MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 26/6/25
(Gn 16,1-12.15-16;Sal 105; Mt 7,21-29)
Jueves XII del Tiempo Ordinario
PARA ENTRAR AL CIELO
El evangelio de este día, jueves, semana 12ª del Tiempo Ordinario, sintetiza y cierra el Sermón del Monte. Jesús culmina estas enseñanzas hablándoles a los discípulos sobre los criterios para entrar en el Reino de los Cielos. Imagina el escenario; muchas personas escuchando, atentas, queriendo comprender aquellas sabias palabras… Algo así como nosotros, aquí, sumergidos en el pasaje del día, deseando alimentarnos del manjar cotidiano que el Señor nos ofrece. Una multitud escucha o lee diariamente la Palabra. Son menos quienes deciden dar el paso de hacer vida aquello que, en un primer momento resulta dulce al paladar; pero que también es amargo, porque para vivirlo implica sacrificio y sufrimiento.
“No todo el que me dice: -Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos”. Jesús nos dice que el paso, al cielo, no es fácil. El cielo pudiera ser comparado con el estado perfecto de la presencia de Dios, de su gracia y de su infinita misericordia. Allí no se llega con la vestimenta del capricho. Para entrar, no bastan las palabras, tampoco las informaciones, los conocimientos, los sentimientos, las gestiones… Incluso, para entrar al Cielo, el Señor pide más que la realización de obras a favor de los demás.
Hay obras que pudieran realizarse como excusa para escapar de un compromiso más relevante, y no por compasión. Imagina que el Señor te pide algo que no deseas hacer, y para aliviar la conciencia, caes en la tentación de sustituir la tarea asignada por otra más sencilla, a tu criterio. En este caso, te podrías estar engañando. Porque estás sirviendo como tú quieres y no como Él lo pide.
El Señor deja claro que entrará en el Reino de los Cielos quien haga la voluntad de Dios. Es aquí que tú y yo, con esta verdad revelada, hemos de hacer la peregrinación perfecta; aquella que parte del “yo quiero”, y se dirige al: “Señor, lo que quieras tú”. Esto implica despojarse del manto del propio gusto para vestirse con el traje del deseo divino.
Conforme al pasaje, se vislumbra el aprieto de quienes, “en el encuentro decisivo con el Señor”, y a manera de defensa, echan en cara servicios prestados, ante el impacto de llegar a la puerta, y no ser reconocidos. Desconocieron que la intimidad con el Señor solo se alcanza haciendo su voluntad. Meditemos el ejemplo de santa Catalina de Siena cuando dijo: “Señor mío, hace ya mucho tiempo que renuncié a mi voluntad y decidí seguir la tuya, por lo cual no me corresponde elegir cosa alguna”.
El evangelio te expone, hoy, el camino que hicieron los santos y las santas para entrar al cielo: ellos y ellas edificaron sobre roca. En este sentido, para Catalina, el Señor nos dio “la roca y fortaleza de su voluntad; por compañera, nos dio la debilidad de nuestra carne. Pero su voluntad es tan fuerte, que ni el demonio ni criatura alguna la pueden vencer”. Tú construyes tu casa sobre roca cuando te ejercitas haciendo la voluntad de Dios; para esto hay que desearla, buscarla, conocerla, vivirla.
La imagen de la roca, como escenario de edificación, evoca esfuerzo y sacrificio. Pero es mejor asumirlo, y quedar en paz al momento de la tormenta. Contrariamente, lo más cómodo, asegura dolor de cabeza. Una casa edificada sobre arena, sobre la propia voluntad, el propio deseo, solo le espera desmoronarse, sin base, sin raíces, sin cimiento divino.
En la primera lectura, tomada del Génesis, tenemos la figura de Abrám y Saray, su esposa. Mostraron, en un primer momento, poca paciencia. El Señor les había prometido descendencia y, al no verla, recurrieron a Hagar, una de sus servidoras, para tenerla. Sin embargo, la historia demuestra que quien cree en Dios, no queda defraudado ni en vergüenza. De hecho, ni la misma sierva quedó al margen de la misericordia de Dios. También en ella Él puso su mirada y su protección.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Y tú, dónde quieres entrar? ¿Cuál es la puerta más importante para ti? ¿Dónde están centrados tus deseos? ¿Tú tienes esperanza de cielo? ¿Tú estás uniendo tus deseos de cielo con el sacrificio del día a día, aquel necesario para entrar allí? ¿Vas haciendo de tu cotidianidad un signo de cielo? ¿Dónde están las personas que van haciendo este camino contigo; las vas acompañando, las dejas detrás? ¿Por qué nadie puede ser feliz al margen de la voluntad de Dios para su vida? ¿Has experimentado sentirte vacío, sin horizonte? ¿Tú sabías que el sin sentido de la vida está unido al desconocimiento de la voluntad de Dios? ¿Tú pudieras entrevistar como a cinco personas de autoridad espiritual y preguntarles: ¿cómo descubro la voluntad de Dios en mi vida? ¿Tú sabías que hacer la voluntad de Dios es un camino sin pérdida hacia la santidad? Santos y santas de Dios rueguen por nosotros. En comunión, oramos por la paz del mundo.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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