MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 26/2/25

Hoy, miércoles, semana 7ª del tiempo ordinario, seguimos aprendiendo de Jesús, quien encarna la sabiduría, instruyendo pacientemente a los suyos. Reconocido como el Maestro de los maestros, el Señor no descartó a los que el Padre les entregó, sino que poco a poco les fue formando. En el pasaje de ayer estaban los Doce discutiendo entretenidamente quién de ellos era el más importante. Les gustaba el tema del poder, de los rangos. El Señor les dio una solemne catequesis, pero el pasaje de este día, revela que aún, la inquietud prosiguió.

Juan, el más joven de los discípulos se acercó a Jesús. Le dijo: “Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros”. Ahora, el celo por el poder, no era solo entre ellos. La declaración de este discípulo deja pensar que los Doce pudieron considerar a los de “fuera” como una amenaza. Sentían como propiedad privada la gracia que el Señor les había compartido para expulsar los demonios y extender el Reino, llevando la salvación.

Jesús, con palabras sabias, continuó el proceso de ampliar la mente y el corazón de los discípulos. De la misma manera que cada día, sus enseñanzas, su mensaje, intenta que también tú y yo, vayamos ensanchando los horizontes del Reino. El Señor le respondió: – “No se lo impidan, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro”.

“No se lo impidan”. Busca el Señor, con esta enseñanza, que los discípulos no privaticen los dones. Los dones, al servicio de la salvación, solo pueden venir de Dios mediante el Espíritu Santo. Son derramados tantos dones y carismas que salen del espacio previsto. Pero todas esas gracias, tienen como referencia el Nombre de Jesús. La comunidad de los Doce no tenía el control de quienes, por las misiones, obtuvieron la fe. “Ese”, que echaba demonios en nombre de Jesús, habría quedado impregnado del Señor, y encendido de Buena Nueva, se dispuso a hacer el bien.

Para asimilar la amplitud de mente y corazón, a la que el Señor quiere llevar a los suyos, es necesario partir del amor. Cuando tú amas a profundidad al Señor y a su Reino, no interrumpes el bien. Contrariamente, lo canalizas, lo integras, lo aplaudes, lo unes, lo estimulas. Porque aquí, lo importante, no es coartar el liderazgo, sino dirigirlo a la comunión con el mismo nombre de Jesús. En su nombre todos nos encontramos.

Cuando sientas la necesidad de ensanchar tu mente y tu corazón, al modo que Jesús desea, medita en las cosas que unen, y no tanto en las que separan. El Señor no excluye a las personas. Queda fuera de su proyecto de salvación quien se aísla o se retira a sí mismo, oponiéndose al Reino. Contrariamente, quien no es obstáculo, ya está colaborando.

Resuena en el interior esos hermosos plurales con lo que Jesús se expresa: “nosotros”, “nuestro”. Cada vez que te expresas en plural, vas ampliando tu interior, haciéndolo grande. Los plurales previenen el egoísmo, sanan las pretensiones, forjan comunidad. Con razón dice el salmista: “Mucha paz tienen los que aman tus leyes, Señor”.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Qué provoca en ti saber que una persona, con tu mismo don, está sirviendo al Reino, abriendo caminos de salvación? ¿Te asaltan los celos pastorales? ¿Qué hubiese sido del evangelio si los discípulos, luego de la resurrección no hubiesen superado los celos pastorales? ¿Tú actitud de vida cristiana es integrar a todos? ¿Alguna vez has usado la palabra, de manera torcida, con el fin de excluir a alguien, de dejarlo fuera? ¿Quién eres tú para descartar a quien el Señor escogió para servir a su Reino? ¿Por qué, quien tiene la gracia, hace el bien con “puertas cerradas”? ¿Tú has pensado que el agua subterránea hace el suelo fértil sin hacer ruidos?

¿Tú has tocado alguna puerta para acusar, de manera torcida, a alguien que sirve al Señor con humildad? ¿Qué pensará Jesús de tu actitud con las cosas del Reino? ¿Tú buscas razones para integrar, para unir, o argumentas para excluir, para frenar y paralizar la obra? ¿Te atreverías hacer un pequeño “censo”, en tu corazón, para nombrar las personas que “son de las nuestras”, porque trabajan en nombre de Jesús? ¿Tú sabías que la oración ensancha la mente y el corazón?

Señor: aquí estoy, como los discípulos, quiero ser aprendiz, dejarme educar por tu Palabra. Mi pobre terreno interior, con tu sabiduría, se amplía y adquiere nuevos horizontes. ¿Qué hubiese sido de mi estrechez mental sin tus instrucciones diarias? Señor, enséñame a hablar y a actuar en plural. Como tú, quiero felizmente decir: “esos son de los nuestros”, porque hablan en tu nombre. En tu dulce nombre, Señor, somos peregrinos de esperanza. Oremos juntos por nuestro querido papa Francisco..

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

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