MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 17/8/25
(Jr 38,4-6.8-10; Sal 39;Hb 12,1-4; Lc 12,49-53)
Domingo XXI del Tiempo Ordinario.
PRENDER “FUEGO” AL MUNDO
Este XX Domingo del Tiempo Ordinario, Jesús nos habla de la misión que el Padre le ha encomendado. Ha venido a traer fuego sobre la tierra, y expresa: “¡Cómo desearía que ya estuviera ardiendo!”. ¿De qué fuego se trata? Es el fuego del Espíritu Santo. El fuego del amor divino. La imagen del fuego es sugerente. Por donde él pasa las cosas no quedan igual. De esta manera, por donde pasa Jesús, por donde pasa el evangelio, se espera que haya conversión, cambio de vida. Una hermosa frase de Ignacio Larrañaga nos ilumina: “El Padre es un misterio fascinante. Si alguno se le aproxima mucho, ilumina y calienta. Pero si se le aproxima más todavía, se incendia. La Biblia es un bosque de personas incendiadas”.
El Señor desea que se introduzca en la tierra el fuego santo y purificador, para quemar toda mediocridad, carbonizar la malicia, calcinar las indiferencias, todo aquello que se oponga al Reino de Dios; y así, a fuerza de fuego, encender en nuestros corazones en llamas vivas de amor. Este fuego, que el Señor viene a traer, también ha sido relacionado con su juicio final. Hace referencia a ese momento donde todos, sin excepción, quedaremos expuestos, desarmados, transparentes ante su autoridad. Nada ni nadie podrá esconderse de su calor.
Antes de que sucedieran las esperadas transformaciones en el interior humano, el Señor tuvo que recibir un Bautismo; y esperarlo, le causó angustia. Se trató de la pasión, del momento de la cruz. Desde la cruz comenzó a consolidarse el incendio, inflamado por la preciosa Sangre de nuestro Señor, hasta abrazar toda la creación.
Quien se consuma en este abismo de brasa, con Jesús, tendrá que, a su ejemplo, asumir las consecuencias. Por eso, planteó la interrogante: “¿Piensan que he venido a traer la paz?”. Nos aclaró: “… He venido a traer la división”. Pareciera contradictorio, pero tiene su explicación. Hay una “falsa paz”, aquella que no ha sido alcanzada por el santo fuego. Se trata de una quietud pasiva, alienante, indiferente, que no se compromete con nada, que evade los problemas, y se distancia de la voluntad de Dios. Por eso, el Señor, reafirmó: “no he venido a traer paz”.
La paz que el Señor nos trae implica opción y postura; por eso genera, al mismo tiempo, división. Esto se refleja en la primera lectura de este domingo, alusiva al profeta Jeremías. En el contexto, Jerusalén estaba amenazada por los babilonios. Los gobernantes deseaban hacer oposición. El profeta, para evitar la destrucción total, predicaba la no resistencia. Pero su palabra no era escuchada. Jeremías no anunciaba aquello que la corte quería escuchar; terminó en una cisterna de lodo, donde casi moría de hambre.
El Salmo 39 es esperanzador para todos aquellos y aquellas que, encendidos en el fuego del Espíritu Santo, son perseguidos. El Señor escucha el clamor de los que gritan y son ignorados. No hay fosa donde Dios no baje para rescatar del fango a sus servidores, y afianzar sus pies sobre la roca. Es hermosa la expresión del orante cuando dice: “El Señor piensa en mí”.
En la segunda lectura de la Carta a los Hebreos, nos ofrece luces para favorecer que cada uno de nosotros ardamos en fuego divino. El apóstol exhorta despojarnos de lo que estorba el proceso purificador, especialmente, el pecado. Recomienda no quitar la mirada, ni el corazón, de Cristo. Adheridos a Él, venceremos; resistiendo toda infamia y hostilidad que pretendan desalentar nuestra fe.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Tú dices la verdad, con caridad, aunque te traiga problemas? ¿Qué dices sobre la actitud de quedarse en silencio para no implicarse con la palabra? ¿Tú cambias el discurso dependiendo de los que estén presentes?¿Tú sabías que el corazón corre el riesgo de blindarse y no dejarse quemar por el evangelio? ¿Cuáles chubascos amenazan con debilitar tu fuego? ¿Dónde estás buscando leña para encender tu fe? ¿Sabías que solo lo que arde por dentro puede hacer arder el corazón de los que escuchan? ¿Por qué las aguas de hostilidad, arrojadas a Jesús, no pudieron apagar su fuego? ¿Los obstáculos desaniman tu compromiso? Si la postura de tus padres contradice el evangelio ¿quién tiene mayor autoridad en ti? Nosotros, como Iglesia, ¿estamos encendiendo la sociedad? ¿Qué quiso decir santa Catalina de Siena con la expresión: “Si somos lo que debemos ser, prenderemos fuego al mundo entero”? ¿Qué quiso expresar, esta santa, al afirmar: “Mi naturaleza es fuego”?
Hagamos oración con una porción de las súplicas de Catalina: “¡Oh Dios eterno, luz sobre toda luz, de quien procede toda iluminación! ¡Oh fuego sobre todo fuego, que eres el único fuego que arde y no se acaba! Consume todo pecado y amor propio que se halle en mi alma. No consumas tu luz en mí, sino hazla crecer con insaciable amor, pues, cuando la sacias, no se llena, sino que te desea siempre; cuanto más te posee, más te busca, y cuanto más te busca, más te desea, y, al desearte más, más te encuentra y más gusta de ti, sumo y eterno fuego, abismo de caridad”.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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