MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 11/9/25
(Col 3,12-17; Sal 150; Lc 6,27-38)
Jueves XXIII del Tiempo Ordinario.
ESCUELA DE COMUNIDAD FRATERNA
Hoy, jueves, semana 23ª del Tiempo Ordinario, el conjunto de las lecturas nos abre una escuela de comunidad fraterna. Partimos de las enseñanzas del apóstol Pablo, dirigiéndose a los colosas.
Una comunidad cristiana, para estar edificada en base sólida, ha de saber quién la ha convocado. Pablo indica que el mismo Dios ha elegido a sus integrantes. Por eso, a cada hermano o hermana, se le llama “santo” y “santa”. Siendo que Dios es amor, la comunidad debe tener, en el amor, su raíz; es el ceñidor de la unidad. Si uno solo convoca, un solo ha de ser el cuerpo comunitario. Esto evoca el ideal ejercitable de “tener un solo corazón y una sola alma”. Donde hay unidad, el demonio no encuentra boquete para entrar a destruir.
El apóstol recuerda la importancia del agradecimiento. Sin memoria llega la ingratitud, el inconformismo, la queja, el desencanto. La lámpara de la Palabra ilumina la conciencia, enseña a decir “gracias”; direcciona los pasos, las actitudes, invita a la confrontación y a la conversión permanentes. La Palabra es fuente de discernimiento comunitario, porque ahí está el pensamiento y la postura del Señor.
Pablo ofrece las pautas para las relaciones interpersonales, en el día a día; especialmente cuando llega la rutina, el cansancio, y las dificultades. Invita a que toda la comunidad se vista, de lo mismo que cada integrante ha recibido: la misericordia. Donde hay misericordia, se observan gestos de bondad, humildad, dulzura y comprensión.
Nunca ha sido fácil la convivencia entre personas de diversos criterios, formación, actitudes, procedencia. Por eso, el apóstol, sabiamente sugiere que se sobrelleven mutuamente. Esto es, tener una buena dosis de tolerancia y paciencia. Ayuda el recordar las veces que a uno mismo le han soportado, para ser veloz en dar un chance a los demás. Una comunidad sana se auxilia del perdón. De nada sirve apartarse de alguien porque haya fallado. Para que alguien falle, solo hay que caminar juntos. Quien no perdona termina enfermo y aislado. El perdón es una necesidad, y un eficaz compañero de camino.
Cuando llegan las incomprensiones, el ancla de la fraternidad es la paz de Cristo. No es lo mismo enfrentar conflictos con el corazón en paz, que con el corazón dominado por la ira. La paz es un don, muy necesario, especialmente a la hora de corregir o de ser corregido. Por eso, en la escuela de fraternidad presentada por Pablo, no puede faltar la dimensión orante o celebrativa. Cuando falta la vida interior se deteriora la comunidad. Cuando hay oración es más sencillo reconocer las faltas personales y disponerse a enmendarlas. Con razón reza el salmista: “Todo ser que alienta alabe al Señor”.
En el evangelio, Jesús nos lleva hasta el extremo del amor y la convivencia comunitaria. Él, quien supo demostrar amor cuando recibió traición, pide a cada integrante de la comunidad: “amen a sus enemigos”; en otras palabras: “amen a quienes les son contrarios”, a quienes esperan que otros hablen primero, para luego oponerse. La bondad de Dios venda las heridas del corazón. La oración por quienes persiguen es eficaz; también lo es, hacer el bien a los que esperan retorno del mal realizado.
Si no se testimonia la conversión de quien ha hecho mal, el Señor también orienta: “no juzguen”, “no condenen”, “perdonen”, “den”; sí, den siempre, sin regatear, sin economizar. Es de corazones enamorados de Cristo bendecir, presentar la otra mejilla, dejar la túnica, no reclamar, y tratar a los demás como quisiéramos ser tratados. Este proyecto de vida sería posible para alguien que no tenga apegos a este mundo, ni esté gobernado por el orgullo, sino para quien, a vuelo alto, imite a Jesús, y se visualice en esta tierra, con actitudes comunes de los moradores del cielo.
Preguntas que llevan al silencio: ¿cómo está tu vida fraterna? ¿La gente quisiera volver a compartir la comunidad contigo? Cuando anuncian que tú llegas, ¿cómo reacciona la gente? ¿Estás satisfecho, satisfecha, con lo que tú vas sembrando? ¿Cómo te recuerda la gente luego de compartir camino contigo? ¿Quisieras devolverte, pedir perdón a alguien? ¿Por qué no hacerlo, y cerrar ese capítulo, dejar sana tu conciencia? ¿Tú tienes presente a qué has llegado a la comunidad? ¿Aquel que te convocó está satisfecho, feliz, con tu forma de asumir la tarea? ¿Hay alguna cosa que estás economizando de tu entrega? ¿Estás imitando a Dios que es bueno con todos, con todas? ¿Necesitas que el Señor te haga un hombre nuevo; una mujer nueva? ¿Tienes fe de que, juntos, pueden hacerlo?
Señor, he pedido prestado tu corazón en varias ocasiones. Me falta amor, pero quiero y necesito amar. He meditado que, despojándome de las mínimas quejas, lamentos o reclamos, puedo centrarme más en ti. En ti, Señor, el corazón se ensancha. Con tus ojos podría contemplar tus huellas en el hermano, en la hermana, más allá de sus defectos. Como tú me abrazas sin que te distraigan mis imperfecciones. Me voy cocinando en tu fuego Señor, donde espero se consuman las mediocridades que me cierran el paso definitivo a ti. Un corazón enamorado de ti construye comunidad. Solo por verte feliz, empiezo a amar de nuevo.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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