MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 12/9/25

Hoy, viernes, semana 23ª del Tiempo Ordinario, la Iglesia hace memoria del Santísimo Nombre de María. En la espiritualidad bíblica, el nombre de una persona es su propia identidad; este lo representa, designa la misión que se tiene. El nombre direcciona el sentido de la vida. El Catecismo nos recuerda que Dios, cuando llama, lo hace por el nombre propio. Por tanto, el nombre de una persona es sagrado; es como su imagen, y exige respeto (n.2158).

El Santísimo Nombre, María, en su sentido espiritual y teológico, puede estar vinculado a: “la hermosa de Dios”, “la perfecta de Dios”, “la llena de gracia”, “estrella del mar”. Hace referencia a la santidad que la habita de manera integral. Habla de su “dignidad”; de su ser “Señora”. Benedicto XVI recordó que el Nombre “María” está estrechamente unido al nombre del Hijo, Jesús. Quiere decir que, al pronunciar el Nombre, “María”, nos remite a la historia de salvación, a su cooperación con el plan de Dios. El Santísimo Nombre “María”, con solo pronunciarlo, nos lleva a la oración.

Recitar el Santísimo Nombre “María”, refiriéndose conscientemente a la madre del Salvador, la Virgen María, permite que nos anclemos en confianza y esperanza, en este mundo lastimado por el sufrimiento. Esas hermosas cinco letras, que lo componen, no pasan de largo, tocan la boca y el corazón; especialmente en el rezo del Santo Rosario, una oración para místicos, porque místicas son las personas que ahí contemplan el evangelio, y se dejan transformar por él para transformar la sociedad. La Iglesia consideró oportuno introducir la fiesta, días después de la Natividad de la Virgen María, para honrar el Nombre de quien es Madre de Dios, Madre de Misericordia, Madre de Jesús y Madre nuestra.

El conjunto de las lecturas del día, también las podemos meditar a partir del significado de los nombres de sus personajes. En el evangelio, nos habla Jesús; su Nombre significa: “Dios salva”, “el salvador”. Justamente, en el pasaje, Él está desarrollando la tarea. Con su enseñanza, nos advierte a no ser guías ciegos, sino que seamos “guías guiados en el Espíritu”. Para alcanzar esta meta, propone que asumamos, en nuestras propias vidas, un proyecto de trabajo interior. Este no podría realizarse “andando por casas ajenas”, descuidando la limpieza profunda del corazón.

La clave está en “no fijarse en la mota que tienen los hermanos en el ojo, sin haber reparado que en el propio hay una viga”; un impedimento mayor que obstaculiza la clara visión. Es necesario ejercitarse en sacar la viga de uno mismo, para aprender el método, la manera, y luego, con experiencia y caridad, ayudar a los demás en el proceso.

La primera lectura es de san Pablo a Timoteo. El nombre “Pablo” significa “pequeño”, “humilde”; y justamente, nos da lecciones de humildad, porque le escribe a su discípulo y compañero, exponiéndole abiertamente sus limitaciones. Le pone nombre a la viga que tuvo en su propio ojo. Con humildad le dice: “El Señor se fió de mí, que antes fui un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero Dios tuvo compasión de mí, porque yo no sabía lo que hacía…”.

Pablo, en este sentido, no es “un guía ciego”; es consciente de que por la gracia de Dios es lo que es. El Señor, en su misericordia, le ha puesto el colirio de la fe, y del amor. Con esta postura, cualquier discípulo se desarma; seguro que a Timoteo le impactó dicha comunicación. El nombre “Timoteo”, significa “el que honra a Dios”. Y nada más hermoso que honrar a Dios, dejándose formar, aconsejar, y orientar por quien tiene mayor autoridad divina y testimonial.

El salmista, con la fe de los creyentes, se dirige a Dios. Se le confía a Él. Le dice: “protégeme”, “me refugio en ti”. El orante siente que hasta de noche el Señor le aconseja, le instruye internamente. Siempre tiene presente al Señor, y por esta presencia constante, permanente, está seguro que nunca vacilará. El Nombre de Dios no tiene, en el mundo bíblico, ninguna etimología. Está unido al “ser”, a la “vida”, al “acontecer”. Por eso, para el Divino Guardián, no hay noche ni día. El Señor, no duerme ni reposa.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Cómo te llamas?, ¿qué significado tiene tu nombre? ¿Por qué te pusieron así? ¿Has relacionado tu nombre con la misión que tienes en la vida? ¿Qué ha significado para ti pronunciar, con fe, el Nombre de la Virgen María? ¿Tu nombre es respetado? ¿Cómo haces respetar tu nombre? ¿En qué momento el nombre de una persona pierde crédito? ¿Con qué actitud pronuncias y citas el nombre de los demás?

Señor: no escogí el nombre que me distingue. Tú lo inspiraste. Ahora, con los ojos de la fe, descubro el misterio que lo envuelve. Que aprenda, con la Virgen María, a sentirme parte de tu Plan de amor. Que los oídos de mi corazón estén atentos a tu voz; tú llamas y me despiertas para hacer tu voluntad. Tu voz, Señor, con timbre de fuego, enciende los sentidos, y recoge de la dispersión. Que cuando pronuncie tu Nombre, me descubras mendigando tu presencia. Hasta que un día, Señor, no necesitemos llamarnos; ni tú a mí, ni yo a ti; porque estemos, sencillamente, unidos para siempre.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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