MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 15/8/25
((Ap 11,19ª; 12,1.3-6.10ab;ICor 15,20-27a; Sal 44; Lc 1,39-56)
Viernes XX del Tiempo Ordinario.
LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA
Hoy, viernes, semana 19ª del Tiempo Ordinario, celebramos la solemnidad de la Asunción de la Virgen María, precedida por la fiesta de la transfiguración del Señor, el pasado 6 de agosto. La solemnidad de este día fue fijada el 15 de agosto en el siglo V, con el sentido de “Nacimiento al cielo” o “Dormición de Nuestra Señora”. En el año 1950 el papa Pío XII proclamó la verdad de fe: “María fue asunta al cielo en cuerpo y alma”. Comentó que los santos padres y los doctores de la Iglesia, ya hablaban del hecho como algo conocido y aceptado por los fieles.
Esta solemnidad, conforme a la tradición de la Iglesia, conmemora, no solo que el cuerpo, sin vida, de la Virgen María, se mantuvo incorrupto, sino su triunfo sobre la muerte y su glorificación en el cielo, a imitación de su Hijo. La Liturgia de las Horas, la celebración eucarística, nos hace orar, con este acontecimiento. Recita, por ejemplo, una antífona de las II Vísperas: “Hoy la Virgen María ha subido al cielo; alegrémonos, porque reina eternamente con Cristo”.
Escribió, al respecto, el cardenal Newman: “… aunque la Virgen María murió como los demás, no murió como mueren ellos, porque por los méritos de su Hijo, por quien ella fue quien fue, ella había sido salva de todo lo que debilita y destruye el marco corporal”. Asegura, con firmeza, san Juan Damasceno, que la asunción de la Virgen nos convenía, nos era apropiado. Ella, con su morada en el cielo, no deja de estar entre nosotros, en nuestras realidades históricas. Con la comunión de los santos, nos acompaña para que podamos participar de la vida bienaventurada.
Las lecturas del día, nos dan luces de cómo entrar, de la mano con María, al lugar de los santos y las santas. El Apocalipsis nos presenta una batalla, una lucha entre el dragón y la mujer. Estas imágenes remiten al enfrentamiento entre el mal y el bien. Esa mujer nos recuerda a María, pero también a la Iglesia. Ella, en el pasaje, está vestida de sol, esto habla de su fidelidad. Cuando tú y yo perseveramos en fidelidad a la voluntad de Dios, estamos construyendo nuestro camino al cielo.
La mujer, en el relato, tiene la luna bajo sus pies. Esto es indicio de victoria. Cuando nosotros, los creyentes, aún en medio de las tribulaciones, agradecemos al Señor, en fe, la victoria, estamos construyendo nuestro camino hacia el cielo. El Apocalipsis describe a la mujer coronada con 12 estrellas; estas simbolizan los apóstoles, la comunión eclesial. Cuando nosotros, hoy, no vamos por libre, sino que, a pesar de los obstáculos, caminamos juntos y juntas, en verdad y en justicia, estamos labrando, en comunidad, el sendero del cielo. No se entra al cielo, de manera aislada, individualista o egoístamente; allí no se festejan éxitos particulares, sino frutos de gracia, cosechados en hermandad.
En medio del combate, las persecuciones y las luchas, la imagen del niño, en este relato apocalíptico, nos recuerda que Cristo es nuestra firme esperanza. El mal quiso arrebatarle definitivamente; sin embargo, permanece vivo. La fe en Él es regalo divino. La mujer sigue peregrinando, con nosotros, por este valle de lágrimas. No ha parado de dar a luz nuevas vocaciones, semillas de santidad y martirio.
Hermosamente dice el Salmo 44, “De pie, a tu derecha, está la Reina”. La Virgen María ha sido elevada por encima de los ángeles, reina de los apóstoles. Pero, sabiamente, nos recuerda san Pablo, en la primera carta a los Corintios, que Cristo fue el primero en resucitar de entre los muertos. De su dicha ya está gozando la Virgen. Una criatura humana se nos ha adelantado, para darnos ejemplo, de cómo podemos alcanzar tal dignidad; pero cada quien en su lugar, siendo Cristo, siempre, la primacía.
El evangelista Lucas nos presenta la corona de la Virgen María. Esta contiene todos los quilates de humildad; adornada con brocados de prontitud y servicio. El desconcierto de esta Reina es que rompe paradigmas. No queda acomodada en su condición, sino que, como el Hijo, se abaja para servir, y para mostrarnos el camino del cielo. Por eso, junto a Isabel, todas las generaciones le decimos: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!”.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Tú sientes respeto por la Madre de Jesús? ¿Qué te provoca saber que tienes una Madre en el cielo, y que te acompaña en la tierra? ¿Qué te dice a ti la humildad de María? ¿Tú sabes, como ella, de alegría en el Señor, de obediencia, y servicio? ¿Le has pedido a la Virgen que te enseñe a escoger las cosas a guardar en tu interior? ¿Tú, como ella, tienes prontitud para ir allí donde te necesitan? ¿Cuándo tú sales, hacia dónde vas, qué llevas contigo, qué siembras en las personas que encuentras? ¿Por qué, la Virgen María no le quita las personas a Jesús ni busca ocupar su puesto? ¿Tú sabías que la Iglesia católica no adora, sino que venera a la Virgen María; o sea, la reconoce, valora y respeta como Madre de Jesús, y como modelo de fe? ¿Tú sabías que los católicos solo adoramos al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo; a la Santísima Trinidad?
Hacemos oración con algunas frases de la Virgen María en la Sagrada Escritura: “He aquí la servidora del Señor”; “Hágase en mí según su Palabra”; “Proclama mi alma la grandeza del Señor”, “Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador”; “Se fijó en la humildad de su servidora”; “El Poderoso ha hecho obras grandes por mí”. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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