MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 17/6/25

En este martes, semana 11º del Tiempo Ordinario, Jesús sigue instruyendo a sus discípulos: “Han oído que se dijo: -Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo-. Yo, en cambio, les digo: -Amen a sus enemigos, y recen por los que les persiguen”. Con Jesús, la antigua ley llega a su plenitud y, al mismo tiempo, es superada. De esta manera, el Señor nos invita hoy, a que nos superemos a nosotros mismos.

Se trata de peregrinar de las propias actitudes, sentimientos y criterios, hasta el mismo corazón de Jesús. Y, a partir de ahí, elevados en Él, asumir su postura. No es sencillo lo que el Señor nos pide. Pero Él, que lo pide, da la gracia. La santidad, la perfección en la que el Señor quiere nuestras vidas, no se logra sin sacrificio, sin templanza interior. Exige “voluntad de acero”, doblegar los impulsos, ignorar los sentimientos negativos, dejarlos secar, y purgarse en el amor. Lo que se nos manda, en un primer momento, hay que practicarlo, hasta que, con el tiempo, nazca, por gracia, lo que en su génesis supuso esfuerzo.

“Amar a los enemigos”, “a los que son contrarios”, implica una visión amplia, desde los ojos de Dios. Porque humanamente hablando, uno se fija solo en el punto de oposición, de conflicto, donde se identifica la división y la causa de rivalidad. Sin embargo, desde una dimensión trascendente, puedes considerar las mayores cosas comunes, con quien piensas que es opuesto a ti. Es necesario, pedir la mirada de Dios, su corazón, para tener un estómago espiritual consistente y compasivo. Se trata de amar, no con las propias fuerzas, sino con las de Aquel que nos pide amar como ama Él.

“Recen por los que les persiguen”. En cierta ocasión me vino una luz para comprender esta enseñanza. Fue en el momento en que testimonié a una persona haciendo maldad a otra. Era algo tan mezquino, y consideré que solo podía ser influenciado por el maligno. Y ahí empecé a orar por esa persona para que fuese liberada. Porque quien tiene a Dios, no persigue para lastimar, sino que acompaña amorosamente. La oración tiene fuerza suficiente para ablandar los corazones endurecidos.

La tarea exigente que Jesús nos deja en su evangelio, es porque quiere que, como sus hermanos menores, nos parezcamos a Él, quien hace feliz a su Padre. Si nos dijeran: -¿quién quiere ser parecido a Dios, en su bondad?- Seguro que muchos y muchas levantaremos las manos. El evangelio del día nos dice cuáles son los rasgos que distingue la verdadera familia de Jesús.

Mira el modo de proceder divino mediante la imagen del sol. Cada día, Dios lo hace salir sobre malos y buenos. Sus rayos no clasifican a las personas, no las separan, no las distinguen, no las evalúan; sencillamente las calientan, le ofrecen su luz. Pocos son los que agradecen cada día, este don gratuito de amor. De igual manera, la lluvia cae, enviada por el Señor, empapa la tierra, los corazones; no escoge terrenos aislados para regar, desciende y se dona con generosidad. Hoy el Señor nos dice: sean como el sol, y sean como lluvia, que obedecen los deseos del Padre, lo reflejan y lo hacen presente en toda la creación.

El Señor nos desafía, por nuestra fe, a marcar la diferencia desde el amor. A esto se refiere el testimonio que da San Pablo sobre la Iglesia de Macedonia. “Porque, en las pruebas y en las desgracias creció su alegría; y en su pobreza extrema se desbordó en derroche de generosidad”. No hizo lo mismo que otras comunidades en su realidad. Marcó la diferencia y, por tal, pasó a la historia como ejemplo de santidad.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Cómo están tus actitudes con personas que te son contrarias o que piensan diferente? ¿Cómo, lo que vas guardando en ti, influye en tus actitudes? ¿Eres capaz de observar y educar tus sentimientos para orientar tu conducta? ¿Tú has tenido la experiencia de perseguir a alguien, de seguirle los pasos? ¿Te diste cuenta el tiempo que se pierde, el daño que se hace, andando por “casas ajenas”? ¿Tú dejas que la luz del Señor ilumine tu corazón y deshaga cualquier sentimiento negativo que se esté formando dentro de ti? ¿Tú quieres que Dios esté feliz con tu proceder? ¿Qué escoges para ti: permanecer en el orgullo o en la santidad?

¿Qué opinión deseas que los santos tengan de ti? ¿Si vas al cielo, quieres que los demás santos y santas te identifiquen, porque ya desde la tierra has sido amigo, amiga, de ellos? Observando tu día a día, ¿Qué cosas estás haciendo de extraordinario? ¿Qué sueles hacer de bueno, que la mayoría de las personas no suelen hacer? ¿Por qué Jesús no dice: “Sean perfectos, como yo soy perfecto; sino, como mi Padre es perfecto”? Santos y santas de Dios, rueguen por nosotros. Y en comunión, intercedamos por la paz del mundo.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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