MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 12/6/25

Hoy, el primer jueves, posterior a Pentecostés, algunos países celebran la fiesta de “Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote”. Todo comienza en el Antiguo Testamento. El sacerdocio en aquella época no integra el mismo sentido sacerdotal atribuido a Jesús. Presentamos unos resumidos puntos sobre el origen y los rasgos del sacerdocio en el antiguo pueblo de la Biblia:

El sacerdocio israelita surgió cuando Israel se formó Pueblo de Dios (Ex 6,7). Melquisedec, sacerdote y rey, prefigura el sacerdocio de Cristo (Gn 14,18-20). Figuras como Aarón y Mosiés, definen al sacerdote como “mediador” entre Dios y su pueblo (Ex 32,30-35). La tribu de Leví fue escogida para servir al pueblo de Dios en dimensión sacerdotal (Nm 3,5-7). Los sacerdotes no eran escogidos por vocación; era una función heredada, especialmente para el culto (Nm 3,4). Ofrecían sacrificios de animales por los pecados del pueblo y los propios (Lv 4,3). Se les exigía conservar la pureza, apartándose de las personas, previo a oficiar el culto (Lv 25). Eran los encargados de discernir la voluntad de Dios para el pueblo (Ex 18,15).

Los sacerdotes eran responsables de custodiar la Ley y enseñarla (Lv 10,10-11; Neh 8). El santuario era el lugar exclusivo para el encuentro con Dios (Sal 136,4). Con los años, la identidad del sacerdocio se fue debilitando, corrompiendo, desviándose de sus principios (Os 4,4-11; Jr 2,26; Sof 3,4). Profetas como Jeremías y Ezequiel, que eran sacerdotes, trataron de reformar dicha institución mediante la ley de la santidad (Ez 44,15-31; Lv 21; 10). Se esperaba en Dios, la realización del sacerdocio perfecto (Zac 3; 6,12; Jr 33,17-22). La figura del sumo sacerdote, en Antiguo Testamento, evoca que cada año, este tenía que realizar una purificación más exigente (Lv 16,3).

En el Nuevo Testamento, el propio Jesús no utilizó el término “sacerdote” para referirse a sí mismo. Jesús no pertenecía a ninguna familia sacerdotal. Pero, durante su misión histórica, sí ejerció funciones sacerdotales, superando las limitaciones presentadas por los antiguos; de tal manera que puede decirse que con Él se inaugura una nueva dimensión sacerdotal, una Nueva Alianza.

La Carta a los Hebreos permite describir rasgos auténticos de Jesús como Sumo y Eterno Sacerdote: “Tiene acceso directo a Dios, como su Hijo único”, “se encarna”, “conoce la debilidad humana, menos el pecado; puede compadecerse”, “se solidariza con los hombres y las mujeres para redimirlos”, “es, al mismo tiempo, sacerdote, víctima y altar”, “su sangre purifica la conciencia, transforma el interior”, “finaliza la separación entre el culto y la vida”, “ofreció un solo sacrificio, sin mancha, para siempre, desde la obediencia y el sufrimiento”.

“La ofrenda de Cristo ha sido perfecta”, “trajo el perdón, no la ofrenda por los pecados”, “es cercano; no separado de los pecadores”, “fomenta la santidad, la unidad con Él”, “la casa de Dios es el ser humano en Cristo Jesús, templo vivo”, “es el santuario edificado en tres días: pasión y resurrección”, “purifica el corazón con su Palabra”, “con su sacrificio, abrió las puertas del cielo, el camino de la salvación”, “es para siempre, sacerdote y rey”, “está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta para hacer justicia”, “desea misericordia y no sacrificios vacíos”.

El evangelio, nos fundamenta que Jesucristo es el centro de nuestra vida cristiana. Él deseó ardientemente quedarse con nosotros, una vez entregado su cuerpo y derramada su sangre en la cruz. Así lo anunció la noche en que, entre sus discípulos, instituyó la Eucaristía. Las santas palabras de Jesús: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes…”, “Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes”, la revivimos hoy en cada celebración eucarística. Lo hacemos en honor a Él, en su memoria, en su presencia, en su corazón palpitante en nuestras vidas. En Él somos, todos y todas, eucaristías vivientes.

La identidad de Jesús, como Sacerdote, se convierte en modelo para todos nosotros y nosotras, que, por el Bautismo, somos pueblo sacerdotal. Y de manera especial, lo es para el sacerdocio peculiar de los ministros ordenados. Tanto el profeta Isaías como el Salmo escogido, nos dan lineamientos prácticos para vivir nuestro sacerdocio en unidad con Jesús, en configuración con Él: “siendo siervos, siervas de Dios”, “que se embellecen por las cicatrices de la entrega y la fidelidad”, “que se trituran por cargar, en Cristo, el sufrimiento de la gente”, “y contemplan la prosperidad del Reino que Dios tiene prometido”. Nos basta decir, a sinceridad, y como el orante, “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.

El papa León XIV ha pronunciado un mensaje que nos ilumina en este contexto: “El mundo necesita de sacerdotes santos, no de gerentes. La formación debe buscar la santidad, no solo que sean competentes” (Mensaje en Facebook).

Preguntas que llevan al silencio, para los sacerdotes de hoy: Sacerdote, ¿quién eres y a quién le perteneces? ¿Por qué eres sacerdote? ¿Por qué el sacerdocio es un don y una tarea? ¿Cuáles trampas del mundo actual amenazan tu identidad? ¿Cómo reavivar cotidianamente el don que hay en ti? ¿Cómo entendemos el consejo de Benedicto XVI a los sacerdotes: “Cuida el orden y el orden te cuidará”? ¿Qué quiso decir el papa Francisco cuando dijo: “No es la ropa que te hace sacerdote, sino la caridad del corazón”? ¿Por qué dijo el santo Cura de Ars: “Si el sacerdote supiera quién es moriría”? ¿Cómo acoges el amor predilecto que la Virgen María da a sus sacerdotes? ¿Tú sabías que somos muchos, muchas, que todos los días rezamos por tu santidad? ¡Gracias, sacerdote, por traernos a Jesús en cada Eucaristía!

Señor: manda a tu Iglesia nuevas vocaciones sacerdotales y religiosas. En este año jubilar, Señor, deseamos escuchar al pueblo joven decir: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Y a los que, a pesar de nuestras flaquezas, hemos dicho que sí, danos la gracia expandir el buen perfume de Cristo. Que el aroma de nuestro testimonio despierte nuevos, y nuevas, labradores para tu mies abundante. Santos sacerdotes, rueguen por nosotros.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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