MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 11/8/25

Hoy, lunes, semana 19ª del Tiempo Ordinario, la Iglesia hace memoria de Santa Clara. Nació en Asís, en el año 1193. De familia pudiente, ya de jovencita, optó por un estilo de vida moderado para no hacer alarde de su condición. Dio un paso más con el testimonio de San Francisco.

A los 18 años, y contrariando a su familia, que deseaba casarla, Clara huyó de toda seguridad y comodidades. Fue al encuentro de Francisco en Porciúncula, una pequeña capilla. Allí, de rodillas, le prometió obediencia. Él, tomó unas tijeras, cortó su cabellera. Se vistió con una túnica. Le fue colocado un sencillo velo. Con los frailes, la llevaron a un monasterio de monjas benedictinas, por un tiempo breve. Cuando sus familiares fueron por ella, se abrazó al altar. El mantel se rasgó por la violencia. Clara se retiró el velo. Les dijo: “Por amor a mi Cristo, he renunciado totalmente a todo amor por lo material y por lo mundano”. Se convencieron, y desistieron.

Otras mujeres, seducidas por el ejemplo de Clara, se le fueron sumando, incluyendo su propia madre, hermana, sobrinas, amigas y otras. Se instalaron en la Iglesia de San Damián. Así nació la Orden de las Damas Pobres o Segunda Orden de San Francisco, también conocidas como clarisas; hoy extendidas por todo el mundo.

En ocasiones, se presenta la imagen de Clara, como dependiente de Francisco, a su sombra, sin autonomía de pensamiento. Todo lo contrario. Tenía una personalidad definida. Era libre en el Señor. Incansable adoradora de la Eucaristía.

Clara fue de las pocas mujeres escritoras hasta el siglo XIII; y la primera en escribir una regla de vida monástica. No contenía normas rigurosas, sino que apostaba por la conciencia personal. Tuvo fuerte oposición eclesial, en el contexto, por su propuesta sobre la pobreza: no tener propiedades; no recibir donaciones de fuera ni ingresos fijos; vivir de pequeñas labores y cultivos; alimentación básica, ayunos y penitencias; no usar medias ni calzados; dormir en literas sencillas; silencio absoluto para evitar la dispersión; las puertas del monasterio se abrían para acudir caritativamente a pobres y a enfermos.

Ese riguroso estilo de vida no era conocido entre mujeres. Las clarisas buscaban ser vírgenes pobres, para Cristo pobre. Tenían un ardiente deseo de observar el evangelio. Por la pobreza ganaban la rica libertad para ser esposas de Cristo. Clara duró 14 años en trato con Francisco. Ella estará al frente de la obra por 41 años. Sin deseos de ser la priora, las otras monjas ahí la mantuvieron; siendo madre espiritual, sin dejar de lavar, cocinar, y trabajar como una más.

Entre sus frases se destaca: “No hay nada tan grande como el corazón del hombre. Allí, en su intimidad, vive Dios”. Estando muy enferma expresó: “Desde que me dediqué a pensar y a meditar la pasión y la muerte de nuestro Señor Jesucristo, ya los dolores y los sufrimientos no me desaniman, sino que me consuelan”. Sus últimas palabras fueron: “Señor, tú que me has creado, bendito seas”.

Clara murió en el año 1253. Fue canonizada, dos años después, por el papa Alejandro IV. La pobreza fue valorizada, por primera vez, como virtud para la canonización. La pobreza histórica logró la dignidad de privilegio para el camino de santidad. Es declarada patrona de la Televisión, debido a que, estando postrada en cama, con deseos ardientes de ir a la Eucaristía, pudo ver dicha celebración, desde las paredes de su celda, como si fuera una pantalla.

Las lecturas del día nos dan sabios consejos para alcanzar la santidad. El Deuteronomio nos dice a ti y a mí, que el secreto consiste en amar a Dios con todo el corazón, con todo el ser; y seguir sus caminos. El Salmo nos recuerda que Él nos da a conocer sus mandatos. No está oculta a nuestra conciencia la voluntad de Dios. En el evangelio, el Señor nos permite meditar, que la santidad se vive dentro de una sociedad, de una dinámica civil, que hemos de respetar y saber ubicar en su lugar correspondiente. Por eso, Él y sus discípulos, cumplían las normas jurídicas y pagaban los impuestos.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Por qué, el apego a las cosas materiales se torna obstáculo para caminar en santidad? ¿Tú sueles quejarte si te falta algún confort? ¿Tú sabes vivir en paz, desapropiado, en la escasez y en la abundancia? ¿Te endeudas sin necesidad? ¿Dónde está el origen de tus deudas? ¿Te empeñas mucho en asegurar tu futuro? ¿De qué estás más pendiente, de los intereses bancarios o de los intereses de Dios? ¿Tú has vivido vacaciones inolvidables, de esas que todos los meses tienen que pagarse? ¿Has hecho revisión de closet; sobre ropas y zapatos que están ahí, hace tiempo, para cuando rebajes? ¿Te vas con dinero a la tienda sin saber lo que vas a comprar? ¿Por qué, cuando la persona es fiel a Dios, y a su servicio, nada le falta? ¿Tú has conocido a alguien que le avergüenza sacar en público un celular común y corriente?¿Por qué, cuanto más libre es la persona, más fuerza tiene para hacer la voluntad de Dios? ¿Por qué la santa pobreza y la alegría son hermanas y amigas? Santos y santas de Dios, rueguen por nosotros.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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