MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 18/5/25

El evangelio de este domingo presenta a Jesús en sus palabras de despedida. Se despide de sus discípulos, pero les recuerda la herencia. Una herencia viva, real, y eterna. Se trata del amor. No un amor en teoría, sino demostrado. Los suyos han sido amados por Él. ¿Cómo amaría alguien que no ha sido amado?

El Señor orienta a sus discípulos: “Les doy un mandamiento nuevo, que se amen unos a otros; como yo los he amado, ámense también entre ustedes”. El signo de que Jesús ha resucitado en una comunidad cristiana se refleja en este aspecto fundamental. Los letreros, los cantos de resurrección, las ilustraciones, las predicaciones, no tendrían valor si no está presente el respeto, el perdón, la solidaridad, la comprensión, el acompañamiento, y todo lo que refleja caridad en las relaciones interpersonales entre los hermanos y hermanas. Porque Iglesia eres tú y soy yo; somos nosotros, en camino, en convivencia, en misión, en celebración.

San Agustín se pregunta, a propósito de este evangelio: “¿Pero acaso este mandamiento no se encontraba ya en la ley antigua, en la que estaba escrito: Amarás a tu prójimo como a ti mismo? ¿Por qué lo llama entonces nuevo el Señor, si está tan claro que era antiguo? ¿No será que es nuevo porque nos viste del hombre nuevo después de despojarnos del antiguo? Porque no es cualquier amor el que renueva al que oye, o mejor al que obedece, sino aquel a cuyo propósito añadió el Señor, para distinguirlo del amor puramente carnal: como yo os he amado”.

El amor de Jesús ha ido al extremo, hasta el punto de dar la vida por los amigos. Es ahí donde el Señor desea llevarnos, a la disponibilidad total por el bien de los demás. Una comunidad cristiana ha resucitado, cuando está dispuesta a sacrificarse por cada uno de sus miembros. Si el hermano, la hermana, está bien, también lo estará la misión. Garantizando la salud integral de la persona, se garantiza también la integridad del evangelio.

Solo el presupuesto del amor puede hacer comprensible la misión de Pablo y Bernabé, como lo presenta el libro de los Hechos de los Apóstoles en la primera lectura de hoy. El amor encendido, de Cristo resucitado, en sus corazones, les lleva a ser Iglesia en salida, Iglesia misionera. Porque el amor verdadero ensancha, no solo el corazón, sino la tienda y la mesa. No se encierra en sí, sino que busca las ovejas que no están presentes en el rebaño.

El relato apostólico nos enseña que el amor también exige orden, estructura y organización. Si lo primero que hicieron fue anunciar a los gentiles la Buena Noticia para despertar la fe; prosiguieron acompañando con estímulos, palabras de exhortación para los iniciados en el seguimiento.

Como el mismo Jesús, los apóstoles también recurrieron al importante verbo “perseverar”. El seguimiento también integra sufrimiento y cruz. Pero sin desistir del premio, la meta, que es entrar en el Reino. Para hacer efectiva la solidez y la perseverancia, los apóstoles, apoyados en el Espíritu Santo, que suscita carismas, dones y ministerios, asignaron presbíteros, responsables de custodiar la fe de las comunidades. En unidad y comunión oraban, ayunaban, y daban gloria a Dios por los frutos pastorales.

¡La organización es signo de Cristo resucitado! Con razón anuncia el Apocalipsis la visión de Juan: “vi un cielo nuevo y una tierra nueva”. Porque su presencia, en una comunidad creyente, todo lo hace nuevo.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Tú estás hablando de amor o demostrando el amor? ¿Qué lugar ocupa la caridad en tu comunidad cristiana? ¿Tu comunidad, con la fuerza de Cristo resucitado, anuncia, fomenta la fe, persevera, organiza, glorifica a Dios? ¿Qué signos de novedad, de amor, ha traído la presencia de Cristo resucitado? ¿En qué se nota que el Señor ha resucitado en tu corazón? ¿Tu sonrisa sale del alma? ¿Te estaría faltando algo para que tu sonrisa, permanezca y sea sincera? ¿Por el servicio que realizas, los demás pueden identificar la presencia de Dios? ¿Tu vida refleja que Dios está cerca? ¿Tú has sabido llevar consuelo al triste, esperanza al que anda sin sentido? ¿Estás abierto a la novedad de Cristo? ¿Estás dispuesto a colaborar para un nuevo orden en tu comunidad, en tu familia, en tu corazón, a la luz del Resucitado?

Señor, como el salmista, solo me queda decir: bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi rey… Que todas tus criaturas te den gracias; que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas… Tu reinado es perpetuo.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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