MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 25/4/25

Hoy, viernes de la semana de Pascua, es el primer viernes después del Viernes Santo. La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta, de manera especial, a Pedro y a Juan, predicando con valentía, enfrentando a las autoridades judías, quienes les confrontaban, perseguían, y sometían a prisión. Sin embargo, los creyentes iban creciendo. ¿Cómo se explica que esos hombres, que antes habían huido por miedo, ahora se muestran con fidelidad y firmeza al evangelio? Esto solo se explica por el Señor resucitado.

El evangelio del día, narra la tercera vez que el Señor se les apareció a sus discípulos. En el pasaje, el discípulo amado, ofrece pautas para que tú y yo podamos distinguir la presencia del Señor resucitado; y como él, podamos afirmar: ¡es el Señor!

En el texto, varios discípulos estaban pescando. Ya era el amanecer y las redes estaban vacías. La buena intención no fue suficiente. El Señor se les apareció, en medio del agua, con una pregunta fundamental: “¿tienen pescado?” Bendita pregunta que hoy, a ti y a mí, nos hace revisar las propias “redes”. ¿Qué hay en tus manos? ¿Dónde están los frutos de tus esfuerzos y tus fatigas? Es duro tener que decir, ya al amanecer de la vida, como esos discípulos, “no tengo nada”.

Cuando uno se descubre vacío, vacía, sin horizonte, sin intuición, cuando todos los caminos están cerrados, frustrados, cuando humanamente se están cerrando los capítulos; una voz sutil y compasiva motiva a volver a empezar: “echen la red a la derecha de la barca y encontrarán”. Una cosa es pescar cuando te apoyas en las propias destrezas, y otra, pescar orientado por la Palabra del Señor.

Cuando tú no sabes qué hacer, y se obtienen resultados extraordinarios, entonces es cuando debes decir, como el discípulo amado: -¡es el Señor! Así lo afirma el orante en el Salmo 117: “Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”. Es Él quien hace reventar las redes, llenas de peces, sin que se rompan. Porque en su Palabra está el misterio de la unidad, en la diversidad; el misterio de la comunión, de la capacidad de la Iglesia para albergar a todos sus hijos e hijas.

Para identificar a Jesús resucitado, no basta la memoria ni el recuerdo. No es suficiente aquello que se sabe o que se leyó sobre Él. Se necesita, como lo fundamenta el pasaje, mucho amor. Por eso, entre todos los discípulos, solo el que más amaba pudo reconocerlo y darlo a conocer. A Jesús lo mueve el amor y Él sabe, perfectamente, quien lo ama con sinceridad.

Cuando los discípulos identifican al Señor reaccionan. Pedro, por su parte, estando desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Hay movimiento del alma cuando llega el Señor. Benditos son sus detalles, su delicadeza. El Resucitado afana con leña para que sus amigos puedan almorzar. Compartir el almuerzo con Jesús es una escuela de silencio. Las palabras sobran. Su presencia basta.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Y tú tienes pescados? ¿Has estado afanando sin resultados, sin frutos? ¿Cómo están tus niveles de frustraciones? ¿Cómo te va sorprendiendo el amanecer de la existencia? ¿En este momento de tu vida, quién dirige tus pasos? ¿Te orientas a ti mismo? ¿Tienes en cuenta la Palabra del Señor para tomar y emprender decisiones? ¿Tú sabes escuchar la voz interior que busca orientarte? ¿Qué significa para ti pescar en lo seco? ¿Cómo está la lámpara de tu fe para identificar al Señor? ¿Te has quejado, alguna vez, de su ausencia?

Cuando el Señor habla, y dice lo contrario a tu pensamiento ¿tú cambias de dirección? ¿Eres una persona dócil o terca a las instrucciones del Señor? ¿Cómo está tu amor por Jesús? ¿Está vivo, encendido? ¿Tu amor por el Señor es como una vela vacilante, movida y sacudida por el viento? ¿Por qué es preciso amar al Señor para reconocerle? ¿En tu vida cotidiana, tú has podido decir, con alegría y sorpresa: ¡es el Señor!? ¿Al sentarte y compartir la mesa, tú sientes la presencia del Señor? ¿Se habla del Señor en tus comidas? ¿Por qué el compartir la mesa es un signo lleno de espiritualidad y esperanza? ¿La presencia de Jesús te pone en movimiento, te lleva al compromiso?

Señor: yo quiero amarte con sinceridad; enséñame a hacerlo. Que al experimentar tu amor pueda corresponderte. Perfecciona mi voluntad. No quisiera perder un solo signo de tu presencia. Que la claridad de tu luz alcancen mis pupilas. Y que yo pueda, Señor, en tu misericordia, anunciarte a mis hermanos y hermanas, diciéndoles: – es el Señor.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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