MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 25/2/25
(Ecl 2,1-13; Sal 36; Mc 9,29-36).
SE BUSCAN ASPIRANTES AL ÚLTIMO PUESTO.
Hoy, martes, semana 7ª del tiempo ordinario, recibamos las sabias enseñanzas de Jesús, como uno más de sus discípulos. El Señor, por el camino, les iba instruyendo, y no quería que nadie les interrumpiera. Les instruía sobre su pasión, los padecimientos que debía enfrentar, antes de su resurrección, en manos de sus contrarios. Pero los Doce, no entendían nada.
El planteamiento de Jesús, no era captado por el imaginario de los Doce; estaban en otra dinámica. Dice el texto que llegaron a la casa; entendiendo que “la casa” de Jesús era allí donde se sentaban para formarse, para estar con Él, para conocerlo más a fondo, para profundizar en el encuentro. Allí, en esa parada, el Señor les preguntó qué discutían por el camino. No se atrevieron a responder. Permanecieron callados.
En ese silencio sospechoso de los discípulos, el Señor les sorprendió en discusiones y aspiraciones de poder, de estatus, de puestos. Se preguntaban quién era el más importante. Mientras estaban inquietos por “subir”, el Señor se sentó. Ellos, alborotados. Jesús paciente. Comenzó una nueva catequesis, que respondía a la realidad que vivían. El Señor les educó las aspiraciones, y les reveló cuál ha de ser la única y principal aspiración: “Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último de todos y el servidor de todos”.
Para asegurar la comprensión, Jesús la acompañó con un gesto visible. Tomó un niño, lo puso en medio y lo abrazó. El corazón del discípulo, el tuyo y el mío, tienen un paradigma de cómo se promueve a la gente en el Reino de Dios. Dicha promoción se gana a base de inocencia, de pureza de intención. Cuando el Señor tomó ese pequeño, comprendieron lo que quiso transmitir; porque niños y niñas eran tenidos como insignificantes en la sociedad, de poco valor. Sin embargo, la humildad, la sencillez, atrae la mirada de Dios.
El Señor intentó corregir los deseos de “gloria terrenal” de sus amigos, para encauzarlos por los deseos de santidad y de servicio. “El último puesto”, a criterios divinos, es un puesto de honor; no se alcanza sin fe y sin oración. Fe y oración serán necesarios para conservarlo. Ya lo dice el Eclesiástico: “si te acercas a servir al Señor prepárate para la prueba”. Cuando busques la humildad que el Señor te exige, cuando le sirvas con transparencia y honestidad, cuando purgues tus intenciones, y busques vivir en gracia; entonces te llegará el momento de ser acrisolado en el fuego y purificado en el horno. Y encima de esto, te aconseja la sabiduría, “No te inquietes en la calamidad. Aférrate al Señor y no te separes de Él, para que al final seas enaltecido”.
Sin esta purgación, los aspirantes al último puesto, no podrán recibir el mayor beneficio del cargo: haber unido la vida propia con la de Jesús. Y unido a Él, ser morada de la Santísima Trinidad. Porque quien recibe las enseñanzas de Jesús, y las hace vida, recibe al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo. Esta es la riqueza del último puesto, que es, en el cielo, el primer puesto de todos.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Cómo se asientan en tu corazón las cosas que propone Jesús? ¿Qué discutes mientras vas de camino? ¿Cuáles son tus inquietudes? ¿Qué te provoca tensión? ¿Si Jesús te pregunta: de qué hablas el día entero, cuál es tu tema favorito, qué le respondes? ¿Por qué los temas que discutes revelan tus intenciones? ¿De quién quieres atraer la mirada? ¿Si tú sabes que la humildad atrae la mirada de Dios, tú buscas tener actitudes humildes?
¿Te has descubierto, alguna vez, faltando a la humildad? ¿Si te descubres faltando a la sencillez de vida, sigues subiendo o te pinchas para bajar? ¿A qué puesto estás aspirando? ¿Te gustan los puestos que promueve Jesús? ¿Tú quieres ser promovido al estilo de la santidad? ¿Cómo te acrisola la vida mientras sirves al Señor? ¿Tú sabes darle valor y sentido a las purgaciones, a las purificaciones, con las que el Señor te capacita para conservar el último puesto? ¿Cómo está tu fe y tu oración, exigidas a los aspirantes del último puesto?
Señor, como ora el salmista del día, yo quiero hacer de ti mi delicia. Porque si eres tú la delicia de mi corazón, solo en ti encontraré plenitud. En ti, Señor, reposen todos mis deseos. No busco otra cosa y tú lo sabes. Por eso, Señor, te doy las gracias por las oportunidades que me ofreces para acrisolar mi alma. Gracias, Señor, por las humillaciones y las purgaciones, que me enseñan a vivir con paciencia y con sentido. Nada más hermoso que servirte, mientras las aspiraciones se van purificando; y el corazón anida, cada vez más, en el deseo de ti. El silencio inocente es melodía perfecta de quienes trabajan en el último puesto..
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
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