MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 25/5/25

En el corazón del evangelio de este VI Domingo de Pascua, o sea, en el centro de las palabras que Jesús dirige a sus discípulos mientras se despide, está la promesa del Espíritu Santo. A Él se refiere cuando dice: “el Defensor que enviará el Padre en mi nombre”. Desde el comienzo del pasaje se van dejando los criterios para quien pretenda recibirlo. Sabiendo que quien lo recibe, acoge, al mismo tiempo, a la Santísima Trinidad.

El criterio del amor es fundamental. “El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él”. Jesús da a conocer el diseño de la casa interior, requerida por la Santísima Trinidad, para habitarla. El referente principal que ha de tener esa morada es el amor. El amor es la base, las columnas, el techo, la ventilación y el adorno del hogar trinitario. Todos los rincones, espacios, compartimentos, y el aposento central de la vivienda, han de estar impregnados, a su vez, por la Palabra. Conservar la Palabra es vivirla, practicarla. Este clima atrae la presencia del Espíritu Santo de una manera más plena.

Este domingo pascual llama, con fuerza, a limpiar la casa interior, acondicionarla para la visita, o más que visita, para los nuevos moradores que han de residir en ella. Para tales propósitos, el Espíritu Santo es el Defensor, es quien guía, orienta, sale a nuestra defensa, invierte en nosotros a fin de que el Padre y el Hijo permanezcan para siempre, y no quieran mudarse. La Tercera Persona de la Santísima Trinidad, invierte todo a fin de que reunamos las condiciones y nos transformemos en santuarios vivientes. Si te conviertes en anfitrión de tan dignos huéspedes, pasas a ser un templo vivo, portador de santidad y justicia.

Jesús dice a sus discípulos: “el Espíritu Santo será quien se lo enseñe todo y les vaya recordando todo lo que les he dicho”. Con razón, también se le llama al Espíritu “Maestro interior”. Es quien auxilia, hace conservar la memoria, enciende la llama de la fe. Su tarea es traer claridad a la mente oscura para captar la hondura y la veracidad de las enseñanzas del Señor. Sin el Espíritu Santo no se retiene lo importante, y mucho menos, llegaría a asimilarse. Queda evidente nuestra incapacidad para sumergirnos en las profundidades trascendentes, sin ese divino auxilio.

El fruto por excelencia del Espíritu Santo es la paz. De ahí la consideración de Jesús: “La paz les dejo, mi paz les doy”. Quien permite a la Santísima Trinidad habitar dentro de sí, se torna persona de paz y portadora de paz. Esto no significa ausencia de conflictos, problemas, persecuciones. Por eso, advierte Jesús a sus amigos: “que no tiemble su corazón ni se acobarde”. En otras palabras, les dice, “no pierdan la paz; manténganse en mi amor”.

La presencia y el papel del Espíritu Santo también quedan manifiestos en la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles. Él, desde los orígenes, ha ido conduciendo la Iglesia de Cristo, para que esta no se aparte de la voluntad de Dios. Por eso, ante la controversia presentada, entre los no judíos convertidos al cristianismo, los apóstoles se expresan: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponerles más cargas que las indispensables…”. Y es que la gente que se deja conducir por el Espíritu Santo no complica la vida a los demás por terquedad o capricho.

Cuando tú y yo nos dejamos habitar por la Santísima Trinidad, hacemos de nuestro cuerpo, de nuestro corazón, una ciudad santa. Como esa nueva Jerusalén presentada en la segunda lectura del Apocalipsis. Ella, ciudad escogida, ilumina en medio de los pueblos. Protegida con murallas, ventilada con puertas, y sostenida con cimientos. Cuando tú vives en el Señor y el Señor en ti, también te custodia la gracia, te distingue la apertura, la acogida a los demás, y sabes en quién has puesto tu confianza.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Cómo está tu casa interior? ¿Le das mantenimiento? ¿Ella está preparada para acoger el Don que Jesús te quiere regalar? ¿Cuáles cosas hay que retirar de tu casa? ¿El Señor, en ella, se siente a gusto, descansa, se alegra? ¿Tú has estado en un lugar donde deseas marcharte? ¿Consideras tu casa un lugar de acogida, donde los demás se alegran al visitar? Cuando te buscan ¿estás en tu casa o andas por casas ajenas? ¿Qué opinión tiene el Espíritu Santo sobre tu manera de acoger? ¿Qué dice Él sobre tu casa? ¿El Espíritu Santo la recomienda? ¿Qué le estás ofreciendo allí? ¿Las reformas que Él quiere realizar se pueden hacer? ¿Por qué al Espíritu Santo le gusta la casa limpia, ventilada, fresca, con olor a santidad? ¿Los hermanos y las hermanas de la comunidad, recomiendan tu casa? ¿Qué encuentran los demás cuando entran en ella? ¿Qué llevas tú cuando visitas otras casas?

Espíritu Santo, ayúdame a ser presencia de amor, un amor solidario, que hable de la compasión trinitaria por la humanidad. Que pueda ser luz en comunidad cristiana. Porque el testimonio, oh Santísima Trinidad, hará que los pueblos crean en ti, y como dice el salmista, que todos, en unidad, te alaben, y canten de alegría, porque tu justicia llene la tierra.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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