MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 23/6/25
(Gn 12,1-9; Sal 32; Mt 7,1-5)
Lunes XII del Tiempo Ordinario
SAL DE TUS ESQUEMAS: DE TU PEQUEÑA MANERA DE PENSAR.
Hoy, lunes, semana 12º del Tiempo Ordinario, en la primera lectura, tomada del Génesis, se nos comienza a presentar la historia de los patriarcas. El punto de partida es la llamada de Dios a Abrán: “Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré”. Hagamos tú y yo un recorrido espiritual con esta frase. El Señor, en su infinita misericordia, se ha fijado en ti. Quizás puedes estar estancado, en tu pequeña parcela, en tu diminuto mundo, en tus propios encierros, en tus actitudes y manera de ser. Posiblemente, la visión no te alcanza más allá, tu imaginario es pobre y limitado.
El Señor, que te conoce, te ama; sabe el potencial que ha invertido en ti, quiere estimularte, animarte, a que comiences a peregrinar, y que descubras la vida con ojos nuevos, los ojos del Señor. La narrativa advierte, es Él quien sugiere el nuevo rumbo y la dirección. Lo dice claro: “hacia la tierra que te mostraré”. Asegura: “haré de ti un gran pueblo”, “un gran hombre”, “una gran mujer”. Tú decides si quedarte o no con los puñitos apretados, apegado a lo tuyo. Tú decides si sueltas y vuelas libre, si te abrazas a la fe, y comienzas a caminar. Lo que Él promete hacer contigo, tú mismo no lo sabes. El Señor no muestra sus planes de un golpe, los manifiesta gradual y prudentemente.
Sin obediencia no hay bendición. La bendición que da el Señor es comunitaria. Abrán no salió solo. Fue con su esposa Saray, su sobrino Lot, sus colaboradores y hasta su ganado. Muchas cosas quedaron atrás. Así, en la vida, cuando tú decides partir, no necesariamente de tu espacio geográfico, sino de tu manera de pensar, de ser, de actuar, las cosas innecesarias se echan al olvido. Otras, las importantes, las que están relacionadas con la vida, van contigo. No vaciles en hacer funeral a lo caduco. Sal libre, con lo más valioso, la promesa de Dios, hecha brújula en el corazón.
En el evangelio del día, situado en el Sermón del Monte, el Señor te muestra la tierra prometida. Él es esa tierra. Él es el destino, la meta. En esa tierra hay criterios de convivencia. Por eso, dice a sus discípulos: “No juzguen y no les juzgarán; porque les van a juzgar como juzguen ustedes, y la medida que usen, la usarán con ustedes”.
Para entrar al “terreno” del Señor, a su propuesta de vida, hay que desaprender los antiguos modos, desintoxicarse. En este mundo donde bombardean correrías, cansancios, decepciones, puede caerse en canalizar todos esos sentimientos negativos, criticando destructivamente a los demás. Como si juzgar al otro, principalmente al ausente, libera tensión. No se da cuenta, quien cae en dicho vicio, que se hunde en su propio error. Al Señor decir “sal de tu tierra”, es diferente a decir: – “échate tierra”. Juzgar es una manera de enterrarse a sí mismo.
El evangelio también te invita a entrar dentro de tu parcela interior, la del corazón. Puede que hallan piedras que recoger, palos sueltos, desechos no degradables que precisan ser retirados. Este viaje al interior es el mejor antídoto contra la hipocresía denunciada por Jesús. Porque, a su criterio, no es posible retirar una pajita del ojo ajeno, sin detenerse antes a sacar la del propio ojo. En el camino espiritual nadie se aburre. El ejercicio propuesto por Jesús es constante; tenemos ocasión de practicarlo en la convivencia cotidiana.
Preguntas que llevan al silencio: ¿tú escuchas la voz de Dios que te dice: sal de tu tierra? ¿De qué “tierra” debes partir? ¿Será a “tierra” de la comodidad, la “tierra” de la vanidad, la “tierra” de lo superficial? ¿Qué ruta te muestra el Señor? ¿Qué debes dejar al salir? ¿Cuáles personas, cosas, llevarías contigo y por qué? ¿Cómo está tu fe para mantenerte en el camino? ¿Qué quiere hacer de ti el Señor? ¿Dónde descubres la bendición de Dios cada día?
¿Tienes tendencia a juzgar a los demás? ¿De dónde nace esta tendencia? ¿Cómo desenmascaras su origen? ¿Cómo puedes sustituir dicha tendencia? ¿Sabías que renunciar a este mal hábito implica integrar ahí un valor? ¿Qué valor pudiera sustituir el vicio de juzgar a los demás? ¿Tú pudieras identificar de qué cosas quisiera que el Señor tenga misericordia de ti? ¿Y si para que tengan misericordia de ti, tú debes tener misericordia con los demás? ¿Qué harías tú por ti mismo? ¿Tú sabías que la hipocresía se sana con sinceridad y caridad? ¿Tú sabías que cuando andas por casas ajenas la tuya se llena de telarañas?
Señor, como el salmista, sentimos la dicha de que nos hayas escogido como humanidad. Míranos desde el cielo, desde tu misericordia; líbranos, Señor, de la guerra y del terror, de nuestra humanidad resentida. No quites tu mirada, Dios de amor, de los que sufren persecuciones. Guárdanos, como a la niña de tus ojos; reanímanos en tiempos de hambruna de paz y justicia. Tú eres nuestro auxilio, y junto a los santos y a las santas, esperamos en ti. Que seamos peregrinos y peregrinas, sin temor de dejar nuestro propio terreno para ir a la tierra prometida por ti.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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