MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 05/6/25
(Hch 22,30; 23,6-11;Sal 15; Jn 17,20-26)
Jueves VII de Pascua
UNIDOS EN UN MISMO ESPÍRITU
Hoy, jueves que precede a Pentecostés, la Iglesia hace memoria obligatoria de san Bonifacio, obispo y mártir. Vivió en el siglo VII. Benedictino. Apóstol en Alemania. Fue un evangelizador y predicador incansable por muchos lugares de Europa. Fundó varios monasterios y obispados. Murió mártir en el año 754, a los 81 años de edad, en la actual Holanda.
La memoria de los mártires remite a la obra del Espíritu Santo. El mismo Espíritu que sostuvo a san Bonifacio, fue quien condujo la vida y la misión de san Pablo. La primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, lo presenta en una situación difícil: confrontado por el Sanedrín, el organismo de mayor autoridad en la época, el cual estaba dividido entre fariseos y saduceos.
Lo que Pablo vivió en el momento, nos recuerda la profecía anunciada por el mismo Jesús: “Cuando los entreguen a los tribunales, no se preocupen de cómo van a hablar o qué van a decir, ya que en aquel momento Dios les indicará lo que deban decir, porque no serán ustedes quienes hablen, sino el Espíritu de su Padre quien hablará por ustedes” (Mt 10,19).
Y así sucedió, el Espíritu formuló las palabras precisas y el apóstol afirmó: “Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo, y me juzgan porque espero la resurrección de los muertos”. Es fácil hablar cuando quienes escuchan tienen una misma línea de pensamiento. No fue el caso de Pablo. La asamblea estaba dividida y se armó una discusión. Pablo pudo salir vivo, sembrando la semilla de la fe. El Señor le confirmó su postura al revelar estas palabras: “¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio a favor mío en Jerusalén tienes que darlo en Roma”.
Sabiendo Jesús la realidad que les esperaba a sus amigos en el mundo; las persecuciones y los desprecios que iban a enfrentar, oró por ellos antes de marcharse al Padre. Sabiendo que era un “marcharse”, sin olvidar la promesa anunciada: “Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). El evangelista Juan, sigue presentando, en este sentido, el discurso de despedida.
Orando al Padre por sus discípulos, Jesús se dirigió a Él con las siguientes expresiones: “Padre santo”, “Padre justo”. Le expuso su deseo más profundo: “Padre, que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria…”. Solo que, no hay gloria sin cruz, sin sacrificio, sin sufrimiento, sin martirio. En esta conciencia, el Señor pide, no solo por los que están ahí reunidos, históricamente con Él, sino por todos aquellos, incluidos tú y yo, que hoy creemos en el Señor, gracias a la predicación apostólica.
La única vía para contemplar la gloria de Cristo, sabiendo que si se contempla es porque ya se vive en ella, es permanecer unidos al Señor siempre. De ahí su oración: “que todos sean uno”, como el Padre y el Hijo lo son, sostenidos por el Espíritu Santo. El amor y la unidad convencen. El anuncio, la predicación, la evangelización son creíbles, en el mundo, con el testimonio de la comunión.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Tú expresas los valores de tu fe, tu identidad católica, en todos los lugares? ¿Estás orgulloso de ser católico, católica? ¿Tú sabes dialogar con personas contrarias a tu fe? ¿Tú sabes mantener tu identidad creyente clara, sin confusiones, sin dejarte seducir? ¿Sabes fundamentar la fe que estás profesando, te estás formando para estar más firme?
¿Cómo estás viviendo el deseo de Jesús: “que sean uno”? ¿Tú eres una persona que provoca unidad o división en la comunidad? ¿Cuáles son las actitudes propias de una persona que genera división interna en la familia, en la comunidad cristiana? ¿Cuáles son los signos de unidad que se tornan esperanza comunitaria? ¿Por qué Jesús desea compartir con sus discípulos, su gloria, el amor del Padre? ¿Te gusta compartir con los demás tu experiencia con el Señor? ¿Tú favoreces que otras personas tengan su experiencia personal con el Señor? ¿Tú sabías que si cada uno tiene su experiencia, hay mayor base para la experiencia comunitaria?
Oremos con salmista cuando dice: “protégeme, Dios mío, que me refugio en ti”. Sí, que el Señor nos proteja de la división, del aislamiento, de la rivalidad. Que no tengamos, entre nosotros, actitudes de desintegrar aquello que el Señor ha querido mantener unido. Como el orante, entonces, dejemos que el Espíritu de Dios nos aconseje, nos instruya internamente, y corrija, enderece, cualquier pensamiento, palabra, u obrar torcido, que nos pueda apartar de su voluntad. Digamos de corazón: “tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré.”
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
Contenido publicado originalmente en los canales de las Parroquia De Los Santos Ángeles Custodios, PSAC, por la Pastoral Digital, bajo en link: http://www.parroquiaangelescustodios.org – Puede copiar esta información en su Blog citando siempre la la referencia a esta fuente consultada. Para compartir en sus redes sociales, utilice los botones compartir. Conozca términos legales – Pastoral Digital PSAC




