MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 25/3/25

Hoy, martes, semana 3ª de Cuaresma, la Iglesia celebra la solemnidad de la Anunciación del Señor. Con toda razón podrías inquietarte y considerar que dicha liturgia evoca la Navidad. Pues no estás lejos de los fundamentos. Justamente faltan nueve meses del nacimiento de Jesús. Dentro de este contexto nos adentramos a la reflexión.

En la mitad del tiempo de Cuaresma, el profeta Isaías te recuerda que “la virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios está con nosotros”. Este pasaje es anuncio de una profecía. La profecía despierta tus sentidos, te dispone a abrir los ojos de la fe y la esperanza, para contemplar el misterio sucediendo en la historia. Lo que viene anunciándose desde antiguo, se hace realidad mediante la Virgen María.

La Anunciación en tiempo de Cuaresma te lleva a reflexionar en Dios encarnándose en la historia humana. Por tal motivo, ese Jesús, a quien verás en las semanas siguientes en los momentos más exigentes de su vida pública, sufriendo, perseguido, condenado, por asumir la misión del Reino, es el Hijo de Dios, hecho hombre. Los padecimientos de Jesús no fueron broma.

El Hijo de Dios, quien se encarnó en el seno de la Virgen María, nació y no se quedó niño. Creció en estatura, gracia y sabiduría. Sin hacer alarde de su condición, el crucificado es también un hombre de carne y hueso. El resucitado, a su vez, te recuerda el destino glorioso que le espera a quienes se mantienen unidos al Señor, en todos sus caminos.

Cuando el ángel Gabriel le anuncia a la Virgen María la encarnación del Hijo de Dios, ella, luego de haber comprendido la tarea divina, libremente toma postura y dice: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según su Palabra”. De igual manera, la Carta a los Hebreos, expresa los sentimientos de Jesús quien, encarnado en la historia, se dispone enteramente sosteniendo: “Aquí estoy yo para hacer tu voluntad”.

Jesús y la Virgen María fundamentan el sentido de que tú y yo estemos en esta historia, peregrinando en este valle de lágrimas. La vida no tendría sentido ni razón de ser, si no tienes en cuenta lo que Dios te pide y lo que Él desea de ti en este contexto. Al ejemplo de Jesús y María, hacer la voluntad de Dios cuesta, tiene un precio e implica sacrificio. Sin embargo, es un sufrimiento cargado de esperanza y de consuelo. Porque quien hace la voluntad de Dios no queda defraudado.

El Salmo 39 ilumina bien el tiempo litúrgico cuando dice, refiriéndose al Señor: “Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído…”. El verdadero sacrificio, el verdadero martirio comienza cuando tú abres el oído del corazón para escuchar los deseos de Dios. El sufrimiento inicia con la obediencia, con la negación de sí para abrirse al querer de Dios.

El orante, cargado de amor y respeto al Señor, le afirma que no ha cerrado sus labios. O sea, ha compartido lo que le fue comunicado. Los mensajes de Dios han quedado sembrados en su corazón. Tiene la voluntad de Dios tatuada en sus entrañas y por eso la mantiene vigente en su memoria, en su boca, en su obrar. Para que no te pierdas en el camino, el salmista te da la clave para ser fiel y perseverar hasta el final.

Preguntas que llevan al silencio: si con la encarnación de Jesús comienza una nueva historia, ¿cómo comenzó tu historia con Jesús? ¿Qué sentido tiene para ti la expresión: “Dios está con nosotros”? ¿Por qué la encarnación del Señor te abre las puertas para una profunda amistad con Él? ¿Sabías que el Señor te comprende más de lo que imaginas? ¿Tú has hecho oración contemplando la cruz, los dolores del Señor y los motivos de sus sufrimientos? ¿Por qué contemplar la cruz de Cristo es una escuela de humildad, mansedumbre y obediencia? ¿Tú sabes peregrinar, con todos tus pesares hasta la persona de Jesús? ¿Por qué la resurrección alimenta tu esperanza?

Señor: gracias por darme la vida; ¿pero de qué me serviría esta si camino al margen de tu voluntad? Tu encarnación, Señor, es escuela de santidad. En este misterio de amor descubro el sentido de mi vida. Estoy aquí porque me has soñado para un proyecto de amor. En mi fragilidad tu grandeza. Que como el ángel Gabriel vaya yo, con mi palabra y con mi vida, anunciando, Señor, que tú estás en medio de nosotros.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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