban construyendo la torre. Los puso a hablar diferentes lenguas, y no pudieron entenderse, comprenderse, acabaron cada cual por su lado.
La historia es conocida como “torre de Babel”. Babel significa “confusión”. La confusión nace cuando los códigos con los cuales se habla responden a intereses individuales, egoístas, torcidos. Conversando, cada quien buscando ventajas personales, nadie se entiende; cualquiera se extravía entre la burocracia y la corrupción. El lenguaje del orgullo es contradictorio al lenguaje del Espíritu Santo, que es transparente, sencillo, y todo el mundo entiende, aunque se hable en diferentes idiomas o expresiones.
El Señor no nos deja perdidos, para que nos consuma la ignorancia y terminemos dispersos y errantes, sin rumbo. Por eso, el evangelio de hoy nos propone un santo remedio. Este nos previene; nos ayuda a desbaratar planes, a destruir torres, y a encontrar nuestro centro. Mientras el mundo sin Dios te enseña a subir; Jesús te enseña el secreto para aprender a bajar; porque la torre de la humildad se edifica bajando; empleando los ladrillos de la obediencia y la mansedumbre. El plan de Jesús se diseña de la siguiente manera:

“El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. Jesús te hace la invitación a dejar la “mentalidad de negocio”, de la ventaja propia, del promoverse a sí mismo. Él te marca el camino de la santa desapropiación, para que puedas así, vacío de ti mismo, llenarte de la gracia de Dios.
Preguntas que llevan al silencio: En este momento de tu vida, ¿tú te estás bajando o estás buscando subirte? ¿Cuáles son tus planes? ¿Qué anda buscando tu corazón? ¿Dónde están puestos tus ojos? ¿Cómo te impacta el ver a la gente buscando “ladrillos” para encaramarse? ¿Te da vergüenza estar “bajito” cuando hay mucha gente con altura importante? ¿Quién está alto a los ojos de Dios?
¿Cuando Dios mira desde el cielo, desde la santidad, con qué planes te descubre? ¿Por qué hay que agradecer cuando Dios te desbarata los planes? ¿Por qué los planes de Dios nunca se frustran? ¿Te atreverías a interrumpir un plan de Dios? ¿Con qué lenguaje estás hablando? ¿Necesitas hablar en códigos, o te expresas con total transparencia? ¿Hay alguna “torre” formándose en tu corazón? ¿Te gustaría que el Señor intervenga y que la desbarate? ¿De qué te sirve construir una “torre” en la cual vas a perder la vida?
Señor, aquí pongo todos mis ladrillos, pequeños y grandes; con ellos, también están todas mis pretensiones. Me desarmo en tu presencia. Me avergüenza que, si tú te bajas, yo haga planes para subir. Enséñame a bajar contigo. Dame la mano, peregrinemos juntos hacia la torre de la humildad. Y desde allí, Señor, desde este cimiento santo, conforme a tu Palabra, construyamos tu Reino soñado. Que no sea yo centro visible; sea manifestada tu gloria por siempre.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Angela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
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