MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 24/4/25
(Hch 3,11-26; Sal 8; Lc 24,35-48).
LA PAZ DEL RESUCITADO
En estos días, ¡cuántos son los que desean la paz! La deseas tú, y la deseo yo; la necesita el mundo en guerra… Pues hoy, jueves, de la octava de pascua, el evangelio te muestra cómo acoger en tu vida el don de la paz. Vives en un contexto donde puedes confundir esta gracia con la simple calma, la tranquilidad exterior. Pero, la paz, la que solo Cristo puede dar es mucho más. No queda limitada a lo superficial o externo, sino que nace, como fuente, en lo más íntimo e interior de la persona. De modo que, hasta en la misma persecución tú puedes abrazar el don de la paz.
En el pasaje del día, los discípulos estaban reunidos, contando las experiencias con Jesús resucitado. Sin embargo, “el hablar de Jesús” no fue suficiente para tener paz. Se hizo necesario un paso más, que el Señor se hiciera presente, entrara en su casa, en sus corazones, y les entregase el regalo de la paz, su propia persona.
El miedo es contrario a la paz. Cuando llega Jesús, el miedo cede, le da paso a la confianza, a la firmeza. Los discípulos, en el relato, sintieron miedo, porque creyeron ver un fantasma. Pero el Señor les argumentó y fundamentó lo necesario para que, venciendo todas las dudas, abrazasen la paz.
Jesús resucitado invitó a que sus discípulos lo contemplaran y contemplándolo, con sus heridas, se adentrasen en el misterio profundo de la resurrección. Porque quien ha vencido la muerte, es capaz de garantizar la paz del alma. Dicha contemplación también incluía el tacto. El Señor se dejó tocar. Era necesario forjar convencimiento. Porque la fe no se alimenta con historias bonitas, sino con experiencias reales.
La comunidad, reunida en torno a Jesús, comenzó a experimentar “alegría”. Esta es señal, privilegiada, de que la paz de Cristo había llegado. La confianza en Él no ha sido defraudada. El Señor, en su divina manera de actuar, prosiguió invirtiendo en experiencia. Les pidió algo de comer. ¡Los muertos no comen! Con el detalle, demostró su nueva dimensión. Ellos le ofrecieron, no un pez entero, sino un trozo asado.
Alguien pudiera preguntarse, ¿y el resto del pez? El resto fue consumido por la comunidad. Todos, reunidos, compartieron el mismo pez. El “pez”, en la espiritualidad cristiana representa a Cristo; del cual todos se sustentan. Compartiendo el alimento verdadero, se garantizaban las condiciones para profundizar en la conversación y que esta sea comprendida. El Señor retomó la vida pasada, sus palabras, sus instrucciones. Hizo una relectura a la luz de la fe.
“Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras”. No hay genuina paz, hasta no poder leer a fondo; la fe busca entender. El Señor no escatimó esfuerzo, inversión, para que su comunidad se afiance y se convenza de que Él estaba vivo, y sigue vivo. Las apariciones del Resucitado forman testigos.
Estos testigos de Cristo resucitado, convencidos, se reflejan en Pedro y Juan, presentados en la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles. El fuego de la resurrección se manifiesta en obras. Los signos del Resucitado se traducen en liberación y consuelo para los demás. Un paralítico restablecido es señal de que la obra no se detuvo ni se detiene, sino que prosigue, asumida por cada bautizado, bautizada, que vive y actúa Nombre del Señor.
Entre las enseñanzas que nos ha transmitido el papa Francisco, nos dice que “la paz es artesanía”, porque también nosotros, desde la luz de Cristo, la vamos construyendo en nuestras casas, en la familia, entre vecinos, en los lugares de trabajo, en los barrios, etc. La paz, a su criterio, se construye con gestos de amor, de solidaridad y compromiso con la justicia. Para conseguir la paz, afirma, se necesita mucho más valor que para hacer la guerra.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Tienes paz en tu corazón? ¿Estás en comunión con el Señor, contigo, con los demás, con la naturaleza? ¿Alguna cosa te quita la paz? ¿Qué ha permitido que te roben la paz? ¿Cómo tú desenmascaras las falsas paces que el mundo te ofrece? ¿Cómo diferencias los estados de “paz” y de “calma”? ¿Qué te provoca la palabra “miedo”? ¿Por qué nace el miedo? ¿Por qué la experiencia con Jesús resucitado deja el miedo atrás? ¿Cómo alimentas la paz de tu espíritu? ¿Cómo vas, a la luz de Cristo, construyendo paz en tus circunstancias? ¿Qué significa “tocar a Cristo”, hoy, en la carne sufriente de la humanidad?
Señor: como dice el salmista, tú eres dueño nuestro, y esto me hace abrazar tu paz. Invierte en mi pobre persona, como lo hiciste con tus primeros discípulos. Que mi fe, en tu experiencia, siga robusteciéndose, porque este mundo necesita testigos de la esperanza. Tú eres la esperanza que no defrauda.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
Contenido publicado originalmente en los canales de las Parroquia De Los Santos Ángeles Custodios, PSAC, por la Pastoral Digital, bajo en link: http://www.parroquiaangelescustodios.org – Puede copiar esta información en su Blog citando siempre la la referencia a esta fuente consultada. Para compartir en sus redes sociales, utilice los botones compartir. Conozca términos legales – Pastoral Digital PSAC



