MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 04/6/25
(Hch 20,28-38; Sal 67; Jn 17,11b-19)
Miércoles VII de Pascua
DESPEDIRSE: Y PERMANECER UNIDOS EN EL ESPÍRITU.
Hoy, miércoles de la última semana de Pascua, luego del acontecimiento de la Ascensión del Señor, las lecturas nos presentan dos despedidas. La despedida de Pablo, en Éfeso, y la de Jesús, con sus discípulos. El apóstol permaneció en dicha ciudad alrededor de tres años. Jesús, a su vez, en su vida y en su misión públicas abarcó como tres años. Un tiempo donde se echaron raíces y se forjaron vínculos fuertes en torno a Jesús, el evangelio, y la ardua tarea de forjar el Reino de Dios.
Nunca ha sido fácil despedirse de los seres queridos, tampoco de una misión apasionada, luego de haber compartido vivencias, y la existencia misma. Hay quien ha caído en la tentación de no amar mucho para no sufrir al decir adiós. No es el caso de los pasajes del día.
Pablo, con el corazón apretado, como una madre orientando a sus hijos, les dijo a los presbíteros de la comunidad en Éfeso, de donde se marchaba: – “Tengan cuidado de ustedes y del rebaño que el Espíritu Santo les ha encargado guardar”. O sea, les exhortó, primeramente, que cuiden sus vidas, de la fe, para simultáneamente tener condiciones de cuidar a los demás. Les dejó como herencia, la cultura del cuidado, saludable, en favor de la misión. Les advirtió, al mismo tiempo, que en su ausencia podían entrar lobos feroces y dañar el rebaño.
El apóstol hizo memoria de cómo él mismo aconsejó, con lágrimas en los ojos, a cada uno. Les dio un acompañamiento personalizado. Al marcharse, debían practicar las enseñanzas recibidas. Hay palabras de vida que se siembran en el corazón; cuando se marcha quien las dijo, se actualiza la presencia, porque las palabras siguen guiando. Pablo les enseñó con la palabra y con el ejemplo; la mejor manera de formar. Les dejó el legado de trabajar con las propias manos para ganar el sustento, y ser generosos con los más necesitados.
La última escena del pasaje es conmovedora. Todos se arrodillaron, Pablo rezó. Se echaron a llorar. Benditas lágrimas de fuego, en torno al Espíritu Santo que les unía. Les entristecía no volver a verlo. Lo abrazaron y lo besaron. Pero, el Espíritu Santo les sostuvo en un solo corazón y una sola alma.
Jesús, modelo para Pablo, también rezó por sus amigos, al marcharse. Se dirigió al Padre suplicándole por ellos. Dijo su oración: “guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros”. ¡Cuánto amor hay en esta expresión! Ahora, el Espíritu Santo es quien auxiliará, con su presencia, para mantener el vínculo, la comunión, el amor entre ellos y la Santísima Trinidad.
Tú y yo, algún día, estaremos ante el Señor, así como Él estuvo ante el Padre, haciendo balance. Él pudo decirle: “ninguno de los que me diste se perdió, sino el hijo de la perdición”. Considera si lo que ha sido confiado a tus manos, se va perdiendo o se va fortaleciendo, con la gracia de Dios y tu dedicación continua.
Jesús dejó a sus discípulos una valiosa herencia, con varias dimensiones integradas entre sí: la Palabra, para que les sirviera de faro en medio del mundo; la experiencia de haberles amado hasta el extremo, para protegerlos del odio amenazante; la gracia protectora contra el mal; y la consagración a la verdad, sello imborrable impregnado por el Espíritu Santo.
Preguntas que llevan al silencio: Dime ¿cómo están tus apegos? ¿Tú sabes despedirte? ¿Sabes decir adiós cuando te llega la hora? Si el Espíritu Santo te impulsa a otra misión ¿tú obedeces? ¿Tú sabes descubrir la belleza de Dios en todos los espacios, en todos los lugares, en todas las personas? ¿Al marcharte, qué dejas sembrado en los corazones? ¿La gente, cuando te vas, llora de nostalgia o de alegría? ¿Tú te diste de corazón? ¿Te podrán recordar porque hiciste algo bueno?
¿Cómo te comprometes a sostener, con tu oración, con tu apoyo, la comunidad que dejas? ¿Tú te desentenderías de la comunidad, de la familia, cuando ya no estés allí? ¿Si el Señor te llama, a la vida consagrada, al sacerdocio, tú no tienes fuerzas suficientes para despedirte de la familia, del mundo, de los bienes materiales? ¿Tú sabías que quien no sabe decir adiós, cuando Jesús llama, es porque le ama poco? ¿Tienes la conciencia tranquila, porque has dado lo mejor de ti en tus responsabilidades? ¿Si el Señor te pidiera balance, hoy, estás en condición de darlo? ¿Tú sabías que quien cree en la Persona del Espíritu Santo no teme marcharse de ningún lugar; porque Él le acompaña, y une, en amor, con todas las personas? Santos y santas de Dios, rueguen por nosotros.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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