MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 30/4/25

Hoy, miércoles, segunda semana de Pascua, el evangelio según san Juan nos hace meditar que, ante Jesús muerto y resucitado puede haber dos posturas: creer o no creer en Él.

El pasaje del día comienza diciendo que: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tenga vida eterna”. Entonces, ¿qué significa creer en Jesús? Es acoger su persona y en Él, el misterio de amor del Padre. Un misterio que se hizo asequible. Se encarnó en esta historia humana, tomando rostro. Se desarrolló en gracia, estatura y sabiduría; padeció, murió y resucitó para nuestra salvación. Quien da lo único que tiene, revela la magnitud de su amor.

Jesús fue entregado por el Padre para garantizarnos la vida plena y eterna. Sin embargo, la fe es como ese cordón umbilical imprescindible para dicho proyecto de salvación; sin él, no se permanece unido a la fuente de vida. El problema se presenta cuando, la sociedad donde vivimos no está diseñada para alimentarnos la fe, que nos conduce a la vida eterna. Se nos va filtrando una corriente que forma para lo caduco. La dimensión trascendente de la existencia parece ser desconocida o ignorada. Con frecuencia, se rinde “homenaje al cuerpo”, cuando el alma permanece inmortal.

Dice el Catecismo: “Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre” (n.1022). San Juan de la Cruz se refiere a esto cuando dice: “Al atardecer te examinarán por el amor”. La persona cristiana, que une su propia muerte a la de Jesús, ve la muerte como una ida hacia Él y la entrada en la vida eterna (Catecismo 1020).

Para el evangelista Juan, el juicio consiste en esto: “que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas”. Llegará un momento, cuando uno se encuentre ante la verdad suprema, sin máscaras, sin armas, sin defensa, donde quedará evidente ante uno mismo el propio obrar y proceder. Se ha dicho que el purgatorio es como un decirse a sí, delante del Señor: – necesito ducharme, porque no tengo condición de entrar en la sala de los santos y las santas. El sufrimiento comienza cuando la persona no puede estar ante la presencia de Dios, deseándolo con todas las fuerzas.

El Catecismo define la vida eterna como: vivir para siempre con Dios en la felicidad del cielo al cual, las almas que mueren en estado de gracia y amistad con Dios, entran después de la muerte. Jesús llamó a todos a la vida eterna, que se anticipa ya ahora en la gracia de la unión con Él… “Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17,3; Cf. n.988). Con razón profesamos en nuestro credo: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”.

No cree en Jesús, aunque profese de labios, la persona que conscientemente opta por la tiniebla, amiga de la mentira, del ocultismo, etc. Los que no creen se manifiestan rechazando la luz, alejándose de esta, porque no quieren ser descubiertos. Es lo que sucede en la primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, muchos contrarios a Jesús, llenos de envidia, intentaron detener a sus amigos; pero la Palabra resucitada no se encadena, no se aprisiona. Sin saber cómo, salió de los barrotes de la incredulidad y prosiguió encendiendo fe en los corazones.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Acoges en tu vida, a Jesús, el Don de Dios para ti? ¿Cómo correspondes al amor que Dios te ha demostrado?¿Estás viviendo en perspectiva de vida eterna? ¿Con qué estás alimentando tu alma? ¿Le das importancia a lo espiritual? ¿Cuáles son tus aspiraciones más profundas? ¿Tú tienes deseos de cielo, de santidad?

¿Tú sabías que los deseos se educan? ¿Cómo está tu fe en Jesús resucitado? ¿Cómo se nota o se manifiesta tu fe? ¿Por qué los ojos, acostumbrados a la oscuridad, les molesta la luz? ¿Tú te sientes a gusto en la luz? ¿Tus pensamientos, lo que te habita dentro, puede ser divulgado en público? ¿Por qué la Palabra de vida no puede ser encarcelada? ¿Has experimentado a los ángeles del Señor abriendo las puertas que encierran en la incredulidad? Santos y santas de Dios, rueguen por nosotros.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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