MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 22/6/25

Este XII Domingo del Tiempo Ordinario, el evangelio nos hace bucear en nuestro interior. Jesús realiza dos preguntas a sus discípulos. Un detalle importante de la narrativa, es que las hace desde un ambiente de oración. Desde la oración nacen las preguntas, y en dicho clima orante han de ser respondidas. Que estas interpelaciones también hagan eco en ti y en mí.

La primera interrogante: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. El Señor provoca una relectura en sus discípulos, desde fuera hacia dentro. ¿Qué dice la gente? La gente dice muchas cosas sobre Jesús; consideran, deducen… pero no llegan a la verdad. De lejos se confunden las cosas. La gente opina a ver si pega algo. Miran a Jesús y lo confunden: será Juan, Elías, un profeta… dicen mucho, y dicen nada. Sin embargo, la verdad sobre Él no la tienen los demás, sino el mismo Dios y a quienes Él lo revela.

También sobre tu propia vida, las personas opinan, sugieren, intentan conducirte por dónde entienden que debes ir… Pero mira el error que se comente, cuando sigues consejos de gente que no sabe quién eres, ni lo que Dios busca de ti.

En el pasaje, el Señor dio un paso más en su diálogo con los discípulos y les preguntó: “Ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. El Maestro de los maestros, hizo que sus discípulos busquen sus propias respuestas. No se hace intimidad con Jesús en base a dichos ajenos. Es preciso sumergirse en Él. Esto se llama “experiencia”. Quien no experimenta a Jesús en el trato cotidiano no tendría nada qué decir. Tú podrías ir haciendo ese camino, como los discípulos, uniéndote a Él cotidianamente, en el Evangelio, en la Eucaristía, en la comunidad cristiana, etc. Fue a partir de la revelación del Espíritu Santo, y su propia experiencia que Pedro respondió: “Tú eres el Mesías”.

La declaración de Pedro, no obstante, todavía estaba imperfecta. Por eso, el Señor les prohibió decirlo. En el contexto, la gente esperaba un mesías guerrero, involucrado en rebeliones sociales. Esta no era la misión de Jesús. Por tal motivo, no era prudente, en ese momento, anunciar su verdadera identidad para los de fuera. Incluso, para los más íntimos, hacía falta madurar la fe para asimilar que Cristo, el ungido de Dios, tenía que padecer. Un mesías con cruz era novedad para quienes solo esperaban gloria sin sufrimiento. En la primera lectura, el profeta Zacarías, está la profecía de la pasión de Cristo, traspasado para nuestra salvación.

El pasaje del evangelio concluye con este planteamiento de Jesús: “el que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará”. La cuestión está expuesta para ti y para mí. Los discípulos, en el texto, silenciaron. Porque la respuesta, la decisión, es particular. El Señor no disminuye las exigencias de ser discípulo suyo, para tener más seguidores. Por eso dice, radicalmente, “el que quiera seguirme…”.

En la segunda lectura, Pablo nos recuerda que saber quién es Jesús, a quien seguimos, implica saber quiénes somos nosotros. A partir del Bautismo, somos otros cristos. Nos hemos revestido de su gracia. Ya no somos gente sin rumbo, sin identidad, que baila conforme la música. En Cristo, nos unimos. Las diferencias divisorias caen; los lazos que unen, fortalecen en la diversidad.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Tú eres lo que los demás dicen sobre ti? ¿Eres lo que tú piensas de ti? ¿Eres lo que Dios te dice sobre ti? ¿Por qué es necesario el silencio de la oración para fortalecer tu identidad? ¿A dónde te llevarían los vientos de la vida sin saber quién eres, a quién le perteneces, qué vocación te ha dado Dios? ¿Por qué las respuestas verdaderas se logran dentro de casa, la casa interior? A esta altura del camino, ¿quién es Jesús para ti? ¿Dónde te basas para hablar sobre la identidad del Señor? ¿Tú hablas de Jesús porque lo leíste, porque te contaron o porque lo encontraste? ¿Tú madrugas, como dice el Salmo, para hablar con el Señor? ¿Tu alma tiene sed de Él? ¿A qué comparas tus deseos de estar unido a Jesús? ¿Tú sabías que la misericordia del Señor vale más que la vida; porque de qué serviría la vida si no contamos con su misericordia? ¿Tú sueñas con saciarte de su gracia, para que tus labios le alaben jubilosos?

Señor: aunque haya poca fe en la tierra, une en tu amor, todas estas “llamitas de fe”. Haz, con todas, una fe grande y robusta. Ven, Señor, en auxilio de esta humanidad, ven a rescatarla de su ignorancia. No queremos guerra ni divisiones. Queremos, Señor, en ti, gastar la vida por tu Reino. Que nuestra alma esté unida a ti, y que tu diestra nos sostenga, por siempre.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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