MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 9/3/25
(Dt 26,4-10; Sal 90; Rm 10,8-13; Lc 4,1-13)
DOMINGO I DE CUARESMA.
TENTACIONES EN LA PEREGRINACIÓN.

Este Domingo I de Cuaresma nos presenta la tentación de Jesús en el desierto. La particularidad en el Año Jubilar es meditarla desde la virtud de la esperanza. Este matiz lo argumenta, de forma magistral, el pensamiento de san Agustín, punto de partida para la reflexión: “Nuestra vida en medio de esta peregrinación no puede estar sin tentaciones, ya que nuestro progreso se realiza precisamente a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni vencer si no ha combatido, ni combatir si carece de enemigo y de tentaciones…”.
El verdadero peregrino, peregrina, no favorece sus tentaciones. Ellas son colocadas, por alguien, mientras va de camino. El conjunto de las lecturas nos ofrece luces de cómo desenmascararlas y superarlas.
La primera lectura del Deuteronomio cita una frase propia del pueblo de Israel, cuando hace memoria de sus orígenes: “Mi padre era un arameo errante”. Esto significa, que antes de Israel conocer a Dios y hacer alianza con Él, caminaba sin rumbo. Pero, cuando reconoció la mano liberadora del Señor identificó su norte, su dirección. Por la fe en Dios, supo distinguir ante quien postrarse para adorar. Si tú no sabes hacia dónde vas, ni quién te conduce, cualquier tentación te detiene, cualquier falso dios te distrae, e interrumpe tu trayecto hacia la tierra prometida.

En el evangelio, Jesús es el modelo y refugio perfecto para ayudarnos a vencer las tentaciones. Jesús no salió a su peregrinación misionera sin identidad; fue luego del Bautismo, y con la convicción de que, quien marchaba, era el Hijo amado de Dios. Satán sabía que si debilitaba la identidad de Jesús lo vencía. Por eso, en el pasaje, el demonio, dos veces hizo referencia a Jesús como “Hijo de Dios”. Si tú sabes quién eres, a quién sirves, a quién perteneces, estás preparado para entrenarte en fidelidad.
El tentador aguarda el paso de los peregrinos. Consciente que no puede enfrentar a Dios; maliciosamente pretende invadir su pertenencia, para apropiarse de lo ajeno. Mientras Dios respeta la libertad de la persona para que se una a Él, el demonio busca engañar, seducir con mentiras y falsedad. Satán nos da bocadillos envenenados, pero vistosos y llamativos. Dios, contrariamente, nos da a su Hijo, para que en Él seamos vencedores. La obediencia exorciza la presencia del enemigo.
Las tres tentaciones que el demonio colocó a Jesús identifican para nosotros las “tres ventanas” por las que él intenta entrar en nuestras vidas: los placeres de la carne, poder, gloria, teneres. Ante las propuestas engañosas, Jesús nos anima a elevarnos a la vida en el Espíritu: donde la Palabra es el mayor deleite; Dios es el único digno de adoración; riqueza incomparable, a quien se debe obediencia perfecta. Observa cómo termina el relato de las tentaciones: “El demonio se marchó hasta otra ocasión”. Jesús no se cansó de combatir, el tentador se cansó, y reposó sin dejar de maquinar.
San Pablo también nos da luces para ser vencedores en Cristo Jesús. Te sugiere tener la Palabra cerca de ti, en los labios y en el corazón; para madurar en fe y echar raíces espirituales. Porque nadie que crea en el Señor quedará defraudado. “La esperanza no defrauda”. Si vas al desierto en solitario, te traga la tentación por la magnitud del combate. Pero si vas con Jesús, tus esfuerzos no son inútil.
Preguntas que llevan al silencio. Permitamos a san Agustín hacerte el primer planteamiento: “¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció…? Reconócete a ti mismo tentado en Él y…. vencedor en Él”. ¿Cómo alimentas tu fe para ser, en el Señor, vencedor, vencedora? ¿Qué sería de ti si te quitan el desierto que debes atravesar? ¿Cómo te entrenas? ¿Qué queda de ti luego de la tentación? ¿Cómo experimentas la presencia del Espíritu Santo acompañándote durante toda la peregrinación? ¿Tú vas por el camino distraído o vas en actitud vigilante para que no te sorprenda el tentador astuto? ¿Tú sabías que mantener el corazón centrado hacia la Pascua, hacia el Domingo de Resurrección es fundamental para peregrinar con pasos determinantes?
Señor, como el salmista, mientras peregrino que experimente tu amparo. Que la sombra de tu amor sea mi cobijo. Tu amor, Señor, es mi refugio seguro y confío en ti. Gracias por la orden dada a los santos ángeles custodios para que protejan mi camino, y el camino de los hermanos y hermanas. Tú, Señor, dispones tu palma para que mis pies no resbalen. Favoreces, en tu misericordia, que llegue a la meta, a la tierra prometida, Cristo Jesús, muerto y resucitado. En esperanza, Señor, se entrena mi fidelidad a ti.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
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