MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 25/6/25
(Gn 15,1-12.17-18;Sal 104; Mt 7,15-20)
Miércoles XII del Tiempo Ordinario
POR SUS FRUTOS LOS CONOCERÁN
Este miércoles, semana 12ª del Tiempo Ordinario, Jesús ofrece criterios a sus discípulos para saber discernir y distinguir a un verdadero de un falso profeta. No es sencillo diferenciarlos. Los falsos se acercan con piel de ovejas; disfrazando así la agresividad y la intención del lobo que llevan dentro. Por tal motivo, Jesús ofrece el principio fundamental para encontrar la verdad de todo profeta; incluso, para encontrar la verdad en el propio corazón. El Señor afirma: “Por sus frutos los conocerán”.
“Los árboles sanos dan frutos buenos; los árboles dañados dan frutos malos”. Para profundizar y comprender esta imagen del árbol, de la que nos habla Jesús, nos auxiliamos de las enseñanzas de la Doctora de la Iglesia, santa Catalina de Siena. En su doctrina, describe las características del “árbol que da frutos de vida”, que sería el árbol sano. Desarrolla, a su vez, las características del “árbol que da frutos de muerte”, el árbol dañado.
Considera la santa que un árbol, para que dé frutos de vida, debe hallarse plantado en la tierra de la humildad. Recuerda que todo árbol se alimenta de la tierra. La tierra del árbol sano es la del amor; donde está, como injerto, unido a Cristo. No puede vivir sin Él, y lo sabe. La médula que sostiene a dicho árbol es la paciencia. Echa flores, a su tiempo, perfumadas; son las virtudes, con muchos y variados colores. Las flores se convierten en frutos de gracia, de provecho para los demás, siempre que quisieran aprovecharlos. Dichos frutos se hallan sazonados con la discreción. El Señor, inclusive, se sirve de los frutos que dan gloria y alabanza a su Nombre.
Contrariamente, para Catalina, el árbol que da frutos de muerte, el dañado, tiene sus raíces en la tierra del engreimiento, de la soberbia. Es cuando la persona está cegada por el amor propio, egoísta. Los frutos de este árbol son mortales, porque su jugo sale de la raíz del orgullo. Son, a su vez, frutos variados, como diversos son los pecados. Sus flores, los pensamientos del corazón, están podridas; las hojas manchadas, las ramas inclinadas hacia la tierra, sacudidas por todos los vientos. Mal plantado el árbol, sus frutos, sus obras, están emponzoñadas, se echan a perder, con raíz corrompida. Dichos frutos no llevan a la vida eterna, porque no fueron producidos en gracia.
¿Y dónde está la esperanza en esta doctrina de Catalina de Siena? Se encuentra justamente, en que siendo el ser humano un árbol mortífero; Cristo lo ha transformado en árbol de vida; injertándose en el ser humano. Se pregunta la Doctora: “¿De dónde sacas, ¡oh árbol!, esos frutos de vida, siendo por ti mismo estéril y estando muerto?”; se responde: “Del árbol de la vida; de modo que, si no estuvieses injertado en él, ningún fruto podrías producir por ti mismo, porque eres nada”.
El evangelio del día termina considerando que “el árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego”. No fuimos soñados ni plantados en esta tierra bendita para ser “árboles” que ocupen espacio, invadan terreno, sin provecho alguno.
La primera lectura, nos da elementos para que tú y yo, como Abrán, nos dejemos trasplantar por el Señor en la tierra prometida. Él nos llama a salir de nuestra estéril tierrita. Nos enseña a mirar más lejos, hacia lo trascendente. Él nos abre el sendero hacia la tierra verdadera, fértil, la tierra de su misericordia. Solo ahí podríamos garantizar, en alianza con Él, los frutos de vida y de gloria.
Preguntas que llevan al silencio: observa el terreno de tu corazón, ¿cómo lo consideras: fértil, rocoso, árido..? ¿Pueden verse tus frutos? ¿Qué nombres tienen? ¿La gente tiene acceso a tus frutos; lo valoran, lo consumen? ¿Hay algún gusano que, como plaga, quiere estropearlo, podrirlo? ¿Cómo prevenir las plagas a tus frutos? ¿Cuál es la raíz que sostiene tu árbol? ¿Tú estás plantado en el valle de la humildad? ¿Cómo comprueba alguien estar sostenido, sostenida, por la humildad? ¿Cuáles son los reflejos de un árbol plantado en la montaña del orgullo? ¿Cómo allanar la montaña del orgullo para no echar a perder los frutos?
¿Las flores de tu árbol qué olor transmiten: sencillez, paz, amor? ¿Hay hojas, en tu árbol, con hedor a vanidad, a desobediencia, soberbia? ¿Qué te parece esta enseñanza de Catalina: “para que las obras sean perfectas es preciso hacerlas en estado de gracia”? ¿Tú te habías conformado con hacer el bien a los demás, pero sin convertir tu corazón? ¿Tú sabes que el Señor te quiere sano, bueno, completamente, no por la mitad? ¿Sabías que si se sana el corazón se sanan los frutos?
Señor: que tu infinita misericordia me trasplante en el valle de la humildad. Allí, Señor, como dice la madre Catalina, quisiera conocerme; y conocerte a ti. Ningún fruto de vida podría ofrecer mi pobre árbol si no está, como injerto, unido a tu presencia santa. Que las ramas, las hojas, los frutos de mi pobre árbol reflejen la raíz que las alimenta. Quiero tener, Señor, los frutos que me permitas dar, disponibles. Que todo el que tenga hambre venga y coma. Que también haya frutos, Señor, que no sean ni para los demás ni para mí; aquellos que te correspondan, los que te honren, te reconozcan, te den gloria y alabanza, por siempre.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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