MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 25/9/25
(Ag 1,1-8; Sal 149; Lc 9,7-9)
Jueves XXVI del Tiempo Ordinario.
LA IDENTIDAD DE JESÚS
Hoy, jueves de la semana 25ª del Tiempo Ordinario, el evangelio nos habla sobre la confusión del virrey Herodes ante Jesús. Tenía ganas de verlo, porque tanto Él como las obras que realizaba causaban gran impacto. La presencia pública de Jesús y su misión lo daban a conocer velozmente. Esto provocó diversas opiniones en el pueblo. Herodes no sabía a qué atenerse; algunos decían que Juan había resucitado. Por otro lado, se comentaba que era parecido a Elías, y otros consideraban que se trataba de un antiguo profeta.
Herodes estaba confundido. Quizás, si Jesús hubiese sido Juan resucitado, aliviaría su conciencia. Pero descartó dicha posibilidad al recordar que él mismo había ordenado su decapitación. Perplejo, se seguía preguntando: “¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas?”. Su inquietud por la identidad del Señor no era para escucharle, aprender, dejarse instruir y abrirse a una vida nueva. Él estaba curioso e intrigado, pues ese “Jesús” podía ser una amenaza para su reinado. El liderazgo de Jesús era un peligro para sus pretensiones políticas.
La gente, en nuestra sociedad actual, también tiene distintas imágenes de Jesús. Hay varias interpretaciones que desvirtúan su verdadera identidad. Para encontrar la verdad, es necesario volver a la fuente. No detenerse en rumores externos, dispersos, desvinculados, etc. El verdadero manantial para conocer al Señor, al Hijo de Dios, son los cuatro evangelistas. Ahí se nos ofrece, como regalo de salvación, la persona íntegra de nuestro Señor. Además, contamos con las enseñanzas de los apóstoles y, con estos, de toda la tradición de la Iglesia, que celosamente vela para que interpretemos correctamente y no nos desviemos del camino verdadero.
La primera lectura del día, del profeta Ageo, sitúa al pueblo de Israel ya en su tierra, al regreso del exilio, pero aún bajo el dominio del imperio persa. Hay una fuerte crítica realizada por el Señor mediante su profeta. Se denuncia a un sector del pueblo porque se construyen casas de lujo, mientras la casa del Señor, la reconstrucción del templo, está detenida, en ruinas, por falta de recursos. Esta querella deja en evidencia que todavía no se conocía bien al Señor. No se puede amar lo que no se conoce. El Señor ha notado esta falta de delicadeza y de conciencia. Lo reprocha. Además de la corrección, ordena el Señor a su pueblo: “Suban al monte, traigan maderos, construyan el templo, para que pueda complacerme y mostrar mi gloria”.
Hoy, desde la fe cristiana, podemos considerar que ese templo que el Señor reclama lo llevamos dentro tú y yo. Somos templo del Espíritu Santo. Al Señor no le place que estemos elegantemente vestidos por fuera, pero en ruinas por dentro, con un corazón no reconciliado.
Es preciso reconstruir nuestras vidas con “la madera” de la oración, “los clavos” de los sacramentos, “las columnas” de la caridad y la conversión permanentes. En este ejercicio sincero también iremos conociendo el verdadero rostro de Jesús. Nuestro testimonio, como ya ha sido dicho, puede convertirse en la Buena Nueva que algunas personas puedan contemplar.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Qué dice la gente de Jesús? ¿Cómo te sitúas ante las diversas maneras de interpretar la obra del Señor? ¿Has buscado al Señor por curiosidad? ¿Sabías que algunas veces el Señor parte de nuestra curiosidad y nos introduce por su misterio de amor? ¿Has dedicado tiempo para encontrarte con Jesús en el evangelio? ¿Según el evangelio, quién es Jesús? ¿Qué te dicen los santos sobre el Señor? ¿Qué rasgos del Señor te han mostrado los santos que antes no habías tenido en cuenta?
¿Qué te dice la Virgen María sobre su Hijo? ¿Qué te han aportado las buenas predicaciones para conocer al Señor? ¿Te irías al Santísimo, a Jesús sacramentado, con esta pregunta: “Señor, dime quién eres tú”? ¿Y luego de comulgar, te gustaría seguir profundizando, unos minutos, en su identidad? ¿Le dirías: “Señor, ahora que estás dentro de mí, ¿me mostrarías tu rostro de amor”? ¿Qué imagen del Señor vas llevando por los caminos?
Señor: yo quiero conocerte más, amarte más, obedecerte más. Que tu rostro no pase de largo ante mi vista. Que pueda, buen Jesús, detenerme ante los signos de tu presencia. No me conforman rumores externos sobre ti. Necesito escucharte. Que me convenzan tus palabras en el evangelio de cada día. Que estas calen en mi corazón y lo transformen. Educa mis deseos, mis palabras, pensamientos, actitudes y también mi obrar. No haría nada con conocerte si no reflejo aquello que tú has sembrado en mí. Conocerte, Señor, es un compromiso serio; pero no huyo de este. Te ofrezco mi vida, una y mil veces más. Aquí está, Señor, pongo mi voluntad en tus manos.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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