MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 17/4/25

Hoy, Jueves Santo, como se ha venido recordando, comienza el Triduo Pascual. En la Misa de la Cena del Señor, que se prolonga en el Monumento, se instituye la Eucaristía y, a su vez, el sacerdocio ministerial. Es inseparable la Eucaristía de la persona del sacerdote. Ilumino esta realidad con un hecho de vida. En cierta ocasión, un sacerdote pasaba por un sector, caminando. Una niña lo alcanzó a ver; al primer instante gritó: -“¡mamá, vámonos a misa, por ahí viene el padre!”. Lo sucedido no fue casualidad. El sacerdote, lo saben hasta los niños creyentes, es alguien que nos trae a Dios.

En la última Cena con sus discípulos, el Señor no se limitó al uso de la palabra. Con un gesto dejó manifiesto el profundo sentido del amor y la entrega; el lavatorio de los pies a los suyos. Aquí nos detenemos. Te invito a que entres en escena y que vivas el momento, la ocasión, justamente situada en el corazón del pasaje bíblico. El gesto de Jesús tiene distintas dimensiones, inseparables entre sí.

“Se levanta de la cena”. Pareciera que el Señor interrumpe la cena, pero realmente se introduce en el sentido profundo de esta. Con quien se comparte la mesa, se comparte la vida, el servicio, el camino. Jesús no tuvo pereza para darse. Contemplándolo a Él, puedes considerar si tú también tienes esa disposición de levantarte, de dejar la comodidad para atender a los demás en sus diferentes necesidades.

“Se quita el manto”. El Señor no hizo alarde de su condición. Se despojó. Este gesto, dentro del gesto mayor, provoca considerar si tú y yo también tenemos actitud espontánea de arrimar el hombro, arremangar las mangas, aliviar al otro con nuestra entrega. Con el ejemplo del Señor, la conciencia se ilumina. La luz interior también puede mostrarte las cosas que necesitan ser despojadas de la propia vida, para servir con mayor dignidad y entrega.

“Tomando una toalla se la ciñe”. El Señor, al amar, no bromea. Todos los ojos están fijos en Él. Iba en serio. Sustituyó, en ese momento, el manto por una toalla. El Señor y Maestro también es siervo. Su autoridad no se esfumó, sino que se reafirmó. Porque quien sirve con amor conserva su autoridad. Evoca examinar la propia actitud interior para tomar la toalla, la escoba, el estropajo, y dejar las cosas mejor que como fueron encontradas.

“Echa el agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla”. Este servicio, en aquel contexto, era correspondiente a los esclavos. Las personas llegaban a casa con los pies empolvados del camino. Lavarles los pies era darles consuelo, alivio, acogida, importancia y dignidad. El servicio con amor limpia no solo los pies, también el alma; evangeliza y desinstala. El servicio se contagia e introduce en el movimiento del amor a Dios y a los demás.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Tú sabías que, al Jesús celebrar la Pascua con sus discípulos evoca, en Antiguo Testamento, el paso del pueblo de Dios, de la esclavitud a la libertad? ¿Qué te parecen los sentimientos de Pedro quien tuvo vergüenza de que el Señor le lavara los pies? ¿Y qué piensas de ese argumento que le da el Maestro: “si no te lavo no tienes nada que ver conmigo”? ¿Qué significa para ti la conciencia de pertenecer al Señor? ¿Tú sabes quién eres y a quién le perteneces? ¿Tú, como Pedro, dejas la resistencia, te dejas lavar por el Señor los pies, las manos, la cabeza, y el alma?

¿Cómo está tu actitud de servicio? ¿Por dónde tú pasas las cosas quedan mejores? ¿Has caído en la tentación de la pereza? ¿Te estás levantando para servir con amor y prontitud? ¿Tú estás orando por la santidad de los sacerdotes? ¿Cómo respaldar a los sacerdotes para que perseveren en su entrega y fidelidad al Señor, a todo el pueblo de Dios? ¿Le vas a agradecer a tu párroco por su don sacerdotal? Y tú, sacerdote, dirás como el salmista: ¿Cómo le pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?

Señor: pregúntame en este Jueves Santo, si al contemplarte, he aprendido contigo y de ti. Tú demuestras el amor, Maestro, no solo lavando los pies, sino muriendo en una cruz para darnos vida en abundancia. Gracias porque no nos dejas solos ni sucios. En tu amor y en tu misericordia, nos lavas y nos sostienes limpios. Que podamos darle mantenimiento a lo que ya tú limpiaste. Que permanezcamos fieles a ti, amor y amigo eterno.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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