MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 28/8/25

Hoy, jueves, semana 21ª del Tiempo Ordinario, la Iglesia hace memoria obligatoria de san Agustín, hijo de santa Mónica. Nació en Tagaste, África; en el año 354. Siendo joven llevó una vida desviada doctrinal y moralmente. Amante de los placeres, la vida cómoda, de diversos entretenimientos y distracciones. Mantuvo una unión libre con una mujer. Tuvo un hijo, que murió joven. Seguía filosofías y sectas contrarias a la fe cristiana. Hasta que un día, conoció al Señor. Descubrió que Dios lo esperaba, lo necesitaba, y se convirtió.

En la conversión de Agustín colaboraron dos instrumentos primordiales: su madre, con las incesantes lágrimas y oraciones; con su tenacidad para acompañarlo y custodiarlo. Luego el obispo Ambrosio, a quien Agustín conoció en Milán, Italia. Le escuchaba en sus predicaciones con interés de afinarse en la retórica; pero de esto se valió el Señor para tocar su corazón mediante la Palabra. Cierto día, al mirar una Biblia, escuchó una voz interior que le decía: “¡Toma y lee!”. Al abrirla, espontáneamente, leyó el pasaje de san Pablo a los Romanos que decía: “Actuemos con decencia, como a plena luz del día: basta de banquetes y borracheras, basta de lujuria y libertinaje, no más envidias ni peleas. Revístanse del Señor Jesucristo y no se dejen conducir por los deseos de la carne” (Rom 13,13-14)

Cuando Agustín regresó a su tierra natal, llevó una honesta vida cristiana. Su testimonio se dio a conocer. Lo ordenaron presbítero. Posteriormente fue nombrado obispo de Hipona. Durará 34 años en este ministerio. Produjo numerosos escritos y comentarios que, desde entonces, sin ser superados, han colaborado para que la Iglesia se nutra y profundice en la comprensión de la fe. Es considerado Padre y Doctor de la Iglesia; patrono de los que buscan a Dios; amigo del que desea encontrar la verdad. Entre sus frases destacamos: “No salgas fuera, entra en ti mismo: en el ser interior vive la verdad”; “Toda la humildad consiste en que te conozca”.

El conjunto de las lecturas nos dan luces para caminar hacia nuestro proceso de conversión. El ejemplo de Pablo escribiendo a los Tesalonicenses, nos hace pensar en el amor. El amor es lo que mueve al Espíritu Santo al interior de la Iglesia. Solo quien ama sabe desear tantas cosas buenas a los demás, y colaborar, para que un día, perseverando, nos presentemos santos e irreprochables ante Dios.

El evangelio nos da la voz de alerta para no dormirnos, y no dejar la conversión para mañana. El Señor presenta, en forma de parábola, dos actitudes que podemos tener en esta vida: ser como criados fieles, que cuiden los intereses de su Señor, en su ausencia. O ser como esos criados descuidados e irresponsables, que defraudan la confianza del propietario, sin enterarse de que serán sorprendidos en cualquier momento.

El Salmo del día intenta despertar nuestra conciencia al recitar: “Sácianos de tu misericordia, Señor, y estaremos alegres”. Recuerda que tú y yo somos barro, pobre, efímero, transitorio. De nada nos serviría la vida si no contamos con misericordia. Misericordia debería ser la jaculatoria ante nuestros muchos pecados; y ante la vida que recibimos al ser perdonados.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Qué te llama la atención de la vida de san Agustín?¿Te has encontrado contigo mismo? ¿Dónde estás buscando a Dios, dentro o fuera de ti?¿Qué gana alguien con resistir a la voz de Dios? ¿Consideras que ya te convertiste? ¿Qué te dice la expresión: “conversión permanente”? ¿Hay alguien que espera que tú recapacites? ¿Hay algunas “Mónicas” que esperan que tú regreses a Dios?¿Tú estás orando por la conversión de alguien? ¿Sabes que cuando tú oras, y perseveras, por la conversión de alguien, te estás uniendo a todos los santos? ¿Sabes que para Dios no hay casos imposibles?¿Ya leíste el libro de Las Confesiones, de san Agustín? ¿Te gustaría escribir tu propio proceso de conversión? ¿Cómo te ha ido conduciendo el Espíritu Santo?

Oramos con un trecho de los escritos de san Agustín: “Habiéndome convencido de que debía volver a mí mismo, penetré en mi interior, siendo tú mi guía, y ello me fue posible porque tú, Señor, me socorriste. … Cuando te conocí por vez primera, fuiste tú quien me elevó hacia ti, para hacerme ver que había algo que ver, y que yo no era aún capaz de verlo. Y fortaleciste la debilidad de mi mirada irradiando con fuerza sobre mí, y me estremecí de amor y de temor… me abracé a Cristo Jesús… Tarde te amé, ¡Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!.. Me llamaste y quebraste mi sordera… mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste y deseé con ansia la paz que procede de ti”. San Agustín, ruega por nosotros.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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