MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 11/3/25

Hoy, martes, semana 1ª de Cuaresma, damos un paso más en nuestro itinerario hacia la Pascua. Ten presente la imagen del desierto. El desierto lo llevas dentro. Peregrinas con toda la circunstancia que te rodea e incluye: problemas, inquietudes, faenas a realizar, etc. Sin embargo, la riqueza de esta Cuaresma es peregrinar en esperanza. Por eso, las lecturas del día te dan las orientaciones necesarias para alimentar esta virtud.

El profeta Isaías, vocero de Dios, se auxilia de la imagen de la lluvia; ilustración perfecta para hablar del misterio entre la Palabra y el corazón humano que la recibe. La lluvia viene del cielo, la Palabra nace en Dios. Ambas se desprenden de la altura con un propósito. El ser humano no las alcanza con sus manos. Los dones se desprenden, obedientes, para alcanzar la pequeñez de quien espera. La tierra sin agua queda seca, el alma humana sin la Palabra languidece; sencillamente agoniza. La providencia de Dios acontece, sin agua en la tierra no hay vida; sin la Palabra, la persona muere espiritualmente.

La lluvia, como bendición, fecunda la tierra. La tierra hospeda en su seno la lluvia, y se torna para ti y para mí en extraordinaria catequista. Educa en la actitud de disponer el corazón y dejarse empapar sin resistencia. La Palabra fecunda la aridez interior, cuando le permites realizar su tarea. ¿Sabías que puedes testimoniar este proceso? Mira hacia dentro de ti. Siente la Palabra caer en tu interior. Ve observándola, repitiendo sus frases. Esto es importante, porque te permite hacer memoria de ella. La Palabra purifica tu memoria. En vez de darle vueltas a asuntos estériles, escoge el eco de la voz de Dios hasta hacerse luz en tu camino. La Palabra alimenta la esperanza.

Dios lo ha asegurado, la Palabra no retorna a Él vacía. Se espera de quien la recibe, frutos de santidad. Los frutos comienzan a brotar cuando la persona hace vida la Palabra confiada. La escucha no es escucha hasta no desembocar en la obediencia. La Palabra es insistente, no se da por vencida. Pero también es sensible, si la rechazas deja en sequía el corazón.

El evangelio te ayuda a dar un paso más. No basta con recibir la Palabra y esforzarse para hacerla vida. Para que permanezca es necesario abonar, regarla, cuidarla integralmente. A este conjunto de acciones para fortalecer el pensamiento, la voluntad, el deseo de Dios en ti, se puede llamar oración. La oración alimenta la esperanza. Es aquí cuando el Maestro orante, Jesús, te enseña a orar bien.

El Señor te quiere una persona mística. No se duda que toda mística comienza con el silencio. Por eso, lo primero que aconseja es: “no usar muchas palabras”. Las muchas palabras estropean la oración. En el silencio, contrariamente, se recoge el alma. El alma recogida es la mejor disposición para que el Espíritu Santo opere y transforme. Las pocas palabras, no pretenden descartar la oración vocal, donde repeticiones conscientes se elevan a Dios; ellas tienen validez cuando se comprende lo dicho, a quién se le dice, y por qué se le dice de esa manera.

Las pocas palabras, exhortadas por Jesús, indican que Dios Padre, conoce el fondo y la realidad del corazón de cada uno de sus hijos e hijas. Invita a situarse en su presencia. Estar en la presencia de Dios y saberlo es oración. Tu presencia es lluvia y rocío para las entrañas divinas. Los ojos amorosos de Dios descifran tu verdad, sin que apenas pronuncies una palabra. Y esas pocas palabras que vas a decir, el Señor mismo, para que no te equivoques, te las enseña. Así nace la oración del Padre nuestro. Jesús te enseña a pronunciarte, no como tú quisieras, sino como te conviene. Lo que comienza como disciplina termina en virtud.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Con qué actitud recibes la Palabra de Dios en el terreno de tu corazón? ¿Qué tiempo permanece la Palabra en ti? ¿La Palabra que lees en la mañana, se te olvida antes del mediodía? ¿Por qué pasa esto? ¿Tú sabías que es saludable hacer jaculatoria con aquella frase bíblica que ilumina tu vida y da esperanza a tu corazón? ¿Cómo fortalecer el vínculo que integra y une la Palabra con la vida? ¿Tú has testimoniado el cambio que provoca la Palabra en ti? ¿Puedes puntualizar lo que pensabas antes y lo que piensas ahora? ¿Si has ido cambiando algunas cosas, qué otras necesitas seguir transformando? ¿Cómo trabajas tu tierra para que dé buenos frutos? ¿A quiénes alimentan los frutos de tu tierra? ¿A quién agradeces y ofreces la primicia de tu cosecha? ¿Tú sabías que la oración permite fortalecer las raíces de la confianza en Dios?

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

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