MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 10/9/25

Hoy, miércoles, semana 23ª del Tiempo Ordinario, seguimos meditando el evangelio de Lucas. Nos presenta las bienaventuranzas. Esto es, la vida feliz, plena, bendita, según Dios. Muestran el destino futuro, la promesa, lo que ha de esperar la persona que sea fiel hasta el final. Son verdades reveladas de aquello que hoy solo vemos de manera imperfecta. Por eso, exigen de nosotros la fe convencida y convincente. El evangelista nos presenta cuatro. Nos dice:

“Dichosos los pobres”. Son las personas que han descubierto la riqueza de los bienes del cielo, y aspiran a ella. También se ejercitan en ese caminar, con los pies en la tierra, y los deseos canalizados al cielo; donde el Reino les espera. Fue la riqueza descubierta por san Carlos de Foucauld: oculto al mundo, expuesto a la mirada de Dios. Abandonando la comodidad, para experimentar la sencillez de los necesitados. Dirá de él san Juan Pablo II: “Aportó más por su bondad y su sonrisa en medio de los pobres, que por sus escritos”. La humildad del corazón habla de la vida bienaventurada.

“Dichosos los que tienen hambre”. De este divino apetito fue experto san Juan de la Cruz. Es el hambre que tiene el alma de Dios, y que solo Dios puede saciar. Desde la Sagrada Escritura se viene anunciando la fuente para colmar el hambre del pueblo. Es el hambre espiritual que, al mismo tiempo, está unida al hambre de amor, de santidad y justicia. Cuando uno siente impotencia, dolor, y sufre por lo que Cristo sufrió está experimentando el hambre de los santos. Manjares suculentos para dicha apetencia se encuentra, de manera especial, en la Palabra y en la Eucaristía.

“Dichosos los que lloran”. De estas lágrimas, llenas de méritos y promesas, supo la Virgen María, y también santa María Magdalena. Lloraron por quien vale la pena llorar, Jesús y su causa. Él no defraudó su esperanza. Convirtió su lamento en consuelo. Fueron lágrimas no caídas al vacío. Nos recuerdan el llanto de santa Mónica, quien en el atardecer de su vida, vio los frutos de su llanto: su hijo, Agustín, rendido a los pies del Señor.

“Dichosos los que sufren persecuciones”. Como la sufrieron los primeros cristianos y cristianas. Recordemos a san Esteban, santa Perpetua y santa Felicidad. Leer las cartas de los primeros cristianos es una verdadera catequesis para forjar, en lenguaje de santa Teresita del Niño Jesús, “una voluntad de acero”. Lo que aparentaba ser fracaso era, para ellos y ellas, motivo de profunda alegría, porque su recompensa sería grande en el cielo.

Comenta Tomás de Kempis, basándose en santo Tomás de Aquino: “Si vieras las coronas eternas de los santos en el cielo, desearías ser humilde en la tierra y preferirías la aflicción por amor a Dios a cualquier autoridad mundana”. El orgullo solo sirve, en este sentido, para cortarlo de raíz, como hay que cortar, sin pensarlo dos veces, todos los obstáculos que nos bloquean la ruta de eternidad.

El evangelista Lucas, también añade a las bienaventuranzas, a diferencia del evangelista Mateo, cuatro “¡Ays!”: por los ricos, que han puesto en sus bienes su consuelo. Por los que están saciados de cosas temporales, sin cultivar apetito por lo eterno. Por los que ríen ante vanas conquistas, porque les vendrá el llanto amargo. Por los que gozan de buenos comentarios sobre su persona, pues le hablan los hipócritas, diciéndole lo que quieren escuchar.

En la primera lectura, insiste san Pablo a los Colosas: “busquen los bienes de allá arriba… aspiren a ellos”. El deseo del apóstol es que asumamos la muerte espiritual profundamente, y la física si es necesario; y nos escondamos en Cristo, sin dejar de estar en el mundo. De la misma manera que él ha muerto a lo terreno, quiere que todos muramos.

Para empezar a morir, el apóstol recomienda un método eficaz: dejar ira, coraje, maldad, calumnias y groserías; también los engaños. De esta manera, nos atamos a Cristo. Él sí es digno de ser complacido; nos ha sacado del fango. Nos ha hecho un vestido nuevo con el Bautismo, y los demás sacramentos. Cada uno sabrá si luego de estar limpio, quiere enlodarse otra vez.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Qué tienen esas personas que el Señor llama dichosas? ¿Qué rasgos de bienaventuranzas acompañan tu vida? ¿Qué está sobrando en ti para experimentar la verdadera felicidad? ¿Tú has profundizado en la espiritualidad de la pobreza? ¿Has hecho pequeños sacrificios de renunciar a la comodidad para consolar a alguien? ¿Por qué estás llorando? ¿Qué méritos, delante de Dios, tienen tus lágrimas? ¿Cuál es la característica de tu hambre, en este momento? ¿Qué provocan en ti las persecuciones? ¿Tú sabías que sin persecuciones no hay santidad? ¿Cuáles son las persecuciones bienaventuradas?

Señor: hemos ido haciendo un camino. Tu luz me ha ido mostrando lo verdadero. Cuando más te conozco más te amo. Cuando más te amo más me escondo en ti. Mi hambre aumenta y mis lágrimas también. Cuanto más arde el fuego de las pruebas más me alegro en ti. Consuéleme el saber que esta vida mía tiene su Dueño. Todo pasa y tú quedas. Señor de mi sí; mi primer, mi último, y mi eterno sí. Con promesa o sin promesa, me quedo contigo; tu presencia es el único perfume que distingo. Bendito seas por siempre.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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