MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 3/10/25
(Bar 1,15-22; Sal 78; Lc 10,13-16)
XXVII Viernes del Tiempo Ordinario..
SAN FRANCISCO DE BORJA
Hoy, viernes penitencial, semana 26ª del Tiempo Ordinario, la Iglesia hace memoria de san Francisco Borja (1510-1572). Fue un español. Perteneciente a la realeza. Entre sus cargos públicos importantes se destacan: Duque de Gandia, Virrey de Cataluña. Fue casado y tuvo 8 hijos. Al formar parte de la corte del emperador Carlos V, este le pidió que trasladara el féretro de su fallecida esposa: la emperatriz Isabel de Portugal. El viaje era desde Toledo hasta Granada. Duró como 15 días.
Al llegar a Granada abrieron el ataúd para constatar la identidad de la emperatriz. Era tal la corrupción del cuerpo que los presentes salieron huyendo. Francisco quedó tan impactado con lo visto que se juró a sí mismo, en adelante, no servir a ningún señor que pudiera morir. Este choque fue fundamental para su propia conversión, para una seria búsqueda de Dios, y el descubrimiento del verdadero sentido de la vida.
Cuando Francisco quedó viudo, y organizó la vida de sus hijos, decidió dejar todos sus cargos, sus nombramientos, sus riquezas, su vida socialmente noble. Ingresó a la Compañía de Jesús, como un integrante más. Allí se destacó por la humildad de vida, por su sencillez, haciendo servicios cotidianos, ayunos, penitencias, disciplinas espirituales. Se convirtió en modelo de santidad. Fue ordenado sacerdote. Llegó a ser superior general de los jesuitas. Suele aparecer en iconografías con las vestiduras propias de la compañía de Jesús y portando un cráneo, símbolo de la vanidad y el desapego material.
El conjunto de las lecturas nos hace meditar en la urgencia de la conversión. Podría sucedernos como a esas ciudades denunciadas por Jesús: “Corozaín”, “Betsaida” y “Cafarnaún”. El Señor se lamenta, porque desde antiguo se ha invertido mucho en ellas. Él, a su vez, ha obrado en su interior con numerosos signos y milagros. Sin embargo, han sido indiferentes a todas las señales del Reino. Sus gentes no reaccionaron, no se impactaron, no se conmovieron. No retornaron ni recapacitaron. Quedaron espiritualmente estáticas.
De manera especial, Cafarnaún, fue confrontada por Jesús, porque ahí había tenido mayor presencia y contacto. Por eso le cuestionó: “¿piensas escalar al cielo?”. El cielo no es el destino de quienes son indiferentes a la revelación de nuestro Señor. En el pasaje se realzan las ciudades fronterizas, alejadas, donde han recibido poco como Tiro y Sidón. Sin embargo, de lo poco, de las migajas, han sacado provecho para abrazar la fe, confiar y seguir a Jesús. Por eso, en el día final, tendrán un juicio más llevadero.
Tú y yo nos podemos preguntar “¿cuándo hemos rechazado al Señor?”. El mismo texto clarifica que cuando no se acoge el mensaje verdadero de un predicador, una predicadora, se está refutando al mismo Dios. Contrariamente, escuchar a un discípulo es escuchar al Señor, quien habla en sus instrumentos.
En la primera lectura tomada del profeta Baruc, se nos muestra la vergüenza de un pueblo, cuando llega a comprender la bondad de Dios, luego de haber ignorado su voluntad. Cuando la luz ilumina la conciencia, cuando la gente se da cuenta de los errores cometidos, llega una profunda vergüenza que aprieta el corazón. El pueblo reconoció su pecado. La palabra pecado, de hecho, no es atractiva en estos tiempos y no porque se haya dejado de pecar. Mucha gente la encuentra fea, y prefiere evadir; justamente en esta época donde las filas para el Sacramento de la Reconciliación no son comunes. Se muestra, en el pasaje, la consecuencia de una vida sin Dios, que culmina en el fracaso, en la muerte.
El salmista nos recuerda que cuando uno se arrepiente, por gracia del Espíritu Santo, puede apelar a la compasión y a la misericordia de Dios. Porque Él no se complace en descartar, sino en darnos el perdón, la acogida, y la oportunidad de volver a comenzar mediante la reconciliación integral. Por eso, dice el orante, con profunda fe y confianza: “Líbranos, Señor, por el honor de tu nombre”.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Tú has pensado en la muerte? ¿Estás preparado, preparada, para rendir cuentas si te llega la hora de partir, de encontrarte con el Señor? ¿Recuerdas alguna realidad que te ha hecho recapacitar, ser más humilde, más sencillo? ¿Qué meditas frente a una persona que está siendo despedida de este mundo? ¿Con cuáles frutos piensas presentarte delante de Dios? ¿Estás queriendo subir al cielo? ¿Cómo estás adquiriendo este boleto de entrada al cielo? ¿Quiénes están gestionando este boleto motivados por ti? ¿A cuántas personas estás ayudando para que vivan en esta tierra con valores trascendentes? ¿Qué hay que podar en ti para ser más sencillo, sencilla?
Señor: no sé los años que me esperan de vida, tampoco sabría decir si son meses, días o segundos. Lo único que deseo, con profunda honestidad, es que en ese instante, tenga tu nombre en mis labios, en mi mente y en mi corazón. Quiero que cada momento de mi vida te pertenezca. Enséñame a ser persona justa con los demás, y a ejercitarme en la gracia de la santidad. De esta manera, Señor, estaré haciendo inversiones en frutos eternos, aquellos que permanecerán cuando ya no esté presente. Destierra todas mis vanidades al valle de la humildad. Yo también, como el santo del día, deseo servir por siempre al Señor de la vida. San Francisco Borja, ruega por nosotros.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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