MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 18/3/25

Hoy, martes, semana 2ª de Cuaresma, se te sigue presentando la manera de cómo perfeccionar tu peregrinación interior hacia la Pascua. El evangelio de hoy te plantea la exigencia de integrar tus dichos y tus hechos.

Jesús comienza diciendo que “en la cátedra de Moisés se han sentado los letrados y los fariseos: hagan y cumplan lo que les digan; pero no hagan lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen”. En el planteamiento tenemos referencia de quienes han pretendido “enseñar”, “dirigir”, “orientar”, “conducir” al pueblo, como en antiguo lo había hecho Moisés. Sin embargo, dichas enseñanzas estaban débiles, sin resonancias, sin autoridad, porque la incoherencia, el distanciamiento entre la palabra y la vida, dejaba la cátedra hueca, sin peso, sin fundamento, sin poder de convicción.

El Señor, también a ti y a mí nos dice, que no hagamos planteamientos, en su nombre, si no estamos dispuestos a arrimar el hombro para llevar la cruz entre todos. Ante el servicio, la entrega, el sacrificio, no hay maestros ni maestras exonerados de gastarse, enlodarse y caminar para que el Reino sea visible. La primera enseñanza de quien orienta ha de ser el testimonio. En este sentido, el lenguaje no verbal, que acompaña a los guías, dice más que el poco tiempo de su intervención teórica. Las palabras sin raíz son arrastradas por el viento.

Cuando alguien cae en tentación de actuar por apariencia o para ser visto, llega a la contradicción. Porque el amor a Dios no se puede fingir, tampoco disimular. Si la virtud está salpicada de hipocresía, sencillamente, te cansas. Como consecuencia, serás una cosa cuando estás solo y otras cuando estás en público. La verdadera cátedra nace de quienes están consolidados de una sola pieza. Son lo mismo al revés y al derecho. Tanto al mediodía como a media noche, la actitud permanece. La mirada de Dios no tiene sorpresas contradictorias en la persona que busca, de corazón, agradarle.

Conforme a la cátedra de Jesús, la humildad es la tierra que sostiene al mensajero del evangelio. Su peregrinar integra un vaciamiento de sí. No necesita reconocimientos públicos para sentirse importante, porque su importancia se la ha dado Aquel que lo llamó a su servicio. En su libertad, su paz interior no la garantizan los puestos, sino el “tener puesto” su corazón en el corazón de Jesús. Tampoco hace exigencia de que le llamen de tal manera, porque lo decisivo es que Dios tiene su nombre tatuado y lo pronuncia con frecuencia. Que por tu cátedra, a criterios de Jesús, no seas visto como “jefe”, sino como servidor. La verdadera enseñanza es aquella que promueve el encuentro con Cristo, no con quien habla las cosas de Cristo.

En la primera lectura, el profeta Isaías te da la clave de cómo unir palabras y hechos. Comienza incentivando la “escucha de la Palabra”. Impresiona la fuente de discernimiento que tiene quien lee, escucha, medita y practica la Palabra; ella se convierte en brújula para obrar bien y con acierto. La Palabra educa y corrige. Es un centro de meditación y confrontación. Hace peregrinar tu alma hacia Cristo. Este trayecto de integración entre dos voluntades, hecha una sola en el Señor, puede identificarse como coherencia.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Cómo está la gracia de “la humildad” en tu vida? ¿Alguna vez te has sorprendido hablando de una cosa y haciendo otra? ¿Alguien te ha advertido de alguna incoherencia entre tus palabras y tus hechos? ¿Si tú te sorprendes con palabras que llevan a una dirección y con tus pies marchando hacia otro lugar, qué haces? ¿Has tenido la tentación de aparentar lo que no eres? ¿Qué esfuerzo implica vivir de la apariencia?

¿Por qué la mentira cansa, no se sostiene en el camino; por qué es arrastrada por el viento? ¿Tú sabías que cuando integras tus enseñanzas a tu propia vida te causa profundo consuelo y alivio? ¿Tú respetas las palabras que salen de tu boca, les das valor? ¿Por qué se dice que hay gente que tiene peso en sus palabras? ¿Y tus palabras, te pesan? ¿Te haces responsable de las cosas que enseñas y pronuncias?

Señor, como el salmista, quiero seguir tu buen camino y contemplar tu salvación. De nada me sirve tener tu Palabra en mi boca, si no ha calado en mi corazón. No te calles, Señor. En la oración hazme ver mis contradicciones. Que antes de que alguien me diga, pueda tener honestidad y enmendar mis faltas. Pero si es que me llega la observación externa primero, Señor, dame la humildad de no justificarme y enderezar mi camino. Santos y santas de Dios, rueguen por nosotros.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

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