MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 2/3/25

Este VIII domingo del tiempo ordinario, Lucas nos presenta las enseñanzas de Jesús ubicado en un llano. Allí instruía a todos, incluyendo a sus discípulos. El pasaje del día presenta una parábola, la cual comienza diciendo: “¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un hoyo?”. Cuando se habla de “ceguera”, el pasaje nos remite a la falta de fe. La fe es luz que ilumina el caminar. La fe viene por la oración y por la unión con Jesús, con su Palabra, por la intimidad con Él. Si alguien se distancia de Jesús, quedará ciego. De ahí el planteamiento lógico: ¿cómo puede guiar, orientar, conducir el camino, quien está de espaldas a la luz y prevalece en oscuridad?

Jesús confronta a quien pretenda “ser guía”, sin percatarse primero de su propia condición. Se advierte el peligro de caer “acompañante y acompañado”, los dos, en el mismo hoyo, en el mismo error, en el mismo extravío. Es irresponsabilidad, a criterios del Señor, no prevenir el fracaso.

Siguiendo la secuencia del pasaje, el “guía” entre hermanos, siempre será discípulo. Recuerda el Señor: “El discípulo no es más que su maestro”. Es escuela de humildad; el único maestro es Jesús. Aunque tú estés guiando a alguien, no pretendas apoyarte en tus propios criterios. El fundamento de tus palabras ha de apoyarse en el Evangelio custodiado por la Iglesia. Ahí está la fuente del discernimiento, el chorro de luz. El verdadero guía es el primero en dejarse conducir por el Señor, hasta llegar a ser como Él. Ser como Jesús es la meta para quien guía y para quien es guiado.

En la escuela para guías, el Señor invita a que cada uno desarrolle la virtud de auto-observarse; tomar conciencia del estado propio. Advierte la tentación de querer convertirse en guía con rapidez. Es para valientes identificar “la viga” en el propio ojo (un defecto grande) antes de referirse o considerar “la mota” en el ojo ajeno (un defecto menor). Los guías están advertidos de no convertirse en jueces. El precio de juzgar es caer en hipocresía. Para evitarla, es necesario desyerbar el propio ojo para alcanzar la visión. Quien no está dispuesto a cocinarse en el fuego de la purificación no saldrá buen guía. La vida interior garantiza las sanas correcciones fraternas.

Jesús sugiere a sus discípulos ser guías plantados en Él. Será la única manera de garantizar la cosecha para el Reino. La autoridad del guía, su credibilidad, no la da su fama, sino los frutos. Por eso asegura el salmista que quien esté bien plantado, todavía en la vejez seguirá lozano y frondoso.

Este domingo, ganamos estrategias para superar las propias limitaciones. La sabiduría, maestra en instrucción, sale a nuestro encuentro en el libro del Eclesiástico. El consejo sabio invita a recuperar lo propio del ser humano, la reflexión interior, el discernimiento, la observación de sí, como medio de modelarse, madurar, crecer y ayudar a los demás.

La madurez integral se refleja en la manera de pensar, sabiendo que el pensamiento, la palabra y el obrar están en íntima relación. La palabra forma parte de la identidad. Por tal motivo, quien busque guiar ha de ser persona de pocas palabras. Quien mucho habla no permite que el horno del Espíritu Santo sazone, a su punto, las palabras. Hay palabras que se desvanecen en el aire, por falta de peso; otras, contrariamente, se siembran en la historia. Jesús te enseña a observarte cuando te dice: “lo que rebosa del corazón, lo habla la boca”. Pon atención a tus conversaciones y tendrás una radiografía del corazón.

Las palabras de san Pablo nos animan; invitan a mantenernos firmes en el Señor de la victoria. Trabajarse a sí mismo, por amor a Cristo, y trabajar para el Reino son acciones paralelas. Aunque vivamos la gratitud de trabajar sin paga, el Señor no deja sin recompensa ninguna fatiga.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Con qué luz estás guiando? ¿Has tenido la experiencia de caer en un hoyo? ¿Has hecho caer a alguien por atreverte a conducir sin luz? ¿Por qué quien critica con el ojo sucio exagera el defecto ajeno? ¿Por qué la hipocresía es como un manto oscuro que quita la visión? ¿Cómo podrá dar frutos sanos quien no esté dispuesto a desyerbar el jardín interior? ¿Por qué no hay que tener prisa para guiar a otros? ¿Cómo es que un buen guía siempre será discípulo? ¿Las palabras que salen de tu boca abonan el terreno que las recibe?

Señor: en tu infinita misericordia yo quiero ver. Dame la luz de tu gracia para conocerme y para darte a conocer. Que la hipocresía no entre a mi casa. Que mi casa, Señor, sea adornada con las cortinas de la sinceridad y la verdad. Que seas tú el único maestro para que, en tu pensamiento, pueda humildemente guiar a los que aún no descifran tu lenguaje.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

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