MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 13/3/25
(Est 14,1.3-5.12-14; Sal 137; Mt 7,7-12)
JUEVES I SEMANA DE CUARESMA.
ORACIÓN DE PETICIÓN
Hoy, jueves, semana 1ª de Cuaresma, las lecturas te ayudan a perfeccionar tu oración. Para orar es necesario desearlo de corazón, pero al mismo tiempo, es preciso saber hacerlo. Hay diversas dimensiones de la misma oración, como: bendición, adoración, intercesión, alabanza, acción de gracias… Los textos de este día te introducen en el misterio de la oración de petición.
Utilizando “tres verbos”, Jesús instruye a sus discípulos en el tema de la oración: “Pidan”, “busquen”, “llamen”. Estas tres acciones, nacidas de la necesidad del alma, del corazón, tienen un mismo fin, se dirigen a Dios. Jesús te direcciona allí donde puedes encontrar. No te dispersa. Te abre a la confianza en Dios. Parte de su relación con el Padre. Desea que la misma comunicación que Él tiene con Dios, la tengamos tú y yo. Nos manda donde conoce. Sabe de la abundancia en la casa del Padre.
“Pedir”, “buscar”, “llamar” es la misma acción de “pedir”, con insistencia y diversos matices. Pero, no basta con pedir, a Dios hay que saber pedirle. Observa el detalle que presenta Jesús: -Si alguno de ustedes, su hijo le pide “pan”… “pescado”… El padre o la madre no le darán ni “piedra” ni “serpiente”. Siendo pecadores, los padres saben dar cosas buenas a los hijos e hijas, “¿cuánto más el Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden?”.
El ejemplo del hijo que pide “pan” y “pescado”, evoca una imagen eucarística. Apunta a pedir a Dios lo que Dios puede dar: vida, plenitud, santidad, felicidad, eternidad, sabiduría, discernimiento, Dios mismo, y todo lo trascendente que puedas añadir. El Señor no te dará nada que te perjudique. En este sentido, la terquedad en la petición no es buena. Si Dios hace silencio ante alguna súplica, necesitas interpretar su silencio, en el silencio de la oración. Si estás pidiendo cosas buenas, sin respuesta, es hora de abrirse al misterio. Con nuestras manos no podemos abrir los botones para que nazca, a prisa, la flor.
En la primera lectura, tenemos a la reina Ester, dirigiendo una oración de petición a Dios. Llama la atención que ella, siendo reina, le dice al Señor: “único rey nuestro”. Es una actitud de obediencia y respeto a quien se dirige. Antes de pedir comienza admirando y agradeciendo lo que el Señor ha hecho por su pueblo. Es la memoria agradecida. Sabe en quién ha puesto su confianza.
Al mismo tiempo, en su oración, la reina se reconoce pecadora, integrante de un pueblo pecador. En este sentido, dice el Catecismo: “La petición de perdón es el primer movimiento de la oración de petición. Es el comienzo de una oración justa y pura. La humildad confiada nos reconcilia; entonces cuanto se pide, se recibe” (Cf. 2631). La reina, en su oración, ha considerado las consecuencias de sus pecados. Solo después, pide valor, palabras, protección, para enfrentar a los contrarios.
Mediante la oración de petición mostramos la conciencia de nuestra relación con Dios; es un retornar a Él, Creador, situándonos como criaturas. La petición cristiana está asistida por los gemidos del Espíritu Santo, porque nosotros no sabemos pedir como conviene (Rm 8,26). Es el Espíritu quien nos guía para centrar la súplica en el deseo y en la búsqueda del Reino. Hay jerarquía en las peticiones: primero Reino, y luego todo lo necesario para acogerlo (Cf. Catecismo 2632).
Preguntas que llevan al silencio: En tu oración ¿qué estás pidiendo? ¿Cómo lo estás haciendo? ¿Cómo se refleja la humildad en tu vida de oración? ¿La humildad, fuera de la oración, sigue siendo tu compañera de camino? ¿Tú integras pedidos de perdón a tus súplicas? ¿Cómo está tu comunicación con el Señor? ¿Qué vas aprendiendo de las enseñanzas de Jesús sobre tu confianza con Dios? ¿Estás pidiendo conversión en esta Cuaresma? ¿Por qué estas lecturas hablan de la imagen de Dios providente? ¿Cómo vives la providencia de Dios aunque no pidas directamente? ¿Cómo vas siendo presencia, para los demás, de la providencia divina? ¿Si de Dios solo se espera cosa buena, qué se puede esperar de ti? ¿Tienes la misma actitud de Dios? ¿Has dado algo consciente del peligro para quien lo pidió? ¿Qué te están pidiendo, en este momento?
Señor, te digo como el salmista: “cuando te invoqué tú me escuchaste”. Te doy gracias, Señor, porque mis palabras no caen al vacío. Nada más hermoso que saberse escuchado por Alguien que ama hondamente. Yo también, Señor, quiero escucharte a ti. También quiero abrir mi corazón para que tú hagas tus peticiones. Yo, siendo persona pecadora, me dispongo a dar lo mejor de mí para que tu Reino sea posible. Señor, que pueda parecerme a ti. Y que las personas que me pidan, me busquen o toquen a mi puerta, puedan recibir de mi pobre persona la riqueza que he recibido de ti. Señor: tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
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