MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 1/9/25

Hoy, lunes, semana 22ª del Tiempo Ordinario, comenzaremos la lectura continua del evangelio según san Lucas. Partimos de la llegada de Jesús a Nazaret, lugar donde se había criado y donde había pasado unos 30 años. Por eso, se le llamó a esta etapa: “La vida oculta de Jesús”. En adelante, la imagen de Nazaret ha quedado presente en la tradición de la Iglesia con un matiz espiritual.

Para santos como san Carlos de Foucauld, la espiritualidad de Nazaret remite a buscar y encontrar a Dios en las cosas cotidianas, sencillas. Nazaret es una manera de ser y vivir. Es la disposición de anonadarse, de enderezar las pretensiones. Es la vocación de imitar la vida de Cristo. En medio a fuertes tendencias humanas, de llamar la atención, aparecer, estar en el centro, con delirios de grandeza, la espiritualidad de Nazaret encamina hacia la humildad; es ruta de santidad.

El Señor tuvo un detalle hermoso; volver a casa y compartir el anuncio de la salvación. Siguió la costumbre; el sábado fue a la sinagoga y se puso a leer la Palabra y a predicar. La profecía de Isaías se hizo vida en su vida. No tuvo reparo en predicar entre los suyos. Nada tenía que esconder. Sin embargo, la asamblea estaba indispuesta. Jesús sembró la Palabra; pero no produjo frutos por el corazón cerrado de la gente. Despreciaron la buena semilla y al sembrador. La mala tierra ahogó la siembra.

El buen predicador o la buena predicadora no se acomplejan si los demás no se convierten. Jesús, sencillamente, se abrió paso entre quienes quisieron empujarlo, y se marchó. De ahí salió la enseñanza tan citada en nuestros días: “Ningún profeta es bien mirado en su tierra”.

El Señor fue a llevar el mensaje a otros lugares. Ese lugar, hoy, también lo habitamos tú y yo. Nos llega, con Él, el tiempo de gracia. El Señor ha venido, mediante sus instrumentos, para anunciar el Evangelio. Si tenemos un corazón pobre, podremos acogerlo. Si nos desarmamos ante sus enseñanzas, seremos libres. Si nos abrimos a su luz, superaremos la ceguera. Si le seguimos, dejaremos de ser oprimidos y alcanzaremos misericordia. Cuando la Palabra toca el corazón, las cadenas se rompen. La persona dócil al anuncio experimenta la paz de salir del cautiverio. Inicia una nueva manera de ver la vida; con ojos de fe.

Nos asegura la primera lectura, tomada de san Pablo a los Tesalonicenses, que la persona que vive en Cristo, la persona que cree en Él, asume la vida y la muerte de formas diferentes. Porque quien cree en el Señor tiene esperanza. No se desespera con el salto definitivo que llega en cualquier momento. Quien dice un sí a Jesús, no lo dice solo en esta vida. El sí a Él se extiende hasta el más allá. Porque para Dios, los hijos o las hijas nunca mueren. Mientras menos fe uno tiene más sufre con la muerte; más le teme. La vida en Nazaret, desde ahora, sería una muerte cotidiana a todas las pretensiones.

Muchos santos y santas desearon partir a la casa del Padre, porque tuvieron fe. Hay personas prudentes que tienen en cuenta la despedida definitiva. La han asumido sin miedo. Están desapropiadas. Saben que el alma es inmortal, y por eso la han cuidado y han ayudado a que otros la cuiden también. En cambio, cuando se escucha decir: “no estoy preparado para la muerte”, queda la inquietud, del por qué tal descuido. A quien le sorprenda la muerte en comunión con Cristo, consigo mismo, con los demás, con la naturaleza, tiene su futuro sellado. Si murió con Cristo, también resucitará con Él. Habitar en la Nazaret espiritual es una manera de vivir el abandono en Dios.

Si deseamos saber más sobre cómo vivir, desde ahora, con el Señor, pongamos atención al evangelio diario. Si te fijas, son cortos trechos para meditar. Porque en pocas líneas nos exige mucho. Es necesario ejercitarlo, no solo acogerlo como información. Es preciso hacer esa ruta de vida; primero con esfuerzo, luego con pasión. Cada vez más, el ejercicio dejará de ser sacrificio y se convertirá en una forma de vida con el Señor. Porque en Él, hasta el sufrimiento recobra sentido y sabor a santidad. El evangelio de cada día es una humilde escuela de Nazaret.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Dónde queda tu Nazaret? ¿Tú sabías que hay una pequeña Nazaret dentro de ti? ¿La has descubierto? ¿La estás por descubrir? ¿Cómo sería tu vida pública, desde la Nazaret que llevas dentro? ¿Has hecho el ejercicio de dar tu oportunidad a otra persona? ¿Has dejado el puesto más cómodo para que otro se siente? ¿Has dado el turno de la palabra? ¿Has permitido que otro vaya delante, aunque tú tengas prisa? ¿Has hecho silencio ante la tentación de hablar bien de ti mismo? ¿Qué significa la muerte para ti? ¿Cómo se asume la muerte cuando hay fe?¿Tú sabías que las personas que ya han partido cuentan con tus oraciones? ¿Sabías que las oraciones, los sacrificios, las intenciones de Misa, son los regalos que puedes ofrecer a tus seres queridos que ya han partido? ¿Sabes que puedes rezar por los difuntos que nadie recuerda? ¿Sabías que es posible morir antes de morir para vivir, y seguir viviendo? ¿Qué tal si tú y yo pasamos una temporada en Nazaret, o sea, en el silencio, en el anonimato, en el estar detrás de cámaras? Santos y santas de Dios, rueguen por nosotros.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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