MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 27/25

Hoy, miércoles, semana 21ª del Tiempo Ordinario, la Iglesia hace memoria obligatoria de santa Mónica. Nació en Tagaste (África) en el año 331. Fue dada en matrimonio a un señor llamado Patricio, de carácter agresivo y violento; además de tener mal genio era infiel. Ella superó numerosas pruebas con oración y paciencia. Su trato, hacia él, dulce, humilde, y manso, le influyó de tal manera, que fue modelando su perfil. Otras mujeres le preguntaban sobre cómo podía sobrellevarlo. Su “secreto” compartido era, oración, fe y perseverancia. No correspondía a sus agresiones. Bien es cierto que el silencio corrige la palabra. Decía: “Para pelear se necesitan dos”.

Mónica tuvo tres hijos, siendo el primogénito Agustín. Quedó viuda a los 39 años. Pero no sin antes testimoniar la conversión de su esposo, quien fue bautizado un año antes de su muerte. No solo al esposo pudo llevar a los pies de Cristo, también a su suegra, a quien conquistó a base de amor, mansedumbre y servicios. Su testimonio era, sencillamente, un crédito de la fe cristiana. Aquí contemplamos una escuela de santidad, desde el espacio cotidiano de la familia, con sus distintas situaciones y controversias. Predicando sin hablar, favoreció que los corazones de sus seres queridos se abrieran a la gracia.

Santa Mónica recuerda a tantas madres que lloran por la conversión de sus hijos. Cierto día recibió proféticas e inspiradoras palabras: “Confía en Dios. No es posible que se pierda el hijo de tantas lágrimas”. Nadie pensaría que Agustín, quien le provocó tantas agonías y sufrimientos, llegaría a ser lo Dios hizo de Él. Las lágrimas de Mónica, casi ininterrumpidas, son evangelizadoras e invitan a la esperanza a las madres de todos los tiempos.

En su juventud, Agustín estaba involucrado en diversas filosofías y creencias ajenas al cristianismo, a la fe católica. Tras sus búsquedas, abandonó África y llegó a Italia. Mónica le siguió los pasos y lo encontró en Milán. Fue allí donde, también por el acompañamiento de san Ambrosio, inició un proceso de conversión. Mónica vio a su hijo volver a Dios. Cuando ya regresaban a África, ella enfermó en el trayecto. Se detuvieron en Ostia, donde moriría. Impresionan los diálogos espirituales que, en su enfermedad, pudieron tener madre e hijo; algunos de los cuales él pudo recoger en sus escritos:

“Hijo, por lo que a mí respecta, ya nada me deleita en esta vida… Una cosa había, por la cual deseaba detenerme un poco más: verte cristiano católico, antes que muriese. Esto me lo ha concedido mi Dios… ¿Qué hago yo en este mundo?”. Mónica partió a la Casa del Padre cuando tenía 56 años. Hoy es reconocida como patrona de los matrimonios.

Las lecturas del día nos siguen dando luz para continuar ese camino de santidad, ya emprendido por tantos seres humanos; muchos no conocidos. Cada vez que escuchamos y meditamos la vida de un santo, de una santa, toda la fuerza del cielo nos respalda para inspirarnos.

En la primera lectura, por ejemplo, san Pablo recuerda a los Tesalonicenses los esfuerzos y fatigas que asumieron, día y noche, con tal de llevarles el mensaje de Cristo, y a Cristo, de manera íntegra. Se observa el sacrificio de los apóstoles para mantener sus vidas acorde al evangelio, para que, dando testimonio, fueran más creíbles sus palabras. La radicalidad apostólica, a criterio de Pablo, no quita la ternura.

El Salmo 138 refleja el corazón del orante que se siente rendido ante el Señor. Ese Señor que le busca, le abarca, se involucra en su vida y no le deja nunca. Ante cualquier resistencia del creyente, queriendo escapar de la voz del Señor, el Salmo refleja que es imposible. Donde quiera, como quiera, Dios está buscando lo que le pertenece. El corazón humano le pertenece. Por más que alguien quisiera escapar del fuego del llamado de Dios, nunca llega a conformarse con la mediocridad. El alma que ora vomita la mediocridad. Nunca estará satisfecho hasta que su corazón repose en Aquel que es fuente de toda santidad.

El evangelio del día da la clave, para que tú y yo sigamos el ejemplo de los santos. Denunciando a los escribas y fariseos, el Señor nos invita a cuidar el interior. Las cosas importantes nacen allí, en el corazón. Mientras el interior está desconectado de la apariencia, caeremos en hipocresía. La santidad comienza con la coherencia, cuando el evangelio permea e integra, corazón, pensamiento, palabra y acciones.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Qué aprendiste de santa Mónica? ¿Qué pasa si no ves respuesta de tus súplicas a Dios? ¿Cómo te sitúas ante las provocaciones negativas? ¿Cómo reaccionas cuando te tratan mal? ¿Por qué santa Mónica tuvo fuerza espiritual para detener la violencia? ¿Por qué ella no entró en el campo de la agresividad, sino que atrajo a los demás a su campo, al de la paz? ¿Por qué el silencio corrige la palabra?¿Por qué tú estás luchando en esta vida? ¿Alguien estaría esperando por tu conversión? Cuando Jesús te mira: ¿Cómo descubre y describe tu interior? Santa Mónica, ruega por nosotros.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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