MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 24/25

Este Domingo XXI del Tiempo Ordinario, el evangelio nos presenta a Jesús viajando a Jerusalén, lugar donde daría la vida por toda la humanidad. Iba enseñando y formando sobre los fundamentos de la vida cristiana. En el trayecto, alguien le preguntó: “Señor, ¿son pocos los que se salvan?”. Fue una cuestión importante y actual. Quien la hizo refleja la profunda inquietud del ser humano. Quizás deseaba saber si él estaría en ese pequeño grupo escogido. Pero lo importante fue la respuesta de Jesús, enriquecida por el conjunto de las lecturas. Este domingo tendremos luces bíblicas de cómo entrar al Cielo.

La primera lectura, tomada del profeta Isaías, anuncia la dimensión universal de la salvación. La puerta de la salvación está abierta para “todas las naciones”. No hay, en el cielo, fronteras excluyentes ni descartes nacionalistas como pensaba el pueblo judío. La profecía amplió los horizontes, así como los criterios culturales y religiosos. En este sentido, se comprende el estribillo del salmo cuando dice: “Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio”. Se recupera el envío de Jesús, para garantizar que la humanidad sea congregada en su misericordia.

El que la puerta esté abierta para todos, no quiere decir que se pueda entrar con todo. Ante la pregunta: “¿Son pocos los que se salvan?”, el Señor respondió, no en relación a valores numéricos, sino ofreciendo criterios de salvación: “Traten de entrar por la puerta estrecha”. La forma verbal “traten”, viene del griego “agonízomai”, y significa “luchar”, “esforzarse por lograr algo”, “pelear”. La acción se orienta hacia “trabajar afanosamente”, por la perfección de vida o por alcanzar la santidad.

El Señor asegura: “muchos querrán entrar y no lo conseguirán”. Es forzoso vivir como Jesús vivió, intentar imitar sus pasos. Para nosotros, pobres en amor, implica enfrentar el propio egoísmo, doblegar la soberbia, el orgullo. No es sencillo pelear con la pereza, la tendencia a lo cómodo, el deseo de brillar, de sobresalir. Es de los guerreros invertir el tiempo personal para servir a otros; descubrir que hay necesidades más urgentes que las propias.

Es afanoso domesticar los cambios de humores, las emociones pasajeras, soportar las incomprensiones, los desprecios, y mantenerse en pie, haciendo la voluntad de Dios. Todo eso es difícil. Pero, con la gracia divina, no es imposible pasar por esa puerta estrecha. El evangelio existe, porque el Señor quiere que todos entremos. Benedicto XVI nos recuerda cómo podríamos hacerlo: convirtiéndonos.

Para el Pontífice, “convertirse significa creer que Jesús ‘se ha dado a sí mismo por mí’, muriendo en la cruz y resucitando, vive conmigo y en mí. Confiándome a su perdón, dejándome tomar de la mano, puedo salir de las arenas movedizas del orgullo y del pecado, de la mentira y de la tristeza, del egoísmo y de toda falsa seguridad, para conocer y vivir la riqueza de su amor».

Si tú no conoces el premio, no luchas por atravesar la puerta; que es Cristo. Él es la meta. Hacer vida el evangelio es puerta estrecha y, a su vez, la salvación misma. No basta con saber de Jesús, es necesario vivir en Él. De nada serviría el intento de agrandar la puerta, cuando al final, estaremos desarmados y quedarán evidentes nuestras pretensiones.

La segunda lectura a los Hebreos, nos recuerda, que Cristo nos entrena a entrar por la puerta estrecha con la ayuda de los hermanos y hermanas. Por eso, se recomienda, desde la fe, no despreciar las correcciones. Quien corrige en caridad, intenta que la persona no sea devuelta de la puerta, por llegar sin conversión, sin condiciones. Una santa corrección, colabora con la salvación. Rechazarla sería necedad, poca visión, un desaire al amor. Es preferible pasar un momento duro al ser corregido, que cohibirse de disfrutar los frutos de paz traídos por la santa corrección.

Preguntas que llevan al silencio: ¿A qué puertas estás tocando? ¿Qué puertas quieres que se abran para ti? ¿Has intentado, alguna vez, agrandar la puerta; endulzar el evangelio?¿Cuáles son las trampas de la comodidad? ¿A dónde te lleva una vida sin sacrificio? ¿Qué inversiones estás haciendo para subir al cielo? ¿Te preocupas para que otras personas también vayan contigo? ¿Con quiénes estás caminando? ¿Por qué el arrepentimiento es una condición indispensable para entrar por la puerta estrecha? ¿De qué cosas necesitas desprenderte para entrar por esa puerta? ¿Por qué para entrar por la puerta no basta con saber de Cristo, con hablar de Él? ¿En este momento de tu vida, en qué estás invirtiendo tu mayor esfuerzo, tu mayor sacrificio?

Señor: Deseo y necesito meditar tu Evangelio, rumiar tu vida y caminar. Te entrego mi existencia. Ve modelándola Señor; y que te ayuden los demás. Dame la humildad para acoger las correcciones, las que llegan del libro de la Biblia y del libro de la vida. Que mi fe en ti sea un ejercicio sincero. Opto por esa puerta estrecha. Dame fuerza para entrar en tus criterios, en tus pensamientos, en tu propia vida. Que luche más por los demás, que por mí. Porque ayudando a los que amas, me protejo del egoísmo; y así, Señor, sería más sencillo parecerme a ti. Santos y santas de Dios, rueguen por nosotros.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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