MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 06/6/25
(Hch 25,13-21; Sal 102; Jn 21,15-19)
Viernes VII de Pascua
SEÑOR, QUE PUEDA AMARTE MÁS.
Hoy, último viernes del tiempo pascual, las lecturas nos presentan un contraste: por un lado, unos que creen que Jesús está muerto, y lo tratan como “un difunto”; por otro, los apóstoles que lo experimentan vivo, resucitado.
En el evangelio, nos queda claro que ningún “difunto”, come, conversa, instruye, ni pide demostraciones de amor, como lo hace Jesús con Pedro. Por tres veces lo interroga sobre el amor a su persona. La primera vez, la pregunta es comparativa: “¿Simón, hijo de Juan, me amas más que estos?”, o sea, más que los otros discípulos.
Pedro se limita a responder: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. No pudo ser de otra manera, si nos ponemos en su lugar. No sabía el nivel de amor que tendrían sus compañeros por Jesús. En todo caso, la intención de la pregunta pudo ser provocar en el discípulo la conciencia del mucho amor que debía tener por el Maestro. Un amor capaz de cargar con aquellos que cargó Jesús, y así darle continuidad a la tarea. A la primera respuesta de Pedro, viene la primera exigencia del Señor: “Apacienta mis corderos”. El amor no es discurso ni teoría, el amor se demuestra. Hay corderos, dispersos, perdidos, por falta de amor.
La pregunta a Pedro, una sola vez, no fue suficiente para Jesús. A cada cuestión, se clarificaba más la conciencia. Había que borrar el pasado amargo de la triple negación; cicatrizar las heridas dejadas por la infidelidad. Cuando tú repites una afirmación, se afianza dentro, hasta tocar el fondo del convencimiento. El Señor buscaba arrancar de Pedro una declaración que lo sostuviera en los momentos más oscuros, tristes, difíciles, de su vida creyente. Por eso, se comprende la segunda interrogante: “¿Simón, hijo de Juan, me amas?”. Nuevamente, la respuesta: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”.
El método de Jesús es sabio, la reacción de Pedro es modelo para ti y para mí. A la pregunta que el Señor nos sigue haciendo, hoy, a cada uno de nosotros, solo nos queda, como el discípulo interpelado, abrir el corazón, mostrarlo, exponerlo, dejarlo a la intemperie; que el mismo Señor, contemple el amor. Un amor que no está oculto para Jesús, sino para nosotros mismos. En medio de las correrías cotidianas necesitamos escarbar el amor, reafirmarnos en Él.
Lo mismo pasó en el relato. Era necesario, para Jesús, que Pedro buceara en el mar de la fe, y que encontrara allí, el pez del amor, el ancla del alma, la vida plena. El Señor, en su exigencia, es como si dijera: “Si me quieres, demuéstramelo”. Y la manera de hacerlo era pastoreando a sus ovejas; las del Señor. ¡Cuánto amor del Señor por sus ovejas! No las quiso dejar en manos de alguien sin condiciones de amar y cuidar.
Cuando Jesús pregunta por tercera vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?”. Pedro se puso triste. Se apoyó en la sinceridad de su corazón y argumentó: “Señor, tú lo conoces todo, tú sabes que te quiero”. Sí; el Señor lo conocía todo. Pero Pedro no. Era necesario que el discípulo supiera lo que implica la declaración de amor al Señor. Además de volverle a reiterar el mandato: “Apacienta mis ovejas”, el Señor le hizo saber las consecuencias de un amor así. Implicaba ir, no donde él quisiera, sino donde lo llevasen. El martirio no se busca como fin, sino que se asume por convencimiento nacido del amor.
En la lectura de los Hechos de los Apóstoles tenemos el ejemplo de un amor puesto a prueba, en la persona de Pablo. En estos días, lo veíamos, en pasajes anteriores, liderando. Ahora, el texto muestra a Festo, el gobernador romano, planteando al rey Agripa su caso; iniciando con la expresión: “Tengo aquí un preso”. Lo que el mundo tuvo por un “preso”, desde la fe, era el hombre más libre que pudiera existir. Porque el corazón del apóstol es, en libertad, esclavo de Cristo. Tuvieron preso su cuerpo, pero no su fe ni su convencimiento.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Cómo tú podrías considerar el amor que sientes por Jesús? ¿Qué tanto piensas en Él? ¿Hablas con Él y de Él? ¿Qué tanto buscas conocerle? ¿Qué tanto te interesas por las cosas que a Él le interesan? ¿Tú buscas a Jesús para beneficios puntuales? ¿Tú buscas a Jesús porque solo Él tiene palabras de vida eterna? Cuando tus labios declaran amar a Jesús ¿se calienta tu corazón? ¿Tu corazón ardiendo por Jesús se manifiesta en obras, en compromiso por el Reino? ¿Las palabras que le expresas tienen pureza de intención? Cuando Jesús te mira ¿Cómo descubre tu corazón? ¿Qué tú haces con las encomiendas que el Señor te hace? ¿El Señor se puede fiar de ti? ¿Estás cuidando responsablemente de lo que Él te ha confiado? ¿Qué tal si tú y yo hacemos caligrafía con la expresión: “Señor, que pueda amarte más”? Santos y santas de Dios, rueguen por nosotros.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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