MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 31/8/25
(Ecl 3,17-18.20.28-29; Sal 67;Hb 12,18-19.22-24ª; Lc 14,1.7-14)
Domingo XXII del Tiempo Ordinario.
ENSEÑANZAS SOBRE LA HUMILDAD
Este Domingo XXII del Tiempo Ordinario, el evangelio sitúa a Jesús continuando su viaje hacia Jerusalén. Sigue enseñando por los caminos. Esta vez, sábado, entra en casa de uno de los principales fariseos para comer. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les dijo una parábola vinculada a la humildad; tema central del conjunto de las lecturas.
Dice el Señor a los que escuchan: “No te sientes en el puesto principal”. Se apoya en la escena de quien llega a una “boda”, con aire de grandeza, buscando distinguirse entre los demás. La imagen de la “boda” se actualiza en cualquier escenario cotidiano donde lleguemos. Lo contrario a la humildad, es el orgullo; ha sido comparado a una forma de incredulidad o ateísmo. Porque el orgullo impide que la persona reconozca la propia verdad.
Para corregir la tendencia a sobresalir, Jesús orienta, “Vete a sentarte en el último puesto”. Nadie quiere pasar vergüenza pública, al recibir la orden de dejar el asiento. Más que evitar vergüenza, lo que Jesús busca es que seamos humildes. La palabra “humildad” viene de “humus”, y significa “tierra”. Sentirse a sí mismo, como el que merece el último puesto, es una gracia que se desarrolla en quien reconoce que Dios es su Padre. De nada sirve sentarse detrás y acomplejarse. Ya desde el Antiguo Testamento, como presenta la primera lectura, de Eclesiástico, se aconseja proceder con humildad, porque a las personas sencillas Dios revela sus secretos. Para san Carlos de Foucauld, “Jesús ha tomado el último lugar, y nadie ha podido arrebatárselo”.
Otras de las frases clave de Jesús, en este domingo es, “Todo el que se enaltece será humillado”. El Señor nos quiere sanos de soberbia. La gente humilde solo sabe alabar a Dios. Los elogios volcados para sí mismo alejan de la vocación primera. La sabiduría propone que cuanto más “importantes” sean consideradas las personas en la sociedad, más deben humillarse, para mantenerse en su lugar verdadero. Con razón los santos y las santas se alegraban de las humillaciones, porque así secaban, a base de sacrificio, cualquier pretensión oculta en sus corazones. En la relación de Jesús con los discípulos, Él no despreció a quienes se enaltecieron, sino que les enfocó tales tendencias a los caminos de la humildad.
“El que se humilla será enaltecido”. La humildad libera de la autosuficiencia. Cuando “bajas” a tu propia tierra, allí te encuentran las manos de Dios. Estás con la actitud necesaria para que Él deposite gracias en quien se ha vaciado de sí mismo. Cuando te desarmas de pretensiones, vas de la mano con Aquel que “no hizo alarde de su categoría”, sino que se despojó de su rango, para hacerse humilde. Conforme a san Benito, el primer escalón para la humildad es la “obediencia”. Jesús fue obediente y su Madre, la Virgen María, también. Ella es coronada, con la cabeza inclinada para adorar, y con disposición permanente para servir.
Si en la primera parte del evangelio, la parábola gira en torno a la invitación a una “boda”; la segunda parte, plantea el hecho de que seas tú quien invites. A criterios del Señor, la humildad también se refleja cuando alguien, con pureza de intención, invita a las personas, no con intereses particulares, sino por pura gratuidad. Por eso propone invitar a quienes no puedan retribuir las atenciones. Porque así, “Te pagarán cuando resuciten los muertos”.
¿Cómo ser humildes? Siendo que la humildad es un don de Dios, podemos favorecerlo en nuestras vidas, poniéndonos en sus manos, contando con Él, reconociéndolo, adorándolo. Buscando lo que a Él le agrada, asumiendo sus intereses, queriendo ser hijos e hijas parecidos al Padre. En esta intimidad se experimenta la propia verdad. Reconocer que fallamos, ponerle nombre a los pecados, confesarlos sacramentalmente, son caminos de humildad. Pedir ayuda cuando uno no sabe, reconocer los dones de los demás, promover el talento de los hermanos es camino de humildad. No darle vueltas y vueltas a los fracasos, entristeciéndose por ellos; sino aprender de los errores y seguir caminando, es cultivar la humildad. Cuando uno deja de apoyarse en sí mismo, y busca confiar en el Señor, vamos dando pasos significativos hacia la humildad. Recordemos que el fin último no es buscar la humildad, sino al Señor, y en Él, todo lo demás viene por añadidura.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Qué tú entiendes por delirios de grandeza? ¿Has podido cazar pensamientos personales con rasgos de orgullo? ¿Has pedido al Señor que te permita conocer la verdad de ti mismo? ¿Cuál es la diferencia entre ser humilde y ser ingenuo? ¿Alguna vez te han parado de un lugar para sentar a otra persona? Si es el caso, ¿para qué sirve una vergüenza así? ¿Por qué la persona humilde, como la buena semilla, florece donde la siembran? ¿En qué se relaciona la humildad y la mansedumbre? ¿Estás dispuesto a vivir las enseñanzas de Jesús en este domingo? ¿Tú conoces las letanías de la humildad? Santos y santas de Dios, rueguen por nosotros.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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