MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 27/4/25
(Hch 5,12-16; Sal 117; Ap 1,9-11ª. 12-13.17-19; Jn 20,19-31).
II DOMINGO DE PASCUA
DOMINGO DE LA MISERICORDIA
Es el II Domingo de Pascua, y se conmemora el día de la Divina Misericordia. La devoción a la Divina Misericordia remite a santa Faustina. En su diario espiritual comenta cómo el Señor se le mostró con una túnica blanca; una mano levantada para bendecir, y otra tocando su pecho. De su pecho salían dos grandes rayos, uno rojo y otro más pálido. El Señor dejó sentir su voluntad, de mandar a pintar dicha imagen, la cual debía firmar: “Jesús, en ti confío”.
Según la santa, el mismo Señor expresó que la fiesta de la divina misericordia debía ser el primer domingo, luego de la resurrección. Pues existe una estrecha relación entre el misterio pascual de redención y el misterio de la divina misericordia. San Juan Pablo II, al momento de canonizar a Faustina, en el año 2000, proclamó la fiesta que celebramos hoy.
El evangelio de este día nos muestra a Jesús resucitado entrando a donde estaban los discípulos encerrados, por miedo a los judíos. Su presencia les trajo la paz, la fuerza del Espíritu Santo. Y el que no estuvo ahí, se salvó por misericordia. Porque la misericordia es así, aunque estemos separados del Señor, y ausentes en la comunidad, como Tomás, Él siempre insiste y vuelve a buscarnos. Nos da una nueva oportunidad.
No olvidemos que la palabra misericordia en la Biblia está unida al sentido de “vientre”, “útero materno”, apuntando a las entrañas de Dios. Porque Dios, como una madre: acoge, alimenta y da nueva vida. La madre sigue inquieta mientras falta uno. No quiere que nadie se pierda.
El Señor sorprende a Tomás invitándole a meter su dedo en las manos de la misericordia; y a palpar el costado donde late la misericordia misma. Hay muchos “Tomás” y “Tomasinas” en la sociedad de hoy. La incredulidad se va filtrando y busca invadir todos los espacios. La hipercrítica ahoga la fe. Un corazón endurecido bloquea el acceso a la gracia que se derrama.
Sin embargo, la comunidad creyente, no se condiciona por la incredulidad circundante. Como apóstoles, que se anclan en Cristo resucitado, da testimonio de manera convencida y convincente. Mientras la sociedad bombardea un mundo sin Dios, los genuinos creyentes fomentan signos del Resucitado; a esto se refiere la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles.
Impresionan, a su vez, las palabras escuchadas por Juan en el Apocalipsis, provenientes de Jesús: “No temas, Yo soy el Primero y el Último, Yo soy el que vive. Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo”.
La fe en Cristo resucitado lleva a testimoniar. El testimonio provoca que otras personas quieran vivir la experiencia con el Señor. La misión del apóstol es propiciar que cada uno, ante el Señor, termine diciendo como Tomás: “Señor mío y Dios mío”. Como a Tomás, hoy nos dice el Señor: no sean incrédulos, sino creyentes.
Recuperando el legado de nuestro querido papa Francisco, citamos algunas de sus expresiones referentes a la misericordia: “Cuánto deseo que (…) nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia”; “¡Un corazón misericordioso está motivado para ir más allá de su zona de confort! Cuando el corazón está abierto y capaz de soñar, hay lugar para la misericordia; hay espacio para acariciar a los que sufren; hay espacio para acercarse a aquellos que no tienen paz en el corazón o que no tienen lo más necesario para vivir, o que no tienen lo más hermoso de todo: la fe… Repitamos juntos esta palabra: misericordia”.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Me dejo sorprender por la misericordia de Dios? ¿En qué cosas concretas has palpado la misericordia de Dios? El haber recibido la misericordia de Dios, ¿te ha hecho más misericordioso con los demás? ¿Cómo tú explicas que Jesús es el rostro de la misericordia? ¿Por qué María es Madre de la Misericordia? ¿De qué te serviría la vida si no te amparas en la misericordia? ¿Por qué la misericordia también camina con la justicia? ¿Cómo comprendes que la misericordia es gratis, pero no es barata?
Señor: como el salmista te damos gracias, porque es eterna tu misericordia. ¿Qué sería del mundo, Señor, sin tu misericordia? Que no seamos consumidores pasivos; que tu misericordia nos mueva a corresponder a tu infinito amor. Que seamos, en ti, Señor, misericordiosos como el Padre.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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