MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 19/9/25
(1Tim 6,2c-12; Sal 48; Lc 8,1-3)
Viernes XXIV del Tiempo Ordinario.
SAN JENARO, OBISPO Y MÁRTIR
Hoy, viernes penitencial de la semana 24ª del Tiempo Ordinario, la Iglesia hace memoria de san Jenaro. Vamos a ver cómo su vida nos ilumina para vivir la Palabra del día. Posiblemente haya nacido en Nápoles, en la segunda mitad del siglo III. Ya a los 30 años era obispo. Ejerció su ministerio en Benevento. Fue un pastor muy querido por los fieles y respetado por los no creyentes.
Durante la persecución de Diocleciano (305 d.C.), fue arrestado junto a un diácono y dos laicos. Fueron encadenados, torturados y luego decapitados. Una mujer recogió, en dos ampollas, la sangre del obispo, que ya tenía fama de santidad. Las llevó al obispo de Nápoles, y las conservó en un relicario en la catedral de esa ciudad. Con el tiempo, sucedió el milagro de la licuefacción de la sangre; esto es, que la sangre del santo se tornó líquida y parecía hervir. El fenómeno sucede tres veces al año, en fiestas concretas. No hay explicaciones convincentes sobre el fenómeno; pero impresiona a los creyentes. Cuando no ocurre, se interpreta que se aproximan calamidades.
Jenaro fue canonizado por el papa Sixto V en el año 1586. El papa Pablo VI, en 1966, dijo al respecto: “Así como esta sangre hierve en cada fiesta, así también que la fe de los cristianos pueda hervir, florecer y afirmarse”. En el año 2015, mientras el papa Francisco daba consejos a religiosos, la sangre comenzó a hervir.
Ojalá que las lecturas del día también hagan hervir la sangre en nuestros corazones. En la primera lectura, san Pablo sigue recordando al joven Timoteo qué es lo que tiene que enseñar. Le exige claridad doctrinal en un contexto de muchas propuestas que pretenden endulzar el Evangelio.
Para poder amar fielmente a Cristo y a su enseñanza, hay que renunciar a toda codicia. Un consejo de oro del apóstol es “conformarse con poco”, con lo estrictamente necesario. Una imagen fantástica que utiliza es aquella que recuerda el estado en que vinimos al mundo: nacimos sin nada, sin nada nos vamos. ¡Qué hermoso es vivir la santa pobreza! La comodidad y la demanda del buen paladar son contrarios a la espiritualidad.
Cuando la codicia arrastra, dice el apóstol, el corazón se aleja de la fe. Con la frialdad del corazón llegan numerosas infidelidades, sin pausa, sin horarios ni calendarios. Por eso le sugiere a Timoteo: “Tú, en cambio, hombre de Dios, huye de todo esto; practica la justicia, la piedad, el amor, la paciencia, la delicadeza. Combate el buen combate de la fe”. En otras palabras, se nos dice a ti y a mí que pensemos y miremos a largo plazo. Solo así se podrá garantizar la eternidad. Para Pablo es incomprensible cómo alguien que hizo profesión pública pueda peregrinar en rumbo opuesto a Cristo.
El Salmo 49 provoca que siga hirviendo la sangre. Dice el orante: “Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. El orante se aconseja a sí mismo no confiar en opulencias, ya que nadie puede comprar, a base de riqueza o influencia, su salvación. El salmista nos dice que no se nos vayan los ojos tras las apariencias de este mundo, porque en poco tiempo solo nos llevaremos las inversiones hechas en el alma.
El Evangelio nos presenta la humildad de nuestro Señor Jesucristo, yendo por los caminos. Integraba a las mujeres. Ellas disponían sus bienes para la misión de Jesús. Anteriormente, ya Él había liberado sus vidas de demonios y esclavitudes. Les ofrecía su amor, perdón, sentido existencial. El desprendimiento de esas mujeres era un gesto de infinita gratitud. De nada sirve recibir respaldo para la misión, si uno no se involucra en el proceso de santidad de los bienhechores.
En la Liturgia de las Horas de este día, el Oficio de Lectura presenta un sermón de san Agustín, que nos viene bien a todos. Él también fue obispo y, desde este rol, haciéndose una radiografía interior, consideró: “Lo más temible del cargo es el peligro de complacernos más en su aspecto honorífico que en la utilidad que respecta a nuestra salvación. Si por un lado me aterroriza lo que soy para ustedes, por otro me consuela lo que soy con ustedes. Soy obispo para ustedes, soy cristiano con ustedes”.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Qué te hace hervir la sangre? ¿Por qué hierve? ¿Por qué no se hacen paralelamente los caminos de “asegurar el futuro económico” y madurar espiritualmente? ¿Cuál de los dos caminos deseas asegurar? ¿Por qué tú has llegado a donde estás? ¿Te hacen ruido los honores? ¿Incentivas tus propios honores? ¿Cómo canalizar los honores para Cristo? ¿Cómo se le roban los corazones al Señor? ¿Qué dice a tu vida la sangre de tantos mártires, de la historia y del presente? ¿Cómo se entiende que la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos? ¿Cómo la sangre del martirio se hace columna para la Iglesia? ¿Qué significa morir por Cristo y vivir en Él para siempre? ¿Qué haces por Jesús? ¿Cómo interpretas tus pequeños sacrificios cotidianos?
Señor: que corra por mis venas una gota de tu preciosísima sangre. ¡Que tu presencia haga hervir mi voluntad de serte fiel! Edúcame, Señor, despoja toda vanidad. Pon mis pies en la tierra. Enséñame a invertir el tiempo. Levanta mi mirada hacia el futuro eterno. Desearía, Señor, defender tus genuinos intereses. Que en cada segundo de mi vida, amadísimo Jesús, mi sangre se consuma gota a gota. Si dejo la vida sembrada por ti, habrá merecido pasar por este mundo.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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